En verano siempre me pongo melancólico. Me pasa como en las fiestas navideñas, que nunca logro evitar mirar atrás. De pequeño ya lo pensaba, que las vacaciones de verano, igual que las de Navidad, estaban condenadas a ir perdiendo encanto. Daba lo mismo si hacía un cursillo de natación, si dormía 13 horas seguidas o si abusaba de cubatas en una discoteca, siempre pensaba: "Todo esto irá perdiendo su gracia".

Ahora, conseguir que la vida tenga gracia, pide más esfuerzo. Aun así, el único privilegio que añoro de aquel tiempo ya no es posible en ninguna época del año, ni para ningún segmento de edad, excepto quizás para algunos jubilados que no saben cómo funciona el móvil. De las vacaciones de verano lo que más me gustaba era la posibilidad de no hacer absolutamente nada. Ser sólo un cuerpo, vivir como un perro de casa buena. Aprovechar el buen tiempo para pacer como una vaca, era incluso mejor que tocar las tetas de una chica o enamorarse.

Hoy día da igual si pasas el día en la playa, en un pueblo de montaña o si te quedas ebcerrado en casa. El ambiente de casino te persigue a todas partes, y es casi tan difícil huir del ruído de la tecnología como de la propia sombra. Los estudios dicen que a duras penas podemos estar más de 10 minutos concentrados en una tarea sin que un estímulo digital nos interrumpa. También dicen que las mejores aplicaciones del negocio de internet explotan las pasiones que nos hacen más compulsivos y más vulnerables.

Twitter, Whatsapp, Telegramo, Facebook, Tinder, ¿las apps no podrían hacer vacaciones? En verano descubres que es más difícil dedicarse a no hacer nada, que leer con atención un libro. El mundo tecnológico está excesivamente pensado para satisfacer la vanidad de esas mujeres que presumen de poder hacer dos cosas al mismo tiempo. Sin un poco de quietud es imposible que la imaginación se desarrolle. La inteligencia pide reposo, aburrimiento y una digestión de lujo, lenta y pacífica.

Estos días pienso mucho en una semana que pasé en el Club Náutico de Masnou estudiando para un examen sobre la España del siglo XIX. Medio dormido por la combinación de sol y agua, repasaba pronunciamientos y constituciones. Siempre me gustó estudiar los exámenes de junio en la piscina, acompañado de las primeras carnes húmedas de la temporada. Entonces no sabía que a Francesc Pujol le gustaba pensar en la cama, ni que Balzac había teorizado sobre la vida ociosa y la elegancia.

A medida que pasaba el verano, los amigos que habían dejado de estudiar se reunían cerca de mi tumbona. El móvil no les sonaba cada cinco minutos y se generaba un ambiente de pueblo mexicano que era una delicia. La compañía silenciosa de los amigos, amenizada por los gritos de fondo que venían de la playa o la piscina, me ayudaba a desconectar del mundo y a pensar sin presiones, de la forma más libre y espontánea. Nunca caí en la pedantería de trabajar sin necesitarlo. Ni de estudiar como un loco para sacar buena nota

La digestión intelectual de aquellos veranos me blindó contra el miedo que genera la frustración y la soledad y desarrolló mi sentido crítico. Es difícil mantener una cierta independencia de criterio sin haber aprendido antes a estar tranquilo con los propios pensamientos. La preponderancia que la técnica ha cogido sobre la idea, tiene mucha relación con la manera compulsiva de como consumimos el tiempo a medida que se modernizan los móviles y los ordenadores. La decadencia de una sociedad es una inflación del método y del sentido práctico.

Cuando no hay tiempo ni serenidad para contemplar, la creatividad se muere porque sólo crees en lo que ves. Entonces piensas que exhibes grandes conocimientos cuando sólo recitas datos en un contexto cada vez más pobre y deshumanizado.

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