Con el acuerdo entre el Govern y el PSC para la aprobación de los presupuestos, parecía que se había puesto la primera piedra para abordar dos infraestructuras tan importantes como la construcción de la B-40, también conocida como la Ronda Nord, y una solución sobre el aeropuerto de El Prat, que en el documento suscrito quedó recogido a instancias de los republicanos como una modernización y los socialistas dieron su brazo a torcer en su exigencia de que tenía que figurar una ampliación. Yo mismo me felicité del acuerdo finalmente alcanzado, ya que, en principio, en cualquier país siempre es mejor que haya presupuestos a que no los haya. El PSC había puesto el listón alto y Esquerra, ante el temor a quedarse sin presupuestos, había asumido riesgos y también sus condiciones y de manera muy especial la B-40 y el complejo Hard Rock, dos infraestructuras muy diferentes pero que en el territorio tienen un consenso amplio.

De aquel acuerdo con fórceps anunciado el pasado 1 de febrero, la B-40 parece haber entrado en un debate entre el Govern, el partido que lo sustenta y sus secciones locales que es más propio de un final con un nuevo desencuentro, que encalle su construcción, que de la finalización de la infraestructura, que ya tiene tramos construidos. Respecto al aeropuerto de El Prat y su "modernización" hemos entrado en el debate sobre escenarios posibles de ampliación del aeródromo que es la mejor manera de no llegar a ningún sitio. No hay nada más estéril que plantear soluciones irrealizables, bien sean por su desmesurado coste económico, por su impacto natural o porque ya fueron rechazadas en el pasado.

Un ejemplo de todo ello es la última ocurrencia de construcción de una nueva pista sobre el mar para ampliar el aeropuerto de El Prat. No es ni una idea original, ya que, con modificaciones respecto a la última vez que se puso encima de la mesa, con Josep Piqué de candidato del Partido Popular a la Generalitat, en 2003, se estuvo meses hablando de la propuesta que era una copia de aeródromos como el de Hong Kong o el de varias capitales japonesas de terreno ganado al mar. La idea, igual que surgió, desapareció, una estrategia muy habitual cuando no se quiere llegar a ningún sitio. Antes, en 1999, la Cambra de Comerç de Barcelona ya había abogado por este modelo ante las dificultades de encontrar un consenso en el territorio y el ministerio del ramo, entonces el de Fomento, la descartó.

Ahora hemos vuelto a aquel debate propio de la política en bucle que es la catalana. No hay nada como sacar el cajón viejas ideas, ponerles unos colorines para que parezcan más actuales y, finalmente, que todo quede en barbecho. Unas tertulias por aquí, unas declaraciones por allí, que no falten unos tuits para aderezar el debate, y —¿por qué no?— crear una comisión que siempre acaba siendo la fórmula perfecta para no llegar a ningún sitio y que todo el mundo se dé por satisfecho. No hagamos nada, ni en El Prat, ni en Girona, ni en Reus, pero reclamemos al mismo tiempo ser un hub intercontinental.