Pasan los años y el marco global de la economía catalana, también la española, o no cambia o cambia poco: solo cuando el turismo acude al rescate de la economía, en proporciones que despiertan entre los ciudadanos división de opiniones y acalorados debates entre partidarios y detractores del turismo masivo, se pueden aventurar buenas cifras macros, el PIB mira al alza y el sector aporta al conjunto de la economía oxígeno suficiente para una mirada mínimamente optimista. Todo ello, en medio de una situación marcada por la pospandemia, una inflación cercana al 10% (desconocida desde los años 80), los precios de la energía desorbitadamente altos y la cesta de la compra inalcanzable para centenares de miles de catalanes.
El turismo ha sido y continúa siendo la gallina de los huevos de oro desde los años sesenta y muy especialmente en las últimas tres décadas. Sobre todo desde que la marca Barcelona, a lomos de los exitosos Juegos Olímpicos de 1992, alcanzó una posición turística de primer orden en el mercado global como la tercera ciudad de Europa, solo detrás de Londres y París. En 2019, el año prepandemia, el turismo dejó en Catalunya 21.200 millones de euros. Hay debates y exigencia desde diferentes sectores económicos y empresariales regularmente para revertir esta situación de alta dependencia del turismo, pero la realidad es que poco o nada se ha hecho desde las administraciones —solo España tiene verdadera capacidad para tener una incidencia real— para cambiar el marco global, y el turismo y la construcción continúan siendo palancas imprescindibles.
Por ello, la mirada sobre el comportamiento del turismo esta Semana Santa, que estaba siendo monitorizado desde hace varios meses y la invasión de Ucrania por parte de Rusia, unida a la crisis energética, había encendido todas las alarmas, disipadas en parte porque destinos como Turquía y Grecia se han visto más perjudicados que Catalunya. También porque el comportamiento de los catalanes —similar al del Estado español— a la vista de las incertidumbres aparecidas ha hecho que hayamos apostado más por el turismo de proximidad frente a otras destinaciones europeas o internacionales.
A la vista de la demanda turística existente y si la climatología no hace algún cambio brusco ante las previsiones que ahora se conocen, se puede asegurar que la ocupación turística mejorará la de los últimos años y se acercará a la de 2019 —las previsiones son de tan solo de alrededor de un 10% menos—, año de referencia, sin discusión ninguna, ya que se batieron todos los récords hasta aquella fecha. El mes de febrero, un mes tradicionalmente malo, ya se ha registrado una cifra de turistas extranjeros excepcionalmente alta y que multiplicó por diez la de 2021.
El debate turístico, el modelo existente y la necesidad de propuestas de un crecimiento económico alternativo va a seguir. Y es necesario diversificarlo y ganar calidad y musculatura en otros sectores de la economía. Pero mientras el turismo tenga la importancia que hoy tiene, negar la realidad no va a ayudar a encontrar antes una alternativa mejor.