Llega Sant Jordi y, de repente, parece que todo un país se haya puesto de acuerdo para amar la lectura. Puestos llenos, calles colapsadas, gente con rosas y libros bajo el brazo y aquella sensación colectiva de que hoy sí, que hoy somos una sociedad culta, lectora y sensible.
Un día al año en que comprar un libro nos hace sentir un poco mejor con nosotros mismos. Sin embargo, solo hace falta que nos acerquemos a cualquier puesto para darnos cuenta de que no todos los libros son iguales. Hay unos que destacan más que otros. Portadas repetidas hasta la obsesión, pilas perfectamente visibles, autores sentados firmando sin parar y colas que parecen más propias de un concierto que de un acto literario. Y entonces te viene la duda incómoda: ¿realmente elegimos lo que leemos?
Sant Jordi también es eso: una gran coreografía cultural donde casi todo está decidido antes de que lleguemos. Los medios marcan el ritmo, seleccionan los nombres, amplifican determinadas novedades y construyen, año tras año, una especie de canon efímero de libros imprescindibles. Y nosotros, disciplinados, vamos detrás de ello. Compramos el libro que hemos visto tres veces en la televisión, el que nos han recomendado en la radio, el que sale en todas las listas.
No es tanto una decisión, es más bien una inercia. Hay libros que no los escoges: te encuentran ellos. Por saturación, por insistencia, por presencia constante. Acabas reconociendo la portada antes de saber de qué va el libro. Y eso ya es suficiente para que entre en la lista de posibles compras. Porque, en el fondo, Sant Jordi también es comprar lo que te suena, no necesariamente aquello que te apetece.
La paradoja es que muchos de esos libros hacen un trayecto muy concreto: del puesto a casa, y de casa a la estantería. Y allí se quedan. Impecables. Intactos. Como un objeto que dice “yo también estuve allí”. Porque quizás no leemos tanto como nos gustaría admitir, pero nos encanta formar parte del relato.
Nos gusta pensar que elegimos libremente lo que leemos, cuando a menudo solo elegimos entre lo que nos han puesto delante
Mientras tanto, hay libros que no cuentan con el foco, ni entrevistas, ni firmas multitudinarias. Libros que no han pasado por el filtro de los medios y que, por lo tanto, no existen mucho. No porque sean peores, sino porque no tienen altavoz. Y estos raramente acaban envueltos con una rosa.
Nos gusta pensar que elegimos libremente lo que leemos, cuando a menudo solo elegimos entre lo que nos han puesto delante. No hay ninguna conspiración, solo un sistema que funciona así: alguien decide lo que vale la pena destacar y el resto queda en silencio. Y quizás no pasa nada. O quizás sí. Quizás lo interesante sería perder un poco el tiempo entre puestos, alejarse de las pilas evidentes y coger un libro que no nos suena de nada. Uno que no ha salido en ningún sitio. Uno que no “toca”. Porque quizás la única manera de elegir lo que leemos es, precisamente, dejar de leer lo que toca.
Y si no, tampoco pasa nada. El año que viene volveremos a salir a la calle, volveremos a comprar el libro que toca, volveremos a repetir la foto y la misma historia. Y nosotros, encantados, porque hay una tranquilidad muy cómoda al no tener que decidir casi nada.