Aquisgrán (sede de la cancillería carolingia), febrero del 826. Reinaba Luis desde la muerte de su padre Carlomagno (814). Durante aquellos doce años de reinado de Luis, el paisaje político de la cancillería de Aquisgrán se había enturbiado notablemente. Se incubaba una guerra civil que, por la dimensión de los territorios que abarcaría, adquiriría la categoría de conflicto continental y que culminaría con el fraccionamiento del Imperio de Carlomagno (843). Pero antes ―entre el 826 y el 827―, los contendientes probarían las fuerzas en varios conflictos locales. El primero ―y más decisivo― estallaría en forma de guerra civil local en los condados catalanes, el territorio más meridional y más estratégico de los dominios carolingios. El resultado fue devastador: una gran superficie del país (la actual Catalunya central) tardaría siete décadas en recuperar los niveles demográficos y económicos anteriores al conflicto.

Coronación imperial de Carlomagno (800). Fuente Wikimedia Commons

Coronación imperial de Carlomagno (800) / Fuente: Wikimedia Commons

Los condes catalanes carolingios

Entre el 770 y el 801, la mitad norte de la actual Catalunya había estado progresivamente incorporada a los dominios de Carlomagno. A medida que avanzaba la ocupación carolingia, la cancillería de Aquisgrán creaba los condados (la unidad administrativa y militar característica del mundo franco) y nombraba a los condes (funcionarios imperiales). Y en este punto es donde arranca el conflicto civil catalán, el primero de la historia catalana y el origen de la desintegración de la Europa carolingia. En aquel proceso de nombramientos, Carlomagno había recompensado tanto a los hijos de las aristocracias carolingias, como a los nietos de las oligarquías originarias del Conventus Tarraconense (actuales Catalunya y mitad norte de País Valencià), descendientes del exilio en el reino de los francos durante la invasión árabe (714-721). Tanto los unos como los otros habían sido decisivos en la empresa de conquista.

Los dos partidos

Pero la comunión ideológica de aquellos dos grupos se disiparía en medida que la Marca de Gotia (actuales Languedoc y Catalunya Vella) consolidaba el espacio ganado. Las diferencias estallarían después de los repetidos fracasos en el intento de llegar al Ebro (entre el 804 y el 809) y los convertirían en dos partidos irreconciliables. A pesar de aquellos fracasos, los condes "palatinos" eran partidarios de mantener un estado de guerra permanente contra los árabes; mientras que los condes "autóctonos" preferían parar la empresa en el Llobregat y pactar una paz larga y estable que impulsara la economía y la demografía del territorio. En aquel contexto surgirían dos figuras destacadas. En el partido belicista, Gaucelmo ―primo segundo y missi dominici (representante itinerante) del emperador―. Y en el partido pacifista, Bera ―también primo segundo del emperador, conde de Barcelona y marqués de Gotia―.

Los condados catalano septimans en la centuria del 800. Font Viquipedia

Los condados catalano-septimanos en la centuria del 800 / Fuente: Wikimedia

La guerra "catalana"

Con estos elementos ―físicos e ideológicos― la guerra sólo era cuestión de tiempo. Gaucelmo ―conde de Rosselló y de Empúries― y su hermano Bernardo ―funcionarios desplazados, voluntariamente o a la fuerza, a los confines del imperio― representaban una clase militar ávida de gloria personal. Un cóctel necesariamente mortífero que sólo conocía la fuerza de las armas y el recurso del conflicto como el camino que los tenía que conducir al centro del poder. Gaucelmo y Bera ―los líderes respectivos de aquellos partidos confrontados― compartían origen: eran hijos de Guillermo, conde de Tolosa, primo hermano de Carlomagno, tío segundo de Luis y una de los líderes militares más destacados en la campaña carolingia catalana (770-801). Sin embargo, con la diferencia de que eran hijos de madres diferentes: Gaucelmo lo era de la franca Guitburga i Bera, de Cunegunda, un producto del exilio de la Tarraconense.

La guerra catalana y la guerra imperial

La guerra civil catalana estuvo precedida de una serie de conspiraciones ―urdidas por Gaucelmo y Bernardo― que desplazarían del poder el partido de Bera. El emperador Luis desterró a Bera (820) a Rouen (Normandía), y nombró a Bernardo como nuevo conde de Barcelona, Osona y Girona. Con Gaucelmo, conde del Rosselló, los "belicistas" pasaban a controlar la práctica totalidad del país. Y acto seguido se gestaría la Revuelta de Aysun, que estallaría seis años después (826). Aquella guerra que, aparentemente, tenía unos actores y unos motivos tan claros, sorprendentemente ocultaba un conflicto de gran alcance que, de forma silenciosa, ya se estaba librando en la corte carolingia. Los hijos de Ermengarda de Hesbaye (la primera esposa de Luis) y su hilera de partidarios: el partido francés; contra Judit de Baviera (la segunda esposa de Luis) y su nómina de adictos: el partido alemán.

Lluís el Pietòs i Judit de Baviera

Lluís el Pietòs i Judit de Baviera

El partido francés

La revuelta gótica encendió todas las alarmas en Aquisgrán. Los condados catalanes tenían un gran valor estratégico: eran la plataforma carolingia sobre la península Ibérica y eran, también, el recurrente pasillo árabe hacia el interior de Europa. Pero, también, puso en evidencia el alcance de aquella guerra cortesana que anticipaba la ruptura del Imperio. El emperador Luis ordenó reclutar a un gran ejército. Encomendó la empresa a su primogénito Pipino (entonces subrey de Aquitania) y a su primer ministro Vala de Corbie; el uno y el otro destacados miembros del partido francés. Pero, sorprendentemente, tardaron meses en reclutar a un ejército que, en circunstancias normales, habrían armado en cuestión de días. Aquella oscura maniobra, con todas las funestas consecuencias que se podían derivar, no tenía otro propósito que abandonar a Bernardo a su suerte.

El partido alemán

La arriesgada apuesta "francesa" se entiende cuando se sabe que Bernardo no era un cualquiera en el ambiente cortesano de Aquisgrán. Sus frecuentes y conspirativas visitas a la corte y su posicionamiento interesadamente en el lado de Judit de Baviera (la segunda esposa de Luis), es decir, del "partido alemán", lo habían puesto en boca de las lenguas más afiladas: lo acusaban de tener una relación extramarital con la emperatriz, que habría dado como resultado el nacimiento del príncipe Carlos, el benjamín de Luis. Los tres hijos de la difunta Ermengarda y toda la hilera de partidarios que orbitaban a su alrededor, se oponían a que Luis incorporara al pequeño Carlos al testamento. Pero este sólo era el pretexto oficial. El combustible que alimentaba aquel conflicto era el protagonismo político de Judit de Baviera, que había marginado del poder a los hijos de la difunta Ermengarda.

Mapa del Imperio carolingio en tiempo de Carlomagno (801 814). Fuente Instituto de Estudios Catalanes

Mapa del Imperio carolingio en tiempo de Carlomagno (801 814) / Fuente: Institut d'Estudis Catalans

La crisis catalana se extiende como una mancha de aceite

En aquella guerra todo el mundo se hizo daño. La crisis catalana, que Bernardo resolvería sin ayudas (827), lejos de rebajar la tensión que se respiraba por todo el Imperio, se extendería como una mancha de aceite, que afectaría de lleno a la corte carolingia. El emperador Luis no perdonó la oscura maniobra de su heredero, que había antepuesto sus intereses a la seguridad imperial, y lo marginaría, todavía más, del poder. En cambio, Bernardo rentabilizaría su victoria ―su particular carnicería― y conseguiría acercarse, todavía más, a Judit; que lo nombraría tutor del pequeño Carlos ―un cargo que, por una cuestión de equilibrios políticos, le correspondía a Pipino, el hermanastro mayor―. En definitiva, dos maniobras correlativas que desequilibrarían la balanza a favor del partido "alemán"; y que encenderían la mecha del conflicto armado: la primera guerra civil carolingia (830-831).

La guerra civil franca y el fin del imperio carolingio

En aquel escenario bélico, con el emperador Luis prisionero de sus hijos ―los del primer matrimonio― y con toda la aristocracia militar "francesa" camino de Aquisgrán; Judit, aterrada, dejó caer a Bernardo. La paz comportaría un difícil equilibrio que se rompería, de nuevo, el 840, y que culminaría con la fragmentación del imperio carolingio. Carlos, que ya no era pequeño, contra pronóstico se convertiría en el primer rey de Francia (el tercio occidental del extinto imperio carolingio). Bernardo acabaría decapitado, paradójicamente, por orden de Carlos; y en su lugar, el nuevo rey francés, reveladoramente, situaría a la familia "autóctona" Bellónida, fundadores de la estirpe que gobernaría Catalunya durante cinco siglos. Los condados catalanes tardarían siete décadas en recuperarse de los estragos de la revuelta. Pero Europa tardaría siete siglos en recuperar la unidad de la época de Carlomagno.

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