Si algo caracteriza este final de año es que lo cerramos con mucha más incertidumbre que cuando lo empezamos. Aquel enero se vislumbraba una cierta crisis económica, había una muy mínima esperanza de entrar en un tiempo nuevo en las relaciones entre Catalunya y España, y cabía pensar que se empezaría a revertir la situación de los presos y exiliados. La pandemia cambió bien pronto el guión del 2020 y lo hizo de una manera tan brusca que todos los gobiernos quedaron superados por una situación para la que no estaban preparados. Con los meses hemos descubierto, además, que nuestro sistema de bienestar, del que estábamos tan satisfechos, tenía muchas más lagunas de las que habíamos descubierto hasta aquella fecha.
La suma de una financiación autonómica insuficiente, las dificultades presupuestarias crónicas para un mayor esfuerzo en Sanidad, Investigación y Educación, junto a la incapacidad para proteger a nuestros mayores como se merecen y retener el talento de nuestros jóvenes y que no se fuera al extranjero, nos había hecho un país más vulnerable de lo que pensábamos. En definitiva, el déficit fiscal que Catalunya había ido acumulando durante décadas nos había dejado sin herramientas para responder a una situación tan excepcional como la pandemia. Habrá que volver a la reivindicación del déficit fiscal como la única respuesta en el corto plazo si queremos volver a ser un país competitivo y no una autonomía más. La exigencia de una Catalunya independiente tiene que convivir con aquellas necesidades que son urgentes y que van a mejorar la calidad de vida de nuestros compatriotas.
Ha sido este 2020 el año en que ha explotado a nivel informativo la corrupción de la monarquía española. Hasta el extremo de que el rey emérito ha abandonado España y se ha refugiado en los Emiratos Árabes Unidos. Su hijo, Felipe VI, incapaz de superar el discurso del 3 de octubre, ha visto como cada visita a Catalunya era un foco de conflicto y de protestas en la calle, lo que unido al vacío institucional ha desembocado en visitas clandestinas como la de hace unas semanas para la entrega del premio Cervantes a Joan Margarit.
Todo ello, en medio de una crisis institucional importante en que el Gobierno español ha renunciado a una parte del poder, que ha pasado a manos del deep state y de la Justicia, mientras Pedro Sánchez y Pablo Iglesias preferían conservar sus asientos antes que dar la batalla. Así, se ha deteriorado la calidad de la democracia para satisfacción de la derecha política, social y mediática, que desde la oposición ha podido, en las batallas importantes, imponer su relato.
Con esta columna completo mi escrito diario de este 2020. Aunque es cierto que uno siempre tiene un año que recuerda por una situación muy especial, ya sea de signo positivo o negativo, concluiremos todos que, para muchos de nosotros, ninguno ha tenido la preocupación, la tensión, la incertidumbre y el magnetismo de estos últimos diez meses, desde que se conoció que una pandemia denominada Covid-19 iba a cambiar nuestras vidas. Desde El Nacional hemos mirado de acompañarles lo mejor que hemos sabido y de dar respuestas a las preguntas que como sociedad hemos tenido y a todas aquellas que aún nos seguimos haciendo. Y no hemos olvidado, ni por un instante, que Catalunya sigue teniendo al Govern del referéndum del 1 de octubre de 2017, a la presidenta del Parlament y a los líderes de Òmnium y la ANC en la prisión o en el exilio. Y que la represión ha continuado este 2020 en medio de una preocupante pérdida de libertades.
Lo hemos podido hacer, gracias a ustedes, en vísperas de celebrar, este 2021, nuestro quinto aniversario en esta aventura apasionante, consolidados como el diario digital nativo catalán más leído del país. Nos llena de orgullo y de responsabilidad a toda la familia de El Nacional, les animo a hacerse socios del Club El Nacional para asegurar su viabilidad económica y confiamos seguir siendo durante mucho tiempo su diario de referencia. Feliz Año Nuevo.