La vida de Calabacín es una firme candidata, con posibilidades, al Oscar a la mejor película de animación, aunque compite con la norteamericana Zootopia. Queda la duda si un filme europeo hecho con muñecos puede superar a una superproducción americana elaborada con tecnología de animación 3D. La vida de Calabacín ya obtuvo el premio del público a la mejor película europea en San Sebastián, y arrastra una larga lista de premios en Angouleme, en Annecy, en Melbourne, en Varsovia, en Zurich, en la Feria del Libro de Frankfurt... Pero no consiguió llevarse el Globo de Oro, que obtuvo su rival Zootopia, de Disney. En los premios César, que se otorgarán dos días antes que los Oscar, esta producción franco-suiza no sólo está nominada al premio al mejor filme de animación, sino que también es candidata a las categorías de mejor banda sonora y mejor guion adaptado. Una carrera de éxitos que benefician a una película que, paradójicamente, tuvo graves problemas de presupuesto durante su realización y que estuvo a punto de no terminarse. El 24 de febrero llegará a los cines catalanes, como una de las películas más esperadas para el público familiar y para todos los aficionados al cine de animación.

Historias de acogida

Esta producción franco-suiza explica la historia de un niño, Ícaro, a quien todo el mundo llama Calabacín, que va a parar a los 9 años a un orfanato, donde se encuentra con otros niños que, como él, han tenido graves problemas familiares. Pero en este nuevo espacio, el niño reconstruirá su universo con los niños y los maestros de la casa de acogida. Una película dura, que retrata un universo difícil, y no duda en hablar abiertamente de los problemas de la infancia: maltratos, abusos sexuales, familias desestructuradas, problemas de desintegración de las familias por las políticas migratorias... En esta película, el centro de acogida no se presenta como un infierno dickensiano sino como un refugio para los niños que vivían en un entorno hostil. La vida de Calabacín es una historia cargada de esperanza, pero que rehuye la lágrima fácil. De hecho, el director, Claude Barras, ha hecho esta película pensando en los niños maltratados, con la esperanza de que si la ven les sirva para darles fuerza para encarar el futuro con optimismo.

Una técnica extraordinaria

Para conseguir transmitir los sentimientos en las figuras de animación ha hecho falta un trabajo de dos años de un equipo de cien personas. Se ha usado la técnica de stop motion: los muñecos, de unos 25 cm de altos y hechos de resina y materiales muy diversos, están articulados y se van animando plano a plano. Entre una toma y otra va moviéndoselos poco a poco, para reproducir el movimiento de una persona. Las facciones también se modifican plano a plano, para dotar de expresividad a los muñecos. Los escenarios, construidos a escala, son esmeradamente iluminados, como si fueran un plató de verdad. Una de las claves de la película ha sido la realización del guion, de Céline Sciamma, directora de Tomboy y de Girlhood, que ha conseguido reducir a lo básico las intervenciones y dotar de una gran fuerza al texto, que combina humor y poesía. Para las voces se ha trabajado con un equipo de personas que no eran actores profesionales, para dar naturalidad al texto.

Del libro al filme

Autobiographie d'une courgette es un libro de Gilles Paris, que habla de niños pero que está dirigido a un público adulto, por la crudeza de sus descripciones. El suizo Claude Barras (1973) decidió llevarlo a la pantalla, pero haciendo un producto que pudiera también ser atractivo para el público infantil. Se trata del primer largometraje del director, que hasta ahora había trabajado como ilustrador, pero que ya había conseguido un gran éxito con el corto Le génie de la boîte de raviolisLa vida de Calabacín es una película que se fija en el detalle: en las miradas de los personajes, en los gestos más escasos. Eso le da un ritmo muy especial; no tiene nada que ver con la agitación continua que impera en algunas películas familiares para garantizar mantener la atención de los niños. Pero Barras consigue que los 66 minutos de la película pasen en un abrir y cerrar de ojos. La película fluye con toda naturalidad. El público queda absolutamente hipnotizado por la sencillez de la historia y la habilidad técnica del realizador. Los creadores no intentan disfrazar de realidad la animación, pero consiguen que el espectador entre de lleno al universo de Calabacín y se identifique plenamente con Simon, Camille, Calabacín y los fantásticos personajes de Gilles Paris. Una película idónea para ver con niños. O sin.

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