Aunque las autoridades iraníes han confirmado que, en estas últimas dos semanas de protestas, el balance de muertos supera ya las 2.000 personas, es evidente que la cifra es mucho mayor. The New York Times habla de alrededor de 3.000 muertos y la oposición eleva esta cifra hasta 12.000 cadáveres en las calles. No sé quién tendrá razón y a lo mejor las cifras de la oposición no son exageradas, ya que la información que llega desde allí es muy reducida y la represión es sistemática y permanente. En cualquier caso, estamos hablando de unos números que hablan de una verdadera matanza por parte del régimen de los ayatolás y es urgente acabar con esta situación. Estados Unidos y Canadá han hecho en las últimas horas llamamientos urgentes a sus ciudadanos a abandonar el país. Y el presidente Donald Trump, que nunca desaprovecha la ocasión de lanzar una bengala al fuego, ha enviado a los iraníes un contundente mensaje: la ayuda está en camino.
Ha costado más que en otras zonas del mundo en conflicto, pero, finalmente, la barbarie del régimen sanguinario de los ayatolás, que estos días vive un nivel de represión nunca visto en los 47 años de historia de la República Islámica, ha llegado a las portadas del mundo entero. Aunque en los últimos años se han producido protestas significativas, en 2009 contra un fraude electoral, en 2017 y 2019 en las zonas más pobres por su situación económica y en 2022 por la actuación policial contra una joven por su manera de llevar el velo, las que se iniciaron este 28 de diciembre son diferentes por varios motivos. Su dimensión en el mapa iraní, llegando a ciudades de todo el país. Y el amplio seguimiento de la población, no solo de jóvenes, sino de miles de comerciantes que no pueden soportar la situación económica y la devaluación de la moneda local, el rial iraní. Las protestas crecen a diario, se exige la caída del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, y también del régimen que preside.
Las cifras de víctimas hablan de una verdadera matanza por parte del régimen de los ayatolás y es urgente acabar con esta situación
Es muy posible, por tanto, que haya algún tipo de intervención norteamericana en Irán. Disuasoria y que afecte a objetivos nucleares iraníes. No un conflicto militar abierto, como desearía Israel, cuyo primer ministro, Benjamín Netanyahu, espera una intervención más contundente de la Casa Blanca. De hecho, Irán ha contestado ya a esta posibilidad señalando que no busca la guerra, pero está absolutamente preparado. Aunque una guerra es una guerra allí donde sea, parece que en realidad no es así. Satisface oír a líderes europeos llamando a la libertad en Irán y apoyando a los que protestan, y es descorazonador, en cambio, el silencio de alguna izquierda que mira hacia otro lado y que practica un silencio ensordecedor. Como si hubiera muertos de diferentes divisiones y hubiera regímenes dictatoriales a los que se les pudiera tolerar que se comporten así. Esa izquierda dogmática que está tan preocupada porque la UE no sanciona con mayor dureza a Israel, pero, en cambio, frunce el ceño si lo hace con Teherán y su violación continuada de los derechos humanos.
Aunque Europa mantiene su tradicional posición de perfil bajo en los conflictos internacionales, mucho más tras la llegada de Trump a la Casa Blanca, que quiere saber de la UE entre poco y nada, como se ve en conflictos como el de Ucrania o Groenlandia, el canciller alemán Friedrich Merz se ha salido de este guion en su viaje oficial a la India. Merz ha pronosticado el derrumbe inminente del gobierno de Irán alegando que si un régimen se aferra al poder solo mediante la violencia, está prácticamente acabado. En su opinión, estamos viendo los últimos días y semanas del régimen de los ayatolás, ya que el pueblo se está alzando contra Jamenei. El mayor riesgo es, en estos momentos, el aumento de la represión interna, unido a que está prácticamente incomunicado de internet. El grupo de monitoreo de internet NetBlocks afirma que el país lleva cinco días sin acceso a internet, desde que las autoridades impusieron un bloqueo a nivel nacional, una estrategia, por otro lado, habitual de las autoridades de Teherán cuando usan una fuerza mayor contra los manifestantes y que tiene por objetivo impedir la difusión de noticias sobre lo que allí está ocurriendo.