Nuestra sociedad no está preparada para la muerte. En ninguno de los casos. Lo vemos a menudo en nuestro entorno, en nuestras familias, en personas públicas que de golpe se nos van. Sucedió hace unas semanas con Muriel Casals, que perdió la vida de una manera desgraciada al ser atropellada por un ciclista. Cuando la muerte se convierte en una tragedia colectiva como en el accidente del autocar que este domingo se precipitó al infierno a la altura de Freginals, en el Montsià, el drama se hace atronador. Y solo hay muchas preguntas. No hay respuestas.
La historia es sencilla. Un grupo de jóvenes universitarios de diferentes paises que volvían de Valencia, a donde habían ido a conocer la fiesta de las Fallas, perdieron dramaticamente la vida. Estaban realizando un Erasmus en Barcelona, un programa creado en 1987, que ha cambiado la vida de nuestros universitarios y que se ha impuesto como un paso casi imprescindible para completar la formación de estos jóvenes.
El conductor perdió el control del autocar y trece personas perdieron la vida. Todas chicas. Todas jóvenes. Todas con muchos años de vida por delante. Todas como nuestras hijas, nuestras nietas, nuestras hermanas. Todas inocentes.
Por eso la tragedia de este domingo ha impactado muy fuerte en nuestra sociedad. Trece vidas segadas en la carretera. Este Domingo, los Erasmus que están diseminados por Europa amanecieron unidos por el dolor. Y, con ellos, todos nosotros.