La reciente dimisión del primer ministro británico, el laborista Keir Starmer, viene a sumarse a otros cinco inquilinos en el número 10 de Downing Street en esta década maldita que se inició en el Reino Unido con la decisión en referéndum de abandonar la Unión Europea. Solo hace falta poner un dato para ver la inestabilidad provocada por el Brexit en 2016: la década anterior, el Reino Unido solo tuvo dos primeros ministros, Gordon Brown y David Cameron. Sin embargo, el Brexit lo precipitó todo, más allá de la inestabilidad institucional. Un análisis realizado por economistas con datos internos del Banco de Inglaterra ha constatado que la economía de Reino Unido sufrió un impacto del 6 % en su Producto Interno Bruto (PIB) por los efectos de la salida de la UE. El Reino Unido no supo gestionar la decisión popular del referéndum del 23 de junio de 2016, que ha acabado siendo la historia de una década perdida.
Tras la dimisión de Cameron, han ocupado la jefatura del país, sucesivamente, los conservadores Theresa May, Boris Johnson, Lizz Truss y Rishi Sunak, y el laborista Keir Starmer. Los dos primeros, con aparente fuerza política para dirigir el gobierno, sobre todo Johnson, el exalcade de Londres. Sin embargo, fracasó en medio de numerosos escándalos, entre ellos la polémica por las fiestas en Downing Street durante la pandemia. La llegada de Starmer después de una aplastante victoria electoral en 2024, que devolvía a los laboristas al primer plano de la política nacional después de catorce años, fue un espejismo, pese a obtener 411 de los 650 escaños en la Cámara de los Comunes. Enseguida se vio que era un voto más anticonservador que a favor de los laboristas. Se saltó el manual de la política de resistencia, abandonó algunas medidas sobre bienestar que formaban parte de la columna vertebral con que había acudido a las elecciones y aplicó recortes en diferentes áreas, como en derechos laborales, pero también retiró otras iniciativas, como la identidad digital. Pero nada tuvo la dimensión del error de suprimir los subsidios para combustible de invierno para diez millones de pensionistas.
La llegada de Starmer tras una aplastante victoria electoral en 2024, que devolvía a los laboristas al primer plano de la política nacional después de catorce años, fue un espejismo
Cuando quiso rectificar, ya era tarde y había quemado buena parte de su capital político. La puntilla fue la devastadora derrota del Partido Laborista en las elecciones locales y regionales de mitad de mandato del pasado 7 de mayo, en que perdió casi 1.500 concejales, —algo que encendió las alarmas en el núcleo duro del partido ante el temor de que esa tendencia no fuera una excepción y se replicara en las elecciones al parlamento de 2029, lo que desplazaría al laborismo del poder y reduciría a una anécdota la recuperación del gobierno en 2024. Esa crisis interna no se ha resuelto y ahora habrá que ver quién recoge el testigo de Starmer y si consigue unificar el partido. El alcalde de Manchester, Andy Burnham, emerge como el nuevo mirlo blanco del laborismo, después de que recientemente fuera capaz de derrotar al candidato de la ultraderecha Reform UK en unas elecciones en Makerfield, en el noroeste de Inglaterra. Se da la paradoja de que en este distrito acababan de ganar los populistas en las elecciones locales y Burnham fue capaz de variar el voto en solo dos meses.
Aunque falta mucho para las elecciones generales, todas las miradas ya están puestas en cómo se puede derrotar a la ultraderecha de Reform UK, que lidera Nigel Farage y que desde febrero de 2025 ha conseguido situar a su formación política al frente de las encuestas que se vienen realizando en el Reino Unido. Como que la política se mueve, en estos tiempos, en medio de una gran imprevisibilidad; hay que huir de vaticinios contundentes. Solo hace falta ver qué le ha sucedido a Starmer, que se presentó como un líder sensato y pragmático y que hizo del aburrimiento un lema electoral para tiempos difíciles. La combinación de falta de relato respecto al futuro del Reino Unido y problemas en la calle no ha sido del agrado del electorado, que no ha sabido ver un horizonte de esperanza e ilusión al final del camino.