Los recientes atentados de Bruselas, como hace unos meses los de París, han puesto de manifiesto la incapacidad de los gobiernos europeos para armonizar una respuesta que vaya más allá del ámbito policial. El club de los 28 se reúne de urgencia, lanza una serie de mensajes supuestamente tranquilizadores, mira cada uno de los correspondientes jefes de Estado o de gobierno de calmar a sus respectivas opiniones públicas y nos adelantan medidas siempre imprescindibles y que supondrán un recorte en nuestras libertades. Eso en un momento en que en Francia está vigente el estado de excepción que llevaron a la Asamblea Nacional los socialistas François Hollande y Manuel Valls y en Bélgica se han producido una serie de errores policiales que han facilitado los atentados.
El problema no es solo si se ha de reforzar la comunicación entre cuerpos de seguridad de los diferentes países como se nos trata de hacer ver. La cuestión relevante, y que mira de pasarse por alto, es si Europa es capaz de plantearse una nueva política que supere la de seguridad. Una política que defienda valores tradicionalmente europeos donde la imagen que ofrezca el viejo continente fuera de nuestras fronteras no sea únicamente la de la expulsión de aquellos refugiados que llegan a nuestros países y la insensibilidad social ante la miseria o la pérdida de vidas humanas.
La líder del Frente Nacional, Marine Le Pen, de viaje a Canadá, ha visto como ningún representante político ha querido entrevistarse con ella por su política sobre inmigración, y sus reservas hoteleras en el hotel Marriot de Montreal, la ciudad más importante de Quebec y una de las zonas a las que ha viajado, fueron anuladas. Le Pen contestó tildando de naifs a los políticos canadienses por su respuesta a la inmigración mientras en París, tanto Sarkozy como Valls parecen pelear por copiar las políticas de Le Pen. Quizás, en esta paradoja esté una parte del problema.