Incluso en aquel momento en que todavía no estaban en la primera línea del rock'n'roll, The Hives nunca quisieron pasar desapercibidos. Hubo una época, sobre todo con el boom del rock escandinavo a finales de los noventa, en que a a menudo les tocó el papel de teloneros. Lo hicieron con un buen número de bandas, muchas de ellas paisanas. Y de ese duelo, que se tomaban como un desafío, siempre salían victoriosos. Por eso, uno de sus discos se titulaba Veni, Vidi, Vicious y otro Your new favourite band (sacaron este recopilatorio cuando en teoría aún no habían hecho méritos para tener uno).
En esa afrenta ante otros pistoleros —como en las películas de Ford, Peckinpah, Huston o Leone—, los Hives disparaban primero. Eran más rápidos, más audaces, más espabilados, más irónicos. El rival siempre caía sobre la arena; mientras, ellos se los miraban con aires de superioridad. Iban un paso (o más) por delante. Lo hacían con una fórmula única y muy original. Con una imagen alejada del estereotipo del roquero tal y como la conocemos, con mucho descaro y soberbia. Y, sobre todo, con un arma infalible y poderosa que a veces olvidamos (y que es cierto que poseemos): el sentido del humor. Los suecos le sacan punta a todo. De hecho, son los primeros que se ríen de sí mismos (una voluntad la mar de sana). En su nuevo disco, The death of Randy Fitzsimmons, frivolizan sobre ese ser anónimo que les escribe las canciones decidiendo su destino. Un Randy al que entierran, no sabemos si porque no les sirve o, más sencillo si cabe: no existe y se lo han inventado. Con lo cual, y sin que sirva de precedente, nos toman el pelo a todos. Y nosotros, obviamente, nos lo tragamos.

The Hives han tenido un largo hiato discográfico, cerca de una década sin dar señales con canciones nuevas. Y cuando han vuelto a agrupar un nuevo lote, lo han hecho como antaño: a tiro fijo y a por todas. Con esa mezcla atómica de rock'n'roll, garage y punk. Más de la mitad de las mismas son carne de cañón de directo: se pueden corear y tienen energía. Para su nueva (y esperada) gira solo faltaba comprobar dos cosas; si su cantante iba a hablar tanto entre canción y canción, y si seguiría con esa cantarela soltando aquello tan gracioso de “señoritas, señores y todos vosotros”. Efectivamente, la edad no ha apaciguado ese impulso. Habla como una cotorra y no ha cambiado la manera en que presenta las canciones. Aunque en el fondo eso da igual, cuando tocan y aprietan el acelerador, son imbatibles. Lo otro forma parte del circo, de su propia ceremonia.
Cuando tocan y aprietan el acelerador, son imbatibles
No cabe duda que Pelle Almqvist es un tipo listo, él es el encargado de dirigir el sarao. Aparecen vestidos con unos trajes inclasificables con rayos y notas musicales que se vuelven fluorescentes en la oscuridad, atacan de inicio con una nueva (Bogus operandi), pero de inmediato van al solomillo de su repertorio: así seguidas Main ofender y Walk idiot walk. Les ha bastado un suspiro para poner aquello como una caldera. Su predicamento es que no hay silencio en un concierto de The Hives. Y así es, lo cumplen a rajatabla. Pelle saluda con elegancia a los que están en la parte de arriba de la sala, toma el abanico que le ofrece una seguidora, da pataditas al aire como Elvis y Bruce Lee, se ríe con la misma malicia que el Joker (alguien a la salida me dijo que Pelle es un actor, y claro, no le falta razón). Sus compañeros de grupo le siguen el juego, cada uno sabe el rol que tiene y ocupa.
Con Hate to say I told you so llega el caos, es un delirio, el carismático vocalista acaba surfeando sobre el público, un chute de gasolina hasta llegar al tramo final con Countdown to shutdown, una de las que acaban de aterrizar en el repertorio y que ya es un himno. La cantamos como si llevásemos toda la vida tarareándola. El broche lo pone el batequeo de Come On! (pocas veces una canción tan básica provocó tanto entusiasmo) y Tick tick boom, un tema que tiene una función: rescatar sonrisas y convocar abrazos.
