Cuatro años después de que se presentara oficialmente el proyecto del museo Hermitage al lado del hotel Vela, una iniciativa 100% privada, y algunos meses después de que el Ayuntamiento de Barcelona lo rechazara, al oponerse a que se ubicara en la bocana norte del puerto, sus promotores han vuelto nuevamente a la carga y han presentado una serie de alegaciones. Se basan en que cumple todos los requisitos legales para que la instalación cultural pueda llevarse a cabo y poniendo el acento en que supondrá una inversión directa de más de 50 millones de euros de capital privado, un impacto económico de 30 millones de euros anuales y 400 puestos de trabajo, entre directos e indirectos.

Diferentes partidos se han manifestado en contra de la decisión del equipo de Ada Colau e instituciones como la Cambra de Comerç también se han posicionado a favor de la instalación del complejo cultural considerando que dinamizaría la economía de la capital catalana y que, a la postre, el Hermitage es una referencia cultural internacional y su sede central en San Petersburgo exhibe una de las pinacotecas y el museo de antigüedades más grandes del mundo.

La errática política económica del ayuntamiento de Colau le ha llevado en tan solo cinco años a bloquear un sinfín de iniciativas. Desde impedir la construcción de hoteles de lujo, hasta poner palos en las ruedas, en un determinado momento, al Mobile, el congreso mundial de móviles. Hemos visto también cómo se hacían declaraciones imprudentes por parte de la segunda teniente de alcalde sobre la reactivación del sector del automóvil y la reconversión de los trabajadores de esta industria hacia sectores que no contaminen tanto en plena pandemia. "Ahora o nunca", dijo Janet Sanz y, casualidades de la vida, Nissan anunciaba su marcha de Barcelona. No por Sanz, obviamente, pero la estupidez se acaba pagando en un momento u otro.

Perder el Hermitage no solo supone un error cultural de primer orden: de estos ya se han cometido muchos. Es, sobre todo, el mensaje que se manda al exterior de que en un momento de crisis económica tan aguda, el consistorio barcelonés desprecia una inversión millonaria como la del Hermitage. Quizás el problema no se solucionará definitivamente hasta que vaya al pleno municipal en un debate específico y todos los partidos se retraten solemnemente sobre el proyecto y la ubicación propuesta.

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