Hay pocos calificativos que puedan servir para definir la situación que Catalunya ha padecido esta semana y que ha puesto patas arriba las infraestructuras. La crisis de Rodalies, Regionales y Media distancia ha presentado al mundo un país incapaz de hacer funcionar los trenes que son utilizados cada día por cientos de miles de personas para desplazarse, preferentemente para llegar a su puesto de trabajo. Ha llovido, ciertamente. Y lo ha hecho en unas proporciones importantes en comparación, sobre todo, con la sequía de los últimos años. Pero Catalunya está lejos de haber padecido un fenómeno meteorológico extremo como sería un huracán, un tsunami o un terremoto. De hecho, a final de mes sabremos cuánta lluvia ha caído en el mes de enero, pero hasta la fecha el Servei Meterològic de Catalunya tiene registrado el mes de marzo del año pasado como el más lluvioso del siglo en Catalunya y no hubo ninguna afectación a los servicios públicos de esta naturaleza.

En cualquier caso, lo más preocupante de todo no es que los trenes no funcionen, por muy grave que sea, que lo es, y mucho, sino que se ha abierto delante de nosotros en canal una situación dramática que no solucionaremos en años, sino décadas. Sabíamos que la desinversión histórica de los gobiernos españoles deja a Catalunya expuesta al bloqueo de sus infraestructuras básicas y la convierte en un país de segunda. Así, cuando nos dicen que Rodalies va bien, solo va mal. Y cuando va mal, simplemente deja de funcionar. Según datos del Govern, las incidencias calificadas como destacadas provocaron, en el primer semestre del año pasado, un total de 90.013 minutos de retraso, equivalentes a 1.500 horas perdidas, y afectaron a 1.155.230 viajeros.

La falta de mantenimiento convierte las líneas de ferrocarril de Rodalies en una auténtica y peligrosa red de movilidad que ha dejado de tener la seguridad que todos le otorgábamos

Ahora, a raíz de esta crisis, hemos constatado lo sabido: hasta ahora, los trenes llegaban con retraso por falta de inversiones. Pero hemos conocido algo peor: la falta de mantenimiento convierte las líneas de ferrocarril de Rodalies en una auténtica y peligrosa red de movilidad que ha dejado de tener la seguridad que todos le otorgábamos. Y ha llovido, sí. Pero nadie cree que sea este el motivo, sino la falta de inversión y de mantenimiento. La preocupación de los viajeros es extensible, además, a la línea de Alta Velocidad (AVE), donde se ha reducido drásticamente la velocidad en muchos tramos tras el accidente de esta semana en Adamuz, Córdoba, donde han muerto ya 45 personas.

El Govern ha anunciado este sábado noche que este domingo Rodalies tampoco funcionará. Será el quinto día seguido de una gran anomalía. El hecho de ser un día festivo amortigua el problema, ya que la afectación es menor, aunque superior a las cien mil personas. Hay que tener en cuenta que entre enero y junio del pasado año lo utilizaron 62 millones, lo que da una media diaria superior a los 342.000 pasajeros si los siete días de la semana tuviera el mismo volumen de usuarios.

De esta crisis ferroviaria, la gestión del Govern, hasta la fecha, no ha obtenido buena nota. Las informaciones facilitadas desde la Conselleria han sido confusas cuando no falsas, como cuando se anunció la reanudación del servicio de Rodalies para el jueves y nunca se produjo por la negativa de los maquinistas a incorporarse a su puesto de trabajo. Los trabajadores, además, denunciaron que el Govern ya conocía su postura la noche del miércoles cuando anunció que al día siguiente se reanudaría el servicio. Pero no ha sido este el único problema: la dirección del departamento ha sido errática y la crisis le ha venido grande.