Cuando se anunció que la cuarta temporada de Stranger Things se estrenaría en dos volúmenes y que, además, cada episodio se alargaría más de una hora, el tema de conversación ya no era qué ofrecería la serie sino la tendencia (muy generalizada, todo hay que decirlo) a dilatar innecesariamente los metrajes. Se podría decir que la primera victoria moral de esta temporada es haber conseguido que esta queja se apagara tan pronto como el espectador empezó el viaje. Y no sólo eso, sino que había cierto cuórum en decir que el segundo volumen, dividido en dos capítulos que sumados llegan a las cuatro horas, podía llegar a hacerse corto, de tantos frentes narrativos que había para resolver.

He ahí uno de los problemas fundamentales que ha tenido y sigue teniendo la serie: abre tantos frentes que, inevitablemente, acaba dispersando su grado de interés. Dicho de otra manera, como no todas las tramas y personajes tienen el mismo carisma, la serie acaba entorpeciendo su rumbo forzándose a reanudar hilos que ya hace tiempo que dan síntomas de agotamiento. En este sentido, este clímax de cuatro horas es toda una síntesis de los defectos y las virtudes de la serie, aunque ganan claramente estas últimas. Stranger Things consagra una voz propia que rehúye la nostalgia al uso (que hay, pero mucho mejor dosificada que en las anteriores temporadas) y construye una iconografía propia. Un buen ejemplo de eso es la muerte de uno de los personajes, que funciona a la perfección porque han sabido darle una personalidad y un arco dramático sólido. Cuando en una historia tan coral te das cuenta que echarás de menos a una de sus piezas, señal que alguna cosa has hecho muy bien durante el trayecto.

Foto: Netflix

Stranger Things bebe del terror de Stephen King

Las virtudes ganan, pues, porque la serie ha aprendido a dar valor a sus catarsis. Como en el primer volumen, hay segmentos que resultan irregulares (los que derivan de la trama rusa, sobre todo), pero en cambio hay otros, como el de Eleven, que finalmente alcanzan la dimensión dramática que requerían. Lo mejor, como era de prever, es el enfrentamiento con Vecna, este acertadísimo híbrido entre Freddy Krueger y Pennywise que ha marcado la evolución hacia una atmósfera eminentemente terrorífica. Ya no sólo porque los creadores de la serie flirtean hábilmente con sus referentes (el primero de todos ellos, el clímax de Carrie: Stephen King siempre ha sido el padre espiritual de la criatura), sino porque saben jugar con las expectativas del espectador.

Si en las anteriores temporadas de Stranger Things uno de los males endémicos era la sensación de que los personajes salían demasiado airosos de situaciones que los superaban, en este segundo volumen se consigue transmitir inquietud e incertidumbre. El peligro, el riesgo, y también el dolor, son tangibles, como lo es el tráfico de los protagonistas hacia la vida adulta. Siguiendo la estela de It, hacerse mayor supone la pérdida del poder de la mirada infantil y la constatación de que el verdadero monstruo palpita en el interior de uno mismo. Cada heroicidad comporta una pérdida y cada decisión, un sacrificio. Es por eso que el final de la cuarta temporada la serie de Netflix sobrevive a sus irregularidades y acaba convirtiéndose en un viaje emocional tan recomendable: porque cuando aparecen los créditos finales tenemos la convicción de que en Hawkins nada volverá a ser como antes.