¿Podrá mantener Teherán el control interno bajo los continuos ataques aéreos que sufre por parte de Estados Unidos e Israel o, por el contrario, la presión militar intensa e ininterrumpida, unida al descabezamiento de su cúpula política y militar, va a conducir inexorablemente a la República Islámica a un colapso sistémico? Esta es, 72 horas después de que Donald Trump pusiera en marcha la denominada Furia Épica, la pregunta que recorre cancillerías y para la cual nadie tiene una respuesta definitiva. Estamos, ciertamente, en el momento de mayor inestabilidad desde 1979. El régimen se ha movido con rapidez a la hora de enviar mensajes de continuidad y estabilidad. En parte, porque el líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jamenei, había establecido un protocolo para una desaparición súbita suya de la esfera pública que proyectara continuidad y estabilidad del régimen. Así, al activarse los mecanismos constitucionales y acelerarse el gobierno temporal, las autoridades están mandando a sus ciudadanos la señal —no sabemos si real o falsa— de que el sistema permanece intacto pese a haber perdido a su máximo líder.
El descabezamiento ha sido quirúrgico en su ambición y probablemente más exitoso de lo que sus propios planificadores anticipaban. Jamenei ha muerto. El jefe del Estado Mayor ha muerto. Decenas de altos cargos de inteligencia, del aparato de seguridad y del programa nuclear han sido eliminados en las primeras horas. Lo que queda del régimen parece ser un esqueleto institucional sin cabeza operativa. La formación de un consejo interino de tres personas para gestionar la transición es más una declaración de supervivencia burocrática que un centro de mando funcional. Irán ha cerrado el estrecho de Ormuz, lo que añade presión económica global, pero también estrangula su propia capacidad exportadora. La conclusión que se puede extraer de estos primeros tres días no es que Irán carezca de capacidad militar, la tiene, y considerable, sino que esa capacidad, privada de dirección estratégica, se ha desplegado de la peor forma posible: sin causar daño significativo al enemigo y agrediendo a Estados que no participaron en el ataque y que eran, en el mejor de los casos, neutrales incómodos, pero, además, vecinos, entre los que se encuentra Qatar, que es el país más cercano —religiosa y políticamente hablando— a Irán en la zona.
Es imposible no sentir vergüenza del aislamiento internacional que conlleva la política de Pedro Sánchez
Esta situación refleja la diferencia entre potencia de fuego y eficacia estratégica, y esa diferencia es la que separa a un ejército de una fuerza de destrucción errática. Si la represalia iraní revela algo, es que la decapitación del régimen ha sido más profunda de lo que se reconoce: no se han eliminado solo a los líderes visibles, sino a los nodos de coordinación que convertían la capacidad militar en acción coherente. Ello le permite al presidente Donald Trump afirmar este lunes desde la Casa Blanca que siempre había pensado que estábamos ante un conflicto de unas cuatro semanas y que las cosas habían ido un poco más rápido de lo previsto. El resto es su palabrería habitual de sheriff del planeta, pero con una base de fondo bastante cierta. Como al señalar que los Estados Unidos estaban dando una paliza a Irán, pero que la gran ola contra la república islámica y su régimen aún tiene que llegar. O al afirmar que dispone del ejército más poderoso del mundo y lo está usando.
Un último apunte en clave española: es imposible no sentir vergüenza del aislamiento internacional que conlleva la política de Pedro Sánchez. Eso no va de Susan Sarandon en la entrega del Goya internacional 2026, en la noche del sábado en Barcelona, elogiando al inquilino de la Moncloa y su lucidez moral —las opiniones son, ciertamente, libres—, sino de estar en el lado correcto en un conflicto de esta naturaleza. No sé muy bien qué hacemos lejos de nuestros principales aliados europeos: el canciller alemán Friedrich Merz, el presidente francés Emmanuel Macron o el premier británico Keir Starmer —por cierto, de tres familias ideológicas diferentes. Este bloque de apoyo ha cerrado filas con los ataques de represalia de Estados Unidos e Israel, justificándolos como una medida para frenar la expansión del conflicto por parte de Teherán. Mientras, el Gobierno de Pedro Sánchez se ha desmarcado explícitamente de sus socios europeos, ha rechazado cualquier tipo de apoyo militar a los ataques contra Irán y ha forzado a Estados Unidos a desplazar hasta once aviones cisterna de las bases españolas de Morón de la Frontera (Sevilla) y Rota (Cádiz) a buscar una reubicación en otras bases europeas desde las que poder ser útiles en los ataques contra Irán.