No es casualidad que Salvador Illa haya utilizado dos frases empleadas por Jordi Pujol y José Montilla, dos de sus antecesores, en sus recientes mensajes con motivo de la Diada Nacional de Catalunya, el pasado 11 de septiembre. La primera del president Pujol, cuando señaló que "tenemos motivos para la esperanza y la fe, y el optimismo se encomienda si existen ganas de ser y de ir hacia delante". Y la segunda del president Montilla en su llamada a tener "más optimismo y más confianza en nosotros mismos y en nuestras instituciones de autogobierno". Illa, en una conferencia en les Drassanes de Barcelona titulada "El futur és aquí" con motivo de los dos años de su gobierno, ha hablado de esperanza frente al odio, confianza frente al miedo y optimismo frente a la resignación. Y lo ha completado con el siguiente mensaje: "Con ambición, sin conformismo, con diálogo, sin imposiciones, con convivencia, sin confrontación y con acción, sin inmovilismo". Con una frase final: "Ganaremos el futuro con más y mejor Catalunya que nunca".
En un momento de tiempos convulsos, con preocupaciones crecientes en la sociedad —Catalunya no es una excepción— y un crecimiento aparentemente imparable de los extremismos, el president ha apelado a la unidad tanto política como de los diferentes sectores de la sociedad. Lo ha hecho con un mensaje contra el extremismo desde dos vertientes: una advertencia europea contra la repetición de los errores del siglo XX y un rechazo directo de la xenofobia en Catalunya. Todo con frases tan contundentes como estas: "¿Volverá Europa a permanecer indolente ante el ascenso de los nuevos extremismos? ¿Nos creemos inmunes al odio cuando en nuestro país hay formaciones políticas que presumen y se vanaglorian de identificarse con símbolos nazis?". No tuvo recato en asegurar que el orden internacional nacido después de la Segunda Guerra Mundial se está deshaciendo y que la deshumanización, la política divisiva y la banalización del mal vuelven a ser riesgos reales. Y, centrándose más en Catalunya, afirmó que nada ni nadie podrá romper el valor supremo de la convivencia que ha hecho grande Catalunya y que no había nada más opuesto al sentir y a la manera de hacer de los catalanes que la xenofobia y el racismo.
Todo apunta a que, con este discurso, Salvador Illa pretende situar los problemas de convivencia en el centro del debate político en Catalunya y buscar armar un frente mucho más homogéneo y amplio que el actual gobierno y que supere el corsé de las mayorías parlamentarias. Si ese es su objetivo, uno de sus socios, Esquerra Republicana, rebajó las apelaciones del president y mostró una cierta frialdad con su discurso. En parte porque cada partido de la mayoría parlamentaria tiene sus propios problemas y también su propia agenda. Aquí nadie va a regalar nada y menos cuando muchas áreas de gestión del Govern atraviesan dificultades, algunas de ellas, como Educació, con huelgas del profesorado y con una agenda de reivindicaciones abierta de par en par y sin consenso alguno. En este aspecto, propuso un gran acuerdo nacional sobre educación, que considera de los problemas más graves del país, especialmente después de los malos resultados de PISA y del conflicto con los docentes. Y propone abrir una ronda con todos los partidos, encargar al Consell d’Educació de Catalunya que canalice el debate, alcanzar finalmente el objetivo legal de destinar el 6 % del PIB a educación y pasar del diagnóstico a la acción para recuperar la excelencia educativa.
Illa, con las dificultades del día a día, que a la postre es lo que acaba consumiendo un gobierno ante las urgencias de los ciudadanos, está construyendo un discurso europeo reconocible
Illa, con las dificultades del día a día, que a la postre es lo que acaba consumiendo un gobierno ante las urgencias de los ciudadanos, está construyendo un discurso europeo reconocible: combatir el extremismo no solamente denunciándolo, sino recuperando la confianza de la sociedad en sí misma y en las instituciones democráticas. Con palabras parecidas, el canciller Friedrich Merz utilizó un mensaje muy similar al de Illa en su discurso de Año Nuevo cuando afirmó que Alemania era un gran país y pidió a sus compatriotas que se dejaran guiar también en 2026 por la confianza y la fe en sus propias fuerzas. O Emmanuel Macron, que pidió a los franceses que mantuvieran la confianza en la juventud, Europa y la capacidad colectiva de actuar. Y también el ex primer ministro británico, Keir Starmer, presentó su proyecto laborista como una política de la esperanza frente al cinismo y la impotencia. Con aquella idea de que la esperanza no consiste en un optimismo vacío, sino en demostrar que la política puede volver a servir, mejorar la vida de los trabajadores y restaurar la confianza en las instituciones.
Resumiendo, la receta de Illa al auditorio fue más una llamada exigente a los presentes al equiparar el crecimiento de la extrema derecha con una amenaza para la convivencia y, como antídoto, el humanismo, la integración y los servicios públicos como la alternativa concreta al miedo y al odio.
