Cargando...

Entrar en una librería o un bar, o incluso en un espacio como una plaza. Sentarse junto a una veintena de desconocidos, sacar un libro de la bolsa y pasar una hora sin decir prácticamente nada. No es una biblioteca ni un club de lectura. Tampoco una cita. Es una silent reading party, un encuentro en el que varias personas comparten espacio para leer, pero cada una por su cuenta. Una escena que hace unos años habría parecido extraña, ahora se repite en ciudades de todo el mundo.

El curioso fenómeno también ha llegado a Barcelona. De hecho, El Periódico explicaba el mes pasado que librerías como Backstory Bookshop ya organizan estos encuentros y que el grupo BCN Chat’n’Chapters se reúne en el Parc de l’Estació del Nord. El funcionamiento es sencillo: durante un primer rato, cada uno lee el libro que ha traído y, después, los participantes pueden conversar y conocerse.

Una idea de 2009 que rebrota

La idea no es exactamente nueva. Uno de los primeros precedentes documentados de las actuales silent reading parties nació en Seattle en 2009. El periodista y editor Christopher Frizzelle empezó a organizar encuentros de lectura en el Sorrento Hotel después de haber hecho pequeñas sesiones privadas con compañeros de trabajo. La primera convocatoria pública tuvo tanto éxito que el hotel le pidió que continuara organizándolas. Así lo explica el propio Frizzelle en la web de la iniciativa, que todavía hoy mantiene los encuentros.

El modelo se fue reproduciendo en otras ciudades. En 2016, por ejemplo, San Francisco ya celebraba su primera Silent Reading Party, después de que sus organizadores hubieran conocido el proyecto de Seattle. Un reportaje del San Francisco Chronicle explicaba entonces que decenas de personas se reunían durante una hora y media, cada una con su libro, mientras compartían silencio y una copa.

Lejos de las notificaciones y el scroll infinito

La idea de juntarse y leer sin hacer caso de las notificaciones no es nueva. Pero la dimensión que está adquiriendo sí. En una época marcada por las notificaciones, el scroll infinito y las pantallas, leer puede convertirse en una forma de desconexión y un refugio. Los encuentros ofrecen, además, una experiencia social sin las exigencias habituales de socializar.

En Barcelona, la creadora de BCN Chat’n’Chapters explicaba a El Periódico que descubrió el fenómeno a través de un artículo de The New York Times. Según relataba, la fórmula le pareció especialmente atractiva porque elimina una de las partes más incómodas de conocer gente nueva: la necesidad de romper el hielo. En lugar de buscar una conversación, los asistentes pueden simplemente sentarse y leer.

Y precisamente eso, es una de las claves del éxito. Una persona puede llegar sola, sentarse entre desconocidos y continuar inmersa en su propio libro. La lectura funciona como una especie de espacio compartido que permite estar con los demás sin la obligación de interactuar constantemente. El fenómeno también conecta con una necesidad más amplia de comunidad. Después de la pandemia, la soledad y la dificultad para establecer nuevos vínculos han ganado peso en el debate social. Las silent reading parties surgen como un equilibrio perfecto: no estar solo, pero tampoco hay que hablar.

Punto de encuentro 

Buena parte de esta tendencia también circula por las redes sociales. BookTok, la comunidad literaria de TikTok, ha convertido los libros en objetos de recomendación, conversación e identidad, y ha contribuido a darles una nueva visibilidad entre los jóvenes. Cada vez son más las personas que recomiendan libros o hacen reseñas de ellos. 

Todo ello se produce en un momento en que cada vez preocupa más la relación de los jóvenes con la lectura y su capacidad para mantener la atención durante periodos largos. Los últimos resultados del informe PISA, publicados esta semana, lo refuerzan: la competencia lectora ha caído 28 puntos de media en los países de la OCDE en la última década. En España, el retroceso es todavía más pronunciado: los alumnos de 15 años han obtenido 451 puntos en lectura, 23 menos que en 2022 y el peor resultado del país desde que se empezó a elaborar el informe —Estonia, el país con más puntos de la UE con 519, mientras que la media de la OCDE es de 461—.