Algo más de dos horas de debate, muy pocas cosas nuevas, un gran aburrimiento, tres presentadores encallados en una discusión imposible, unos bloques temáticos que actuaron como un corsé, un mínimo e inocuo apunte sobre Catalunya y un presidente en funciones que salió vivo y sólo sufrió en el bloque de la corrupción. El debate a cuatro ha sido un gran bluf y habrá que seguir buscando fórmulas audiovisuales para el futuro, ya que en esta ocasión todo ha parecido demasiado viejo y en muchos momentos monótono. Los cuatro aspirantes a presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y Albert Rivera plantearon más una serie de monólogos o de debates a dos (Rajoy-Sánchez, Sánchez-Iglesias, Rivera-Iglesias, Rajoy-Rivera, en ningún momento Rajoy-Iglesias) que un debate a tres o mucho menos a cuatro que hubiera sido mucho más enriquecedor para el telespectador.

Si Rajoy salió del debate sin lesiones de importancia, excepto en el tema de la corrupción donde, por otro lado, su electorado parece pasarle poca factura, el candidato socialista Pedro Sánchez desaprovechó una oportunidad para demostrar hechuras de presidente. La mayoría de sus intervenciones fueron previsibles y vacías de contenido y la sonrisa que acompañaba a sus palabras insuficiente para inspirar confianza fuera de sus propias filas. Nervioso, muy nervioso en el tema de las puertas giratorias cada vez que Pablo Iglesias citaba un ex alto cargo socialista formando parte de un consejo de administración de una empresa del Ibex. El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera, padeció el mismo síndrome de los debates en los que participó el pasado 20-D. Es evidente que su posición es difícil después de los acuerdos con el PSOE pero una vez más sus grandes dotes de orador, tan conocidas en Catalunya, no le sirvieron en un debate a nivel español.

Pablo Iglesias sale del debate reforzado. No por una gran actuación, pese a que demostró más dominio del medio televisivo. Sino porque la audiencia siempre agradece los que juegan al ataque. Sufrió cuando se le vinculó al independentismo, del que huyó como gato escaldado, y comprobó que Ada Colau ya es el icono que le ayudará a ganar las elecciones en Catalunya, pero que al mismo tiempo será utilizado en su contra en el resto de España. Y es que la ambigüedad con el referéndum tiene estas cosas. La complejidad catalana no traspasa fronteras.

Un último apunte: después de escuchar cómo José Antonio Camacho hacia trizas el castellano durante la transmisión del partido de fútbol de la selección española frente a la República Checa, costaría encontrar un debate de candidatos con tantas palabras mal utilizadas y frases mal construidas. En definitiva, con un mal castellano. Y no debe ser culpa de la inmersión lingüística.