Tal día como hoy del año 1442, hace 584 años, en Nápoles, las huestes del rey Alfonso el Magnánimo entraban en la ciudad y completaban la operación de conquista del Reino de Nápoles, que, de esta manera, se incorporaba al edificio político de la Corona catalanoaragonesa. El ejército del rey Alfonso estaba formado por las huestes privadas de las familias nobiliarias feudales más poderosas de Catalunya y del País Valencià, complementadas con mercenarios de la península italiana.
Las armas catalanovalencianas de Alfonso el Magnánimo ponían fin a 176 años de reinado de los Anjou (1266-1442), que habían usurpado el trono de Nápoles y Sicilia después del asesinato de Manfredo I de Sicilia, su rey legítimo (1266). Dos décadas después (1285), Pedro II de Catalunya-Aragón y Constanza Hohenstaufen (hija y heredera de Manfredo) habían liderado la recuperación de Sicilia, pero la parte continental de aquel dominio había permanecido en poder de los usurpadores Anjou.
La ideología de aquella operación sería la restauración de la legitimidad de los Hohenstaufen, en la persona de su descendiente Alfonso el Magnánimo. Pero, en realidad, aquella operación militar obedecía a diversos intereses: el control por el dominio de la mitad occidental del Mediterráneo, que se disputaban las Coronas catalanoaragonesa y francesa, y la supremacía sobre la península italiana, que dirimían los Visconti milaneses (aliados de los catalanoaragoneses) y los Sforza toscanos (aliados de los franceses).
La conquista catalana de Nápoles reforzó el liderazgo del trono de Barcelona en el mundo del Mediterráneo. En aquel momento, Nápoles —con 60.000 habitantes— se convertía en la segunda ciudad de la Corona catalanoaragonesa, solo superada por València capital (75.000 habitantes) y muy por delante de Barcelona o de Palermo, que censaban a unos 40.000 habitantes. Y provocó un importante desplazamiento y establecimiento de las clases mercantiles de Barcelona y de València en la capital partenopea.