Hace semanas que el barcelonismo mira a Messi en el terreno de juego y se pregunta —casi en silencio, claro está, porque todo lo que afecta al argentino es siempre en voz baja— qué le pasa al capitán que no acaba de ser el jugador de antes de la pandemia del coronavirus. Este viernes hemos empezado a conocer algunos detalles del argentino a través, seguramente, de su círculo de confianza: está incómodo en el club y se plantea marcharse en el 2021 haciendo uso de la clausula que le permite abandonar la entidad cuando quiera, avisando con suficiente antelación. Para empezar ha ordenado paralizar la renovación del contrato, que todo el mundo coincide con que iba por buen camino, ante la crisis institucional del club. Está gestionado cada vez más de manera más errática y personalista, y el presidente Josep Maria Bartomeu toma decisiones al margen de todo el equipo directivo, se despiden sin explicación alguna directores deportivos, altos ejecutivos, jefes de prensa y, en definitiva, no hay proyecto alguno en ninguna de las áreas de la entidad.

No es la primera vez que Messi aparece en medio de una crisis de una dimensión importante esta temporada. El denominado Barçagate, el famoso caso de contratación de la empresa I3 Ventures, una consultora especializada en big data contratada por la entidad blaugrana, y que se dedicaba a atacar a través de diferentes cuentas en las redes sociales a personalidades del barcelonismo como Laporta, Guardiola, Carles Puyol y Xavi Hernández, y a jugadores como Messi o Gerard Piqué, ya provocó un primer distanciamiento entre el argentino y la directiva. Desde entonces las cosas sólo han ido a peor en general pero también en este caso: se ha judicializado con más de una demanda y la directiva se ha cuidado de aplicar decisiones contundentes, temerosa, seguramente, de que el caso le estallara en la cara. Además, ninguna de las explicaciones que se han dado, que han sido muy pocas, han sido creíbles y el club no ha conseguido desprenderse de la impresión generalizada de que muchas cosas se habían hecho rematadamente mal, y ya veremos si irregularmente.

Así se ha pasado en poco tiempo de un escenario en que Messi señalaba que quería acabar en el Barça su carrera deportiva, al contrario, en que lo que desea es marcharse. Ya sé que lo fácil es situar el problema en el terreno de juego y en una disputa entre el entrenador, su segundo y los jugadores del primer equipo. Pero el campo es muchas veces el espejo de los errores cometidos en los despachos. Y esta directiva ha dilapidado millones a manos llenas con fichajes del todo inexplicables, ha malbaratado la ilusión de una plantilla con un modelo de juego para incorporar a ciegas entrenadores y jugadores, y ahora se corre un serio riesgo de que el club sume a su crisis institucional y deportiva la económica, dejándolo endeudado durante muchos años.

Sólo con unas elecciones lo antes posible —hoy el verano de 2021 se antoja muy lejos— se podría cortar la situación actual e impedir que Messi haga efectiva su voluntad de abandonar el club. El argentino, a su manera y quizás sin quererlo, ha entrado en campaña y ya veremos qué acabará haciendo. Para empezar ha dicho para los que lo quieran oír que está harto. Y no es poco.

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