Hace unos dos o tres años que tengo una traducción francesa de Guerra y Paz para estrenar en la mesilla de noche. Es una edición de Folio en dos volúmenes, muy bonita y clara, que compré en París después del ataque a las torres gemelas en una librería que hay cerca de la Sorbona, delante de un bistró pequeño y pintoresco. Una de las últimas cosas que veo cada noche antes de cerrar los ojos es la blancura purísima de la cubierta. Por la pizca de polvo que se le pone encima puedo saber sin levantar la cabeza del cojín cuántos días faltan para que venga la señora de la limpieza.
Años atrás, en la misma mesilla tenía el Diario del Desasosiego de Fernando Pessoa. Aunque sin orden, lo leía muy a menudo. Buscaba pensamientos que reforzaran mis intuiciones o que me ayudaran a comprender alguna situación que se me había quedado metida entre dedo y uña como una astilla. Pessoa puede llegar a hacer mucho daño a las almas librescas y autodestructivas. Pero a mí la melancolía oceánica de aquel libro me envolvía de una manera tan especial que me daba ganas de dormir o de fumar y, como fumo poco, al final el sueño siempre ganaba.
Ahora miraba el millar de paginas que tiene el primer volumen de Guerra y Paz y pensaba en el traductor. Qué cantidad de trabajo. Hace unos años Josep Maria Pinto se propuso traducir toda la Recherche de Proust al catalán. Tengo un par de títulos y tampoco he encontrado el momento de leerlos. De Proust leí, en la época que compré la traducción de Tolstoi en París, Pastiches et Mélanges, Contra Sainte-Beuve, Écrits sur l'art y también el último volumen de la Recherche en aquella edición criminal del Alcover Moll que te hacía celebrar la muerte del traductor a la mitad del último libro.
No sé si la traducción de Pinto llega tarde o es cosa mía. Hace días que miro mi Tolstoi y pienso: ¿"Dónde están tus ganas de leer"? Leer leo, pero de una forma tan diferente a la de antes que me parece que también cambiará mi manera de escribir. Tanto con el libro de Josep Pla (2009), como con el de Companys (2006), el volumen de páginas y de información formaban parte de la energía y la generosidad de la obra. En diciembre de 2014, cuando publiqué Londres-París-Barcelona, lo hice con el pesar de pensar que se había acabado la época del libros de 400 páginas –o de miles de páginas, en caso de que seas Proust o Tolstoi.
Las series de Netflix, el tuiter, el Whatsapp, el Facebook, el Tinder, el Kindle, la política espectáculo, no son exactamente una novedad. Pero el ruido que hay -este jaleo de discoteca de la ruta del bacalao- quizás sí que es un poco nuevo. Con este alboroto demoníaco es imposible concentrarse y conste que no soy un talibán de la lectura. En la escuela me obligaban a leer libros tristes, marcados por el exilio y por el franquismo. Hasta pasada la veintena viví convencido de que leer era un vicio de depravados. Una vez un célebre intelectual se enfadó mucho conmigo porque, en una cena de amigos, comenté que ningún libro ha salvado nunca a ningún asno de ser un asno -sin pensar que él no había hecho otro cosa que leer toda la vida.
Nunca habíamos tenido tantos incentivos para hacer el vago, pero cuando la televisión era hegemónica mucha gente inteligente ya prefería ver a Oliver i Benji antes que abrir un libro. Entonces ya se decía eso de que un hombre común recibe hoy, en un solo día, más estímulos que Leonardo Da Vinci en toda su vida. Cuando se creó el ferrocarril, también se decía que la velocidad mataría a los pasajeros, no quiero ponerme apocalíptico. Sólo digo que los libros ocupan menos espacio en mi mundo que hace tan solo cuatro o cinco años. Quizás confío que la tecnología me dará un par de décadas de propina para leer a Tolstoi. O quizás vivimos un periodo oscuro, de aquellos que se acaban con una sesión de pirotecnia que lo hace saltar todo por los aires sin que nadie lo sepa evitar.
En las épocas de confusión la garra y la intuición son más importantes que la sensibilidad y el conocimiento teórico. No hace mucho un político joven muy simpático pasó por mi casa y se detuvo un rato delante de la biblioteca, pensativo.
-Qué buscas? le pregunté.
- Miro si tienes algún libro que me inspire. Mañana tengo una entrevista y me preguntarán qué estoy leyendo.
Como todos tenemos la obligación de contribuir a mejorar la sociedad pasé por alto el comentario cínico y le presté un libro muy querido. Tenía la esperanza de que le serviría para dar profundidad a su discurso, pero al día siguiente ya hablaba a la prensa como si lo hubiera estudiado mejor que yo. Me pasó por la cabeza hacerle algún reproche pero ya sabía qué me respondería:
- ¡Cuando quieres que lo lea, si no tengo tiempo!
Es curioso. Los meses van pasando y no le he reclamado el libro, como habría hecho cuando compraba Tolstois en París y veneraba mi biblioteca como si fuera una vaca sagrada de la India. Leer tiene mucho prestigio. Pero pronto los libros quizás solo serán objeto de interés de especialistas y de gente de baja extracción que necesita adorar algún tótem para mantener la motivación y el riego sanguíneo del cerebro. Como el fast food, que hace que los pobres sean gordos y que, en cambio, los ricos que hablan de buenos restaurantes, en comparación, tiendan a ser más bien delgaduchos.