Mañana se estrena en el festival Serielizados La Ruta, una serie de ATRESPlayer que rememora uno de los mayores fenómenos sociales y culturales de las últimas décadas en nuestro país. Coincidiendo con la premiere de esta producción protagonizada por Àlex Monner, Claudia Salas, Ricardo Gómez, Elisabet Casanovas y Guillem Barbosa, nos adentramos en la (verdadera) historia de La Ruta del Bakalao.

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Una ruta de diseño

Setenta y dos horas seguidas de fiesta, tres días sin descanso, empalmando la salida de una discoteca con la entrada en la siguiente. Este era el escenario de cada fin de semana en la carretera del Saler, en Valencia, allí donde los fiesteros hacían la 'Ruta del Bakalao', como la bautizaron los media de los años noventa a lo largo y ancho de la piel de toro. A determinados medios de aquel momento como Primera Línea, Telecinco o Antena 3, les faltó tiempo para demonizar aquella devaluada escena de club que un día fue pura vanguardia. De hecho, tan solo una década antes, la de los ochenta.

Esta historia de modernidad, transgresión, hedonismo y excesos arranca a finales de los años setenta, cuando un grupo de jóvenes valencianos huyen del gris del tardofranquismo represor, a la luz de los primeros resquicios de la democracia en España. Jóvenes vinculados al entorno universitario y al mundo del diseño, el cómic, el teatro, la moda y, obviamente, de la música, siempre presente en la terreta. Hablamos de gente como el legendario Juan Santamaría, DJ pionero y disquero que encabezó la primera hornada de selectores musicales que iban a contracorriente, pinchando música diferente, música rara. Él fue el DJ residente, a finales de los setenta, de la descomunal discoteca Cap 3000 de Benidorm -con capacidad para tres mil almas danzantes-, de Oggi -donde iba lo mejor de cada casa, entonces- en Valencia ciudad y, a partir del año 79, de Metrópolis, también en la urbe, un prodigio de modernidad y glamur.

Cañeros y festers de parquineo. Foto: Facebook 'Ruta del Bakalao Valencia'

Es precisamente aquí cuando se manifiesta, en un primer momento, el empuje de la cultura underground valenciana, en los cuatro carteles de Metrópolis diseñados por Daniel Torres, claramente inspirados en la homónima obra maestra clásico del cine mudo, dirigido por Fritz Lang, Los carteles son viñetas de cómic, arte que representa uno de los motores principales de la cultura alternativa de la época, lo que se conocía por todas partes como el 'rollo'. Obras que recoge, entre centenares de otros autores, el extraordinario libro Ruta Gráfica. El Diseño del Sonido de Valencia (Barlín Libros, 2022), a cargo de los valencianos Moy Santana y Antonio J. Albertos, con prólogo del dibujante y diseñador Paco Roca. Un excelente y minucioso trabajo que compila imágenes y memorabilia de la escena clubbing de la terreta en los setenta, ochenta y noventa; con una calidad documental y de impresión extraordinaria. Sus 320 páginas son un tesoro y evidencian la enorme influencia y calidad del diseño y el arte en la potente imagen de esta vanguardista y pionera escena puntera europea. Allí encontramos la obra gráfica de artistas como Elisa Ayala, Paco Bascuñán, Quique Company, Sento Llobell, Ramón Marcos, Edu Marín, Pablo Mira, Paco Roca o Armando Silvestre, entre otros, que se encargaron de la imagen de los templos fiesteros valencianos como Barraca, Chocolate, Espiral, Spook, Puzzle, N.O.D o A.C.T.V. También un joven Mariscal, autor del diseño de carteles y de los taburetes del pub musical Dúplex -hoy piezas de coleccionismo-, el 1980, que podríamos señalar como el año cero de esta historia. En este local empezó a pinchar un joven a Fran Lenaers, figura revolucionaría en el mundo mundial del DJ. Pero no hay que correr, no nos adelantemos.

Los tiempos estaban cambiando

EStamos en el año 1980, el dictador hace rato que permanece momificado en la caja, bajo tierra, y la democracia se abre paso... Los colores impregnan las calles y las personas, y la modernidad les estalla en las narices. Un joven camarero de Barraca, una disco de veraneo de Sueca, se postula como DJ residente, dando el coñazo a diestro y siniestro, hasta que lo consigue. En unas pocas semanas dejará la pista en llamas y a los parroquianos boquiabiertos. Allí, Carlos Simó despacha un irresistible y fresco cóctel de post-punk, new wave y synth pop que destroza las caderas de los bailarines, un centenar de modernos valencianos que lo dan todo en la pista. Entre ellos están los diseñadores de moda Francis Montesions y Guayquemola, que no tardarán en presentar sus nuevas colecciones allí mismo. También lo harán en otras discotecas, como Chocolate, que está sólo a dos cientos metros de Barraca. Empieza la ruta, empieza la fiesta...

Puzzle, uno de los superclubs de la Ruta del Bakalao

Juan Santamaría y Carlos Simó han borrado, a golpe de hits, toda la caspa de los salones de baile que se han encontrado por el camino: espacios rancios con predominio de moqueta, tercipelo, mármol y espejos, camareros con americana blanca y corbatín, y clientes vestidos de pana y franela. Con respecto a la música, bastante disco hortera, 'pachanga', rumba y lentas. Aquí se baila separados, escucha, cada uno a su bola. Un cambio radical que no sólo afecta a la estética y la música, sino que cuestiona de raíz el modelo patriarcal y golpea el machismo y sus dinámicas de emparejamiento. Las mujeres toman su protagonismo y la democracia y la tolerancia se extienden por las pistas como una enorme balsa de aceite. La letra de Dylan se hace realidad a pasos de gigante: los tiempos están cambiando.

Nace la Ruta

Los años que siguen al 80 y hasta el 85, toma forma y empuje una de las escenas de club más fascinante y vanguardista -hay que ir repitiéndolo con orgullo y llama- repartida entre discotecas y salas de concierto legendarias. Son los años del boom de conciertos en la terreta, capitalizados por Pachá -entre la sala principal y la pequeña, el Garage- y por Isla, una discoteca con capacidad para miles de festers y cañeros, los clubbers que quieren más caña. Por allí pasará la créme de la créme de los artistas underground, y no tanto, del época: Depeche Mode, Soft Cell, Simple Minds, Siouxsie and The Banshees, Sisters of Mercy, Bauhaus, Anne Clark, Sad Lovers and Giants, Jonathan Richman, The Chameleons, Alien Sex Fiend o The Lords of The New Church. Mientras tanto, Juan Santamaria ha dejado de pinchar para despachar vinilos de importación en su tienda, Zig Zag, abierta el año 1983, la primera especializada en bacalao para DJs de todo el Estado. De hecho, es aquí donde se acuña la palabra bacalao, omnipresente en la escena desde entonces. Una década más tarde, a partir de 1993, los orígenes populares de este claim clubber será renombrado como bakalao por parte de los medios de comunicación más tendenciosos que cubren lo que ellos renombrarán como Ruta del Bakalao. Me esfuerzo por no correr..., pero es que esta historia va a toda pastilla.

A partir de 1993, los orígenes populares de este claim clubber será renombrado como bakalao por parte de los medios de comunicación más tendenciosos

De hecho, primero de mescalina y después de éxtasis, las pastillas circulan en abundancia en una ruta que los más atrevidos se hacen entera, del viernes al domingo, setenta y dos horas sin descanso, empalmando fiestas y jaranas. Si hay que comer ya lo harán en los mismos parkings de las discotecas, donde se cocinan paellas populares. Claro, es que estamos en Valencia, ché. Es el origen del parkineo, niño. Y es el escenario de los últimos ochenta, momento en que todo aquello estalla y se configura la escena de club más excitante y masiva del planeta.

La Ruta del Bakalao en pleno éxtasis

Musicalmente, la Ruta ha emprendido el vuelo gracias a la revolucionaria técnica de dos magos de las mezclas: Fran Lenaers y José Conca, los marcianos que han aterrizado en Spook Factory y Chocolate, respectivamente. Una mezcla de guitarras, pop, rock gótico, new beat, electro, house y proto-techno, se despliega por toda la ruta valenciana de clubs. Una Atlántida de la fiesta que los buitres mediáticos no tardarán en destripar, cubriendo en directo y en prime time todo aquel delirio. La Ruta del Bakalao pasa a las primeras páginas de las secciones de ocio y sociedad, a las pequeñas pantallas de TV que se plantan ante los padres horrorizados, que no entienden nada de nada. Mientras los hijos, abducidos por los cantos de las sirenas, hacen cola para comprar las entradas.

La Ruta ha emprendido el vuelo gracias a la revolucionaría técnica de dos magos de las mezclas: Fran Lenaers y José Conca, los marcianos que han aterrizado en Spook Factory y Chocolate

Con la escena desbordada y pasada de vueltas, masificada hasta el punto de no retorno, en 1993 entra en vigor la 'Ley Corcuera', que permite registros exprés en casos de sospecha de trasiego de drogas (y organización terrorista), que activa un continuo control policial en los alrededores de las discotecas, cuando no, en el propio parking de las mismas. Es el principio del fin. De la vanguardia se pasa al mundo bakala: jóvenes de estética pseudo skinhead y música bakalao de quinta generación toman las salas y las empujan al abismo. Ni rastro de los cañeros y festers, ni rastro de la música en directo. Se ha acabado la magia, se ha acabado la fiesta.

*Luis Costa es DJ y periodista, auto del libro ¡Bacalao! Historial oral de la música de baile en Valencia