Cuando la transgresión era una reafirmación colectiva y aún no todo estaba inventado, Madonna se incrustó en el imaginario cultural como una salvadora con solera. Fue el primer puñetero Delacroix de carne y hueso, la pura libertad salvando al pueblo y la más icónica artista internacional de nuestro tiempo, amada por su descaro; la auténtica mesías de un mundo machista y represor que ella sabía que empezaba a hacer aguas. La leyenda absoluta se ratificó con creces en un Palau Sant Jordi lleno hasta los cimientos y con un público tirando a la cuarentena alucinado por estar viendo a una de las estrellas más transcendentales de la historia de la música. Era la sexta vez que la americana visitaba Barcelona pero cuando se anunció The Celebration Tour ya se sabía que se avecinaba un repaso celestial de proporciones bíblicas. Fue un hito equiparable al paso fugaz del Cometa Halley y ella cogió las riendas del firmamento, se lo puso en los hombros e hizo lo que mejor sabe hacer: ser Madonna. 

En el instante en que su figura empezó a vislumbrarse se paró el tiempo, y el público olvidó las largas acumulaciones y los más de 80 minutos de retraso bajo la mítica de que todo lo bueno se hace esperar. La canción Celebration dio el acertado pistoletazo de salida a un concierto hiper estimulante hecho para el recuerdo y que honra las cuatro décadas de la artista en los escenarios. De los ochenta a nuestra actualidad, el espectáculo se movió en un travelling artístico sin pausas que por momentos remitía a una ilusión de flashback constante: Everybody, Into the groove, Holiday o Open your heart se convirtieron en un maravilloso prólogo nostálgico, pero la auténtica chulería llegó con Like the prayer y su recreación performativa en forma de encapuchados y crucifijos. La canción es un manifiesto de feminidad pop antirracista que le costó a la diva numerosas críticas y que cuya polémica, lejos de achantarla, solo la hizo más fuerte. Allí se forjó la Madonna que traspasaría fronteras y provocaciones, alentada para liderar el escándalo y remover los cimientos del status quo. Allí la leyenda se volvió piedra.

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"Barcelona! Oh god, it's good to be here. I love this city!” (Barcelona! Oh, dios, es maravilloso estar aquí. ¡Amo esta ciudad!), dijo Madonna en inglés, porque su castellano sucks. "Esta es la historia de mi vida", añadió; "esta soy yo". Erotica, Fever, Human Nature, Survive o Don't tell me, todo fueron temas conocidísimos repensados para homenajear a la referente suprema de todas las que la han seguido. Es imposible ver a cualquier artista femenina contemporánea y no pensar en Madonna porque con Madonna empezó todo. Todo lo que hagan Britney Spears, Beyoncé o Lady Gaga, ella lo hizo antes. La reina del pop se creó a sí misma en la vanguardia, siempre un paso por delante, el fuego en los ojos, la bravuconería de no bajarse del burro frente a la injusticia, precursora en sacarle los colores al público y pionera en denunciar el privilegio del poder. Se quejaba cuando quejarse era para las histéricas. Sexualizaba voluntariamente su imagen antes que la industria la prostituyera, avanzada al neoliberalismo sexual y a la tercera ola feminista. Hasta el Papa Juan Pablo II insistió para que Italia rechazase su música y al monarca de dios le salió el tiro por la culata: no hay portavoz en la tierra capaz de hacerle frente a la mamma del mundo entero.

Es imposible ver a cualquier artista femenina contemporánea y no pensar en Madonna porque con Madonna empezó todo

El festival de 8800 señales luminosas, ritmos rimbombantes y sonidos disco no tuvo parón en dos horas y las décadas se fueron paseando intercaladas con una puesta en escena maravillosa, ecléctica y rebosante. Hung up contó con un extra de emoción con Tokischa en diferido, hubo un piano de cola, tres rings de boxeo, pantallas laterales intermitentes y una ficticia comida de coño en pleno baile con orgasmo incluído. La reina del pop ya no domina el escenario con su jovialidad frenética pero lo somete a los encantos de la madurez, consciente que sigue irradiando esa energía celestial que la hace inigualable. Una corte de 24 bailarines variopintos dinamizó el escenario pero ella fue la maestra titiritera que aparecía y desaparecía como por arte de magia, abriendo el baúl de los recuerdos con 17 cambios de vestuario en una defensa perfecta de su forma de ver la música y su camaleónica capacidad de adaptación. Porque eso es lo que hace grande a la artista femenina que más discos ha vendido en todo el planeta: reinventarse o morir.

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Y por ese afán de evolucionar con los tiempos compartió el momento con cuatro de sus hijos en una estructura escénica a tres niveles inspirada en la tarta musical de la icónica actuación que brindó en los VMA, complementada con un espectáculo de imágenes adaptadas al mensaje y la época de cada tema; también con fotos de personajes como Sined O'Connor, Martin Luther King, Simone de Beauvoir, Frida Kahlo o David Bowie, que en vida se hicieron un hueco en los márgenes. Todo sabía a nuevo y añejo todo el rato, una mezcla de sabores que casaron a la perfección con un nombre propio que ni el bótox ni los arreglos pueden cambiar. El concierto se convirtió en la fiesta de la libertad más apabullante para una comunidad LGTBIQ que siempre ha encontrado en la de Michigan una espalda en la que llorar y celebrar. El recinto del Sant Jordi volvió a ser un espacio seguro y un canto a la diversidad, representada no solo por un público maravillosamente heterogéneo sino por un alegato contra la guerra que ojalá hicieran los que mandan. "Quiere a tu vecino como te quieres a ti; solo podemos sobrevivir juntos", dijo, con un what the fuck redundante. 

Todo sabía a nuevo y añejo todo el rato, una mezcla de sabores que casaron a la perfección con un nombre propio que ni el bótox ni los arreglos pueden cambiar

Llegando al final la euforia colectiva que se irradiaba era tal que apenas importaba lo que viniera. Pero la auténtica e imperativa matriarca decidió protagonizar la clausura con Rain, un medley entre Like a virgin y Billie Jean para festejar al rey del pop y un Bitch I’m Madonna que resumió perfectamente todo lo ocurrido, el epíteto perfecto. El huracán Madonna de repente se esfumó bajo tierra y el ambiente quedó contento y satisfecho pero enrarecido, a sabiendas de haber visto su esplendor quizás por última vez. Si uno sabe lo que ha significado Madonna para la música, no puede reprocharle nada. Pero es que si conoce lo que ha significado para las mujeres y los maricones, ya se puede meter la lengua en el bolsillo. 
 

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