Las redes sociales o, mejor dicho, las plataformas de contenido, han logrado algo fascinante: convertir frases sin ningún tipo de sentido en parte de nuestro vocabulario cotidiano. Expresiones absurdas, construcciones mal traducidas y palabras repetidas hasta la extenuación aparecen de la nada y, en cuestión de días, todo el mundo las dice como si hubieran existido toda la vida. Nadie sabe exactamente quién las inventa, pero internet las adopta a una velocidad espectacular. Primero las dice una influenciadora, después cuatro creadores famosillos de TikTok, y en una semana tienes a tu primo de Terrassa diciendo “icónico”, mientras pide una caña en el bar de la esquina.

El caso del “six-seven” ya es directamente patrimonio cultural de esta generación. Seis-siete. 6/7. Una expresión pronunciada con una solemnidad inexplicable para referirse a absolutamente nada concreto. “¿Qué tal?” “Bah, seis-siete.” ¿Perdón? ¿Seis-siete qué? ¿Notas? ¿Estado mental? ¿Porcentaje de batería? Nadie lo sabe, pero todo el mundo lo entiende. Y todavía hay quien finge entenderlo, lo que aún resulta más patético que la expresión en sí. Es el lenguaje convertido en meme, y los memes, hoy en día, tienen más fuerza que cualquier diccionario.

Pero lo peor no es esto. Lo peor son las traducciones literales del inglés que hemos aceptado sin oponer resistencia. “Luce un novio”. ¿Qué cojones significa “luce un novio”? ¿Desde cuándo los novios se lucen? ¿Es una pareja o un bolso de Louis Vuitton? Esta obsesión por traducir estructuras inglesas palabra por palabra está deformando la manera como hablamos. “Luce así”, “lleva un look”, “tiene energía de”, “es giving”. Parece que cada frase haya pasado por Google Translate y una reunión de marketing barato antes de llegar a nuestro cerebro.

Existe una especie de terror colectivo a hablar normal

Y el problema es que ya no solo lo dicen influenciadores adolescentes. Lo dice gente adulta. Gente que trabaja en la radio. Lo dicen presentadores de televisión. Lo escriben titulares de medios. El habla de internet ha dejado de ser un dialecto digital para convertirse en el lenguaje oficial de una generación que consume más contenido del que piensa. Repetimos expresiones porque las hemos oído mil veces, no porque tengan sentido. Pensar pensamientos y reflexionar reflexiones. Literalmente esto.

También existe una especie de terror colectivo a hablar normal. Parece que si no utilizas palabras recicladas de TikTok, quedes automáticamente fuera del algoritmo social. Todo es “random”, “surrealista”, “necesito”, “obsesionada”, “runner”, “plot-twist” y otras palabritas modernas, siempre sin ningún tipo de coherencia gramatical.

Las plataformas premian la repetición porque la repetición genera comunidad. Cuando millones de personas usan las mismas expresiones, hace que tengamos la sensación de formar parte de algo. Pero también existe un efecto secundario: acabamos hablando todos igual. Mismas frases, mismo tono, misma ironía impostada. Como si internet hubiera creado una única personalidad colectiva hecha de capturas de Instagram y vídeos de quince segundos.

Quizás por eso sorprenda tanto encontrar a alguien que todavía hable con naturalidad. Alguien que no diga “luce un novio”, sino “tiene novio”. Alguien que no necesita convertir cada frase en un meme. En una época en la que todo está pensado para viralizarse, expresarse con normalidad se ha convertido casi en un acto de rebeldía.