¿Qué está pasando para que un personaje tan polémico como Boris Johnson, que abandonó su puesto como primer ministro de Gran Bretaña el pasado 7 de septiembre en medio de una ola de desprestigio importante, tenga opciones de volver a ocupar el 10 de Downing Street tan solo 51 días después? ¿Se puede superar en tan corto período de tiempo el abandono de ministros, secretarios de estado, diputados y la militancia de su partido, y que todos ellos le ofrezcan una nueva oportunidad? El fracaso de la premier Liz Truss, que solo ha permanecido 44 días en el poder y se ha convertido en la persona que ha ejercido el cargo durante menos tiempo, después de varias crisis ministeriales en tan solo siete semanas y de un inviable programa económico ultraliberal, ha dado paso a un escenario impensable que las bases del partido conservador deberán solucionar.
En un mundo político cada vez más dominado por los cambios de rumbo imprevisibles y donde los estados de ánimo hacen balancear de un extremo a otro las opiniones, Johnson ha regresado a Londres de unas vacaciones en el Caribe este sábado y parece que se apresta a plantear batalla para su vuelta a la primera línea política. Su primer objetivo, lograr el apoyo de un centenar de diputados para poder presentarse a la votación del viernes entre la militancia, parece ahora más cercano e incluso varios medios londinenses aseguran que ya podría tener las firmas. En cualquier caso, muy lejos de los más de 200 apoyos que dice contar Rishi Sunak, ministro de Hacienda hasta hace tan solo unos meses, en que compitió por el liderazgo de los tories con Truss y perdió.
Una encuesta del diario londinense The Telegraph publicada estas últimas horas asegura que la mayoría de los votantes conservadores creen que el partido tomó una decisión equivocada el pasado verano forzando a Johnson a dimitir después de una cadena de escándalos a raíz de las fiestas organizadas en su residencia oficial durante el confinamiento de la covid, cuando el 41% de los diputados de su propio partido votaron una moción de censura en su contra. Nadie se atreve a pronosticar con seguridad absoluta si Johnson se acabará presentando y si su despedida del pasado julio en la Cámara de los Comunes, "hasta la vista, baby", será un vaticinio hecho realidad.
No deja de ser preocupante que la política nos esté ofreciendo en los últimos tiempos espectáculos tan lamentables y que de alguna manera ante una crisis política, económica y energética que es mundial, lo que acabe percibiendo el ciudadano es un amplio lodazal. En el caso del Reino Unido, además, la crisis financiera ha llevado a la libra a su mínimo histórico y a una más que previsible recesión. A unos pocos miles de kilómetros, en Italia, la líder del ultraderechista Fratelli d'Italia, Giorgia Meloni, acaba de jurar como nueva primer ministro. Malos vientos para el país transalpino y una cuña favorable a Vladimir Putin en la Unión Europea.
El fracaso de los partidos tradicionales ha abierto una peligrosa espita a los populistas, se llamen como se llamen. El rigor, la experiencia y la preparación han dejado de ser un activo decisivo en un mundo cada vez más dominado por los mensajes fáciles y muchas veces vacíos. Eso sí, llamativos. Aunque la realidad confirme que no se pueden cumplir.