No me encuentro entre los sorprendidos porque Pedro Sánchez se haya pasado por el forro su prometida cogobernanza entre el gobierno español y las comunidades autónomas en esta segunda ola de la pandemia del Covid-19. El presidente del gobierno nos tiene acostumbrados a ello, aunque horas antes, en una comparecencia por televisión, volviera a insistir en que en esta ocasión, a diferencia de la pasada primavera, el virus sí entendía de territorios y había que hacer una guía de actuación territorializada y que serían las propias comunidades autónomas las que gestionarían las medidas a adoptar. Alguien dijo que, ahora sí, España se parecería en la gestión del coronavirus a Alemania, donde los länder son los principales responsables y deciden las medidas a implantar.

Pues bien, a la cacareada cogobernanza Sánchez le ha dado dos estocadas importantes: en primer lugar, fijando un estado de alarma hasta el 9 de mayo, un período de casi medio año, cuando en la ola anterior las prórrogas que se llevaron al Congreso de los Diputados fueron de quince en quince días. Seguro que se hubiera podido encontrar una fórmula que lo dejara en manos de las Cortes, una fórmula que no fuera tan unipersonal. Sánchez se cura en salud, evita el desgaste político que supone una negociación permanente con los grupos políticos y lo que es más importante: podrá adoptar cualquier medida sin necesitar a los gobiernos autonómicos.

El segundo punto es el del toque de queda que decreta en toda España, también para las comunidades que no lo habían pedido, excepto en las islas Canarias. A las autonomías les queda el derecho a regular si quieren que se inicie a las 23, como establece el gobierno español, o una hora antes o más tarde y que se acabe entre las 5 o a las 7 de la mañana. Llamar a eso cogobernanza suena un poco grandilocuente. Esperemos que por el camino no haya muchas sorpresas más, una vez Pedro Sánchez tenga el control total durante los próximos seis meses.

Expresadas todas estas dudas, hay que señalar que es muy preocupante que el gobierno español no haya hablado de medidas económicas compensatorias para los sectores más afectados por la crisis. En Catalunya sigue estigmatizado el sector de la restauración mientras, por ejemplo, Italia este domingo ha implementado unas medidas más duras, porque al toque de queda vigente ha dispuesto durante un mes el cierre de bares y restaurantes a partir de las 18 horas y ha cerrado a cal y canto cines, teatros, gimnasios y salas de conciertos y conferencias. No hay, como se ve, un modelo único, y esa es una de las razones de la arbitrariedad actual. Va a hacer falta mucha más ayuda de la que las administraciones han puesto al servicio de los ciudadanos, porque si no se hace así, el estallido social será inevitable.

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