La muerte de una diputada laborista, tiroteada en plena calle y más tarde apuñalada, mientras hacía campaña a favor de la permanencia de Gran Bretaña en la Unión Europea en el trascendental referéndum de próximo 23 de junio, el llamado Brexit, ha conmocionado una vez más la vida política y marca un nuevo listón en el incremento no de las discrepancias políticas sino del odio que, peligrosamente, encuentra un caldo de cultivo en la sociedad. El crimen de la diputada Jo Cox, de 41 años, es para la policía un hecho aislado. Estaríamos, utilizando el lenguaje que se ha puesto de moda, ante un asesinato llevado a cabo por un lobo solitario ya que aparentemente no ha contado con la ayuda de un grupo. Por eso, la policía no busca a nadie más. Para otros, simplemente el asesinato es obra de un loco fanático.

Cuando demasiados casos son obra del fanatismo más intransigente, bien sea de raíz religiosa, homófoba, xenófoba, étnica, antisemita... y en este caso concreto, antieuropea, no basta con decir que todo es obra de unos locos. Estos odios se han ido alimentando por múltiples factores y convirtiéndose en inabarcables para la sociedad. Y no es suficiente atribuir esta realidad a la discrepancia como generadora de controversia mientras conocemos cada vez más casos de violencia extrema. En ello reside buena parte del problema: hay un caldo de cultivo donde está emergiendo la idea, nefasta, y con la que sintonizan algunos sectores, de que hay que ir más allá; de que con la expresión de la diferencia no es suficiente. Hay un exceso de agresividad y de violencia, a veces incluso disfrazada, que acaba desembocando en situaciones que quedan fuera de control. 

A las pocas horas de la muerte de Jo Cox, antigua responsable de la ONG Oxfam, su marido publicaba un emotivo texto en el diario The Guardian asegurando que ella habría querido la máxima unidad para luchar contra el odio que la mató: "El odio no tiene una creencia, raza o religión. Es simplemente venenoso".