Para los aficionados al fútbol, la biografía de Johan Cruyff puede escribirse de muchas maneras: uno de los mejores futbolistas de la historia, también uno de los grandes entrenadores o bien el visionario que cambió el fútbol moderno. Todos estos méritos los tenía, sin duda, pero son casi insignificantes si hay que analizar su aportación a la historia del Futbol Club Barcelona. No ha habido desde su fundación el 29 de noviembre de 1899 un deportista más determinante a la hora de dotar al Barça de unos valores ganadores y de transformar una institución acostumbrada por muchos motivos a justificar la derrota en otra triunfadora y orgullosa. Así era Cruyff: un gigante cuando hablaba de lo suyo o cuando estaba en el terreno de juego. El deportista que se transformó primero en mito y que más tarde acabó siendo una leyenda.
A los 68 años, Cruyff nos ha dejado. Pero eso no es del todo cierto. Cada vez que en el terreno de juego veamos al equipo practicar su fútbol total, la sombra de Cruyff estará presente en el estadio del Camp Nou. Después de Johan, el Barça ha tenido dos grandísimos entrenadores como Pep Guardiola y Luís Enrique, que han ascendido al club al Olimpo del fútbol mundial. La sombra de Cruyff, su estilo, ha impregnado a este equipo ganador hasta asociarlo directamente a su legado futbolístico.
Solía conversar algunas veces con Cruyff en mi anterior aventura profesional como director de La Vanguardia. Gracias a los buenos oficios de Joan Patsy lo convencí para que realizara una colaboración cada lunes en el diario. Recuerdo como su opinión era objeto de debate cada semana en todos los medios de comunicación. Cruyff escribía como hablaba: de una manera sencilla y directa. Era un gran comunicador. Un excepcional comunicador. Después de leerle o de escucharle todo parecía tremendamente fácil.
Un día, me llamó para almorzar en el desaparecido restaurante Drolma, un icono de la gastronomía que dirigió con su habitual maestría su amigo Fermí Puig. Una parte importante de la historia del Barça se escribió durante los doce años que estuvo abierto el Drolma (de 1999 a 2011), entre aquellos manteles. Los dos sabíamos el motivo del almuerzo: iba a rescindir su colaboración porque no entendía la permanente campaña de descrédito que se realizaba desde otro medio del grupo, Mundo Deportivo, a cada uno de sus artículos en La Vanguardia. Aunque le pedí -de hecho, le rogué- que lo pensara, la decisión estaba tomada y unas semanas después me la confirmó en una cariñosa carta que aún conservo.
Así era Johan: las normas las ponía él. Siempre en su vida ha sido así. Algo que solo está al alcance de los que en vida se sienten inmortales.