Puede ser que, casi sin querer, el secretario general del PSOE haya dado en Sitges una de las claves de lo que sucederá dentro de un mes: No habrá unas terceras elecciones en España sea cual sea el resultado del 26 de junio. Dicho con esta claridad y con las encuestas que se conocen encima de la mesa solo puede deberse a que los socialistas hagan un giro de 180 grados y se encaminen hacia una gran coalición, o hacia un gobierno de izquierdas. No hay que ser muy avezado en política sino simplemente conocer los resortes actuales de poder en las filas socialistas para constatar que los socialistas del sur, aquellos que no quieren saber nada de Podemos, tienen ganada la batalla. A poco que el Partido Popular sea capaz de resistir en la primera posición que ocupa sin grandes pérdidas electorales, como le dan hoy por hoy todas las encuestas, los populares tendrán una posibilidad real de conservar el poder aunque tengan que pagar el peaje de un cambio de presidente, algo que no quieren oír ni los populares ni Mariano Rajoy.
El PSOE esta vez no jugará la partida por su cuenta. El resto lo dirán las urnas, incluso si vamos a una legislatura de una duración limitada. La gran coalición que promulgaba Felipe González y por la que muchos socialistas se llevaban las manos a la cabeza ha dejado de ser una idea descabellada y de laboratorio. Igual no hará ni falta que llamen desde el Banco Central Europeo o desde algunas cancillerías significativas del planeta y al post 26 de junio se llega en una situación mucho más clara de lo que la aritmética política permite hoy contemplar.
Pedro Sánchez se mueve sin avanzar. Diríamos que en círculo. Siempre está en el mismo sitio. Pasó por las jornadas económicas del Cercle sin despertar adhesiones y con una cierta melancolía de algunos de los presentes. ¿Será Susana Díaz la ponente del PSOE el año próximo? A los políticos hay que reconocerles una cierta coherencia pero también hay que esperar de ellos alguna iniciativa. Aparentemente Pedro Sánchez está en una carrera demasiado larga -más de seis meses de campaña- y sus principales argumentos no despiertan en Catalunya (algunas propuestas también en España) ni un mínimo consenso ni tampoco un mínimo entusiasmo: la reforma federal, una modificación inconcreta de la Constitución, un mínimo cambio del modelo de financiación autonómica (obviamente, nada de concierto) y nada que se parezca a una consulta pactada o el apoyo para la gobernación de España con los votos de ERC y de CDC.