Malas noticias para la moneda europea: el euro se desplomó este martes al mínimo de hace dos décadas y su valoración respecto al dólar se sitúa en el nivel más bajo desde finales de 2002. Los tambores de recesión en Europa son un poco más fuertes a medida que se tienen noticias —malas— del incremento del precio del gas y de que la inflación, que está en unas cifras estratosféricas, no va a poder ser controlada por más que se adopten medidas si no se pone fin al conflicto militar en Ucrania, algo que no se vislumbra en el escenario a corto plazo de las medidas posibles. Una nueva gobernante, la ministra de Energía y Medio Ambiente de Austria, Leonore Gewessler, se ha sumado a la ola de pedir sacrificios a sus conciudadanos ante lo que vendrá en los próximos meses y les ha pedido que se preparen para ahorrar calefacción el próximo invierno ante los problemas de suministro de gas y a la industria que esté lista para utilizar petróleo. La víspera de Sant Joan fue Alemania quien elevó el nivel de alerta sobre el gas y anunció que iba a recurrir más al carbón, una decisión, sin duda, amarga para el gobierno de la coalición semáforo entre socialdemócratas, liberales y verdes.
No fue el euro la única moneda que se depreció, le pasó al yen japonés, al franco suizo, a la corona noruega, la libra esterlina o el dólar australiano, por citar algunas de las más importantes. El dólar aparece como la moneda refugio en un momento en que las políticas monetarias del Banco Central Europeo y de la Reserva Federal de EE. UU. se han distanciado con una política de aumento de los tipos de interés desde Washington que Frankfurt no ha seguido. De hecho, son muchos los analistas económicos que consideran que la recesión es inevitable y que algunos países pueden encontrarse ya técnicamente en esta situación.
Ante todo este panorama cuesta de entender que el debate en España sea el aumento de las partidas de Defensa y la petición de un crédito de 1.000 millones para satisfacer los compromisos de Pedro Sánchez en la reciente cumbre de la OTAN celebrada en Madrid. También que se esté abriendo la enésima crisis de gobierno entre el PSOE y Podemos, que ha desembocado en la petición de la formación morada de que se reúna de urgencia la comisión de seguimiento del pacto de coalición. Está visto que conllevar los pactos de coalición en el Gobierno no es tarea sencilla en ningún sitio y que Madrid y Barcelona no son en esto tan diferentes. Aquí nos llaman más la atención, por su proximidad, las cansinas discusiones entre Esquerra Republicana y Junts per Catalunya pero lo que sucede entre el PSOE y Unidas Podemos desde el primer día merece también un tratamiento específico. De hecho, parece marca de la casa de Pedro Sánchez a la hora de tratar con aliados, sea Podemos o Esquerra: a los primeros les da los ministerios pero para que se callen y pueda contar con sus votos y a los segundos los indultos para que los trece diputados republicanos no le fallen nunca.
Vamos a ver cómo Pedro Sánchez reorienta su política económica ante la crisis que viene y cómo lo hace compatible, por un lado, con las advertencias europeas que ya ha recibido y, por otro, con las dificultades políticas que tiene en el horizonte después de haber perdido estrepitosamente elecciones parciales en Madrid y Andalucía y con malos augurios en España. Parece difícil que la imposible cuadratura del círculo no empuje hacia abajo a Sánchez, como hizo con José Luis Rodríguez Zapatero en 2011. Entre otras cosas, porque además de las dificultades económicas, Sánchez ha perdido frescura y la capacidad que tenía al principio de la legislatura de enredar a todos sus posibles socios la ha ido perdiendo, excepto con los partidos nacionalistas vascos que siempre tienen algo a ganar en cualquier mesa de negociación.