Principat de Catalunya, 29 de mayo de 1610. Hace 408 años. Entraba en vigor el edicto general de expulsión de la minoría morisca, firmado por el rey hispánico Felipe III en Valladolid (Castilla) el 17 de abril de 1609. Aquella medida afectaba en Catalunya a un colectivo de 6.000 personas, casi el 2% de la población del país, concentradas básicamente en los valles bajos de los ríos Segre y Ebro —la Catalunya Nova—, sobre el territorio de las actuales comarcas del Segrià, la Ribera d'Ebre y el Baix Ebre. La expulsión de los moriscos, que en los países de la Corona de Aragón afectó a 190.000 personas (el 20% de la población) y en los de la Corona de Castilla, a otras 100.000 (el 4% de la población), se convertiría en una tragedia humana, cultural y económica solo comparable a la expulsión de los judíos (1492) y al intento de exterminio del pueblo gitano (1751); fenómenos que explican, en buena medida, la ideología constructiva del proyecto político hispánico.

¿De dónde procedían los moriscos catalanes?

Antes de entrar en materia hay que deshacer un falso mito que asocia a la minoría morisca con la población de origen árabe y magrebí que llegó a la Península en los siglos de dominación islámica. Los tagarinos —los moriscos catalanes— eran descendientes de la población iberorromana que, durante los primeros siglos de dominación árabe, entre las centurias del 700 y el 1000, se había convertido al islam. Al-Idrisi, un viajero y cartógrafo andalusí que vivió en la centuria del 1000 y que dibujó uno de los primeros mapamundis de la historia, dejaría constancia documental de que la población de Turtuxa (Tortosa) y de Lareda (Lleida), entonces bajo dominio islámico, era casi toda de religión musulmana; sin embargo, a diferencia de lo que pasaba en Balansiya (València) o en Granata (Granada) era, también casi en su totalidad, de origen autóctono, es decir, iberorromano. Eran los tagarinos, los iberorromanos musulmanes, los de la tagri ('frontera', en árabe).

¿Por qué se habían islamizado los tagarinos?

Esta cuestión ha generado una fuerte controversia. Sabemos que el cristianismo era, a principios del 700, la religión oficial del estado visigótico, heredero político de las provincias romanas de Hispania, y era, también, la confesión mayoritaria de sus sociedades urbanas. En cambio, en el mundo rural persistían con fuerza las religiones ancestrales. Cuando se produjo la invasión árabe (a principios de la centuria del 700), las oligarquías militares y latifundistas de los valles del Segre y del Ebro, de raíz iberorromana y de religión cristiana, se convirtieron, de forma entusiástica, al islam con el único propósito de mantener su status. Destaca, por ejemplo, el caso de la familia zaragozana Cassius o de la leridana Lobo, oportunamente convertidos en Banu Qasi e Ibn-llop, respectivamente. Y sabemos que la presencia de árabes y de bereberes en la frontera superior de Al-Andalus fue mínima y limitada a responsabilidades de gobierno. Por lo tanto, solo con estos elementos, no se explica el paisaje que nos dibuja Al-Idrisi.

Representación coetánea del embarque de los tagarinos (1610) / Blog Quina la fem

¿Por qué se produjo una islamización masiva?

En este punto sabemos que el islam llegó a la Península cuando la Iglesia ya se había convertido en un puntal del poder, social, político y económico. Ejercía el poder terrenal en la misma medida en que lo hacían los otros puntales del régimen señorial. La Iglesia, a través de las fundaciones monásticas, por ejemplo, se había convertido en una verdadera fuerza patrimonial que ejercía el dominio sobre importantes masas de población agraria empobrecida. Una nueva corriente historiográfica, que tiene mucha aceptación en el mundo académico, postula que el islam se presentó como una fuerza social, política y religiosa innovadora, igualitaria y, sobre todo, liberadora; lo que dice muy poco de la Iglesia —de sus dirigentes, no de la institución— en aquellos primeros siglos de evangelización y que explicaría por qué el islam triunfó en los territorios más poblados de la Península, que era, también, donde las desigualdades estaban más marcadas: los valles del Ebro y del Segre.

La primera expulsión

Turtuxa y Lareda (Tortosa y Lleida) eran las dos grandes ciudades de la zona oriental de la frontera superior del poder islámico. Lo fueron hasta los años 1148-1149, cuando Ramon Berenguer IV, conde de Barcelona y príncipe de Aragón, las incorporó definitivamente al edificio político, social, cultural y económico catalán. Algunas investigaciones estiman que concentraban una población de 8.000 a 10.000 habitantes, el doble del censo de Barcelona o de Girona. Un dato que no nos tiene que resultar extraño, dado que el modelo de poblamiento árabe se basaba en la concentración urbana —lo que el historiador Pierre Vilar denominaba "modelo oasis". En cambio, es un detalle muy revelador que explica la evolución futura de aquella comunidad. Las fuentes nos revelan que la mayoría de los pobladores musulmanes de aquella Catalunya Nova emprendieron el camino del exilio. Básicamente hacia los dominios islámicos del País Valencià y del bajo Aragón, y en menor medida hacia Granada.

Representación coetánea del embarque de los tagarinos en el puerto de Vinaròs / Wikimedia Commons

Minorización y dispersión

Pero una minoría, difícil de cuantificar, quedó fijada en los nuevos dominios condales de Barcelona, en manos de la nobleza feudal o de las órdenes religiosas, actores que habían tenido un papel relevante en aquella campaña militar. La minorización y la dispersión obedecía a un plan más orientado a la explotación que a la asimilación. Durante siglos, hasta los bautizos masivos de 1530, los tagarinos fueron obligados a pagar la práctica de su fe con unas condiciones sociales y jurídicas que los situaba al límite de la esclavitud y que, curiosamente, los equiparaba con los campesinos de remensa cristianos de la Catalunya Vella. El régimen político y el modelo económico catalanes de la baja Edad Media, que impulsaron a la Corona de Aragón —la confederación catalanoaragonesa— a ser el estado más poderoso del sur de Europa, descansaban en buena parte sobre la brutal explotación económica y jurídica del campesinado de remensa de la Catalunya Vella y del campesinado de morería de la Catalunya Nova.

Mestizaje

Un estudio de la profesora Núria Sales, de la Universidad Pompeu Fabra, revela que en 1610 el 50% de la comunidad tagarí se concentraba en cuatro poblaciones: Ascó y Benissanet (Ribera d'Ebre), y Seròs y Aitona (Segrià). El censo de 6.000 personas sujetas al orden de expulsión estaba, sin embargo, notablemente reducido en relación con los siglos anteriores a causa del mestizaje que se había producido con la población cristiana vieja. Y otro estudio de la profesora Dolors Bramon, de la Universidad de Barcelona, explica que el hecho diferencial entre los moriscos catalanes y los moriscos hispánicos era especialmente relevante en la asimilación que se había producido por efecto de este mestizaje. La encuesta realizada por la Inquisición con el propósito de crear un censo de expulsables revela que el grado de mestizaje era del 100% en Flix, del 82% en Tivissa y del 79% a Móra d'Ebre. Serían precisamente estas poblaciones las que sufrirían en menor medida los efectos de la expulsión.

Representación coetánea. Práctica de la lucha libre en la playa de Vinaròs, esperando el embarque / Blog Quina la fem

El hecho diferencial de los tagarinos

Los tagarinos no habían hablado nunca el árabe ni el tamazight. Al-Idrisi, en la centuria del 1000, documentaba que en Turtuxa y enLareda, a diferencia de lo que pasaba en Balansiya (València) o en Saraqusta (Zaragoza), no había oído a nadie hablar en árabe. Posiblemente, los tagarinos de Al-Idrisi hablaban una evolución del latín vulgar local que, si existió —no hay ningún testimonio documental—, desapareció totalmente con la incorporación de Tortosa y Lleida y sus territorios al mundo catalán. El origen cultural, la minorización, la dispersión y el mestizaje, los hechos diferenciales de los moriscos catalanes respetos a los hispánicos, serían definitivos. Las fuentes historiográficas —la encuesta de la Inquisición previa a la expulsión de 1610— confirman que el catalán era la lengua de los tagarinos. Y, a diferencia de los moriscos valencianos, castellanos o granadinos, se vestían, comían y bebían como los cristianos viejos, y celebraban, cuando menos socialmente, la liturgia y los sacramentos cristianos.

La segunda expulsión

Pero la Inquisición, la auténtica policía política del régimen hispánico, trazó el "corte de gracia" entre los mestizados y los no mestizados. Los tagarinos que pudieron certificar un ascendiente masculino cristiano viejo en algún nivel de su árbol genealógico pudieron salvarse. Pero los que no pudieron hacerlo fueron víctimas de una brutal y espantosa expulsión perpetrada por los Tercios de Castilla. Se los desahució de sus casas y de sus tierras. Agrupados y custodiados como delincuentes, fueron conducidos, en unas condiciones infrahumanas, al puerto de Els Alfacs, en el hemidelta sur, y embarcados con destino a la posesión militar hispánica de Orán (Argelia). No existen cifras concretas, pero todas las investigaciones estiman que una parte muy importante no sobrevivió al viaje. Las fuentes también revelan que los militares hispánicos que tripulaban las naves en muchos casos los robaron, los asesinaron, los lanzaron al mar o los abandonaron a la deriva una vez los habían saqueado.

Desembarque de los tagarinos en Orán / Wikimedia Commons

"La peor barbaridad de la historia del hombre"

Los tagarinos que sobrevivieron al viaje y a los bandoleros bereberes que los asaltaron y asesinaron en las playas de Orán acabarían rehaciendo su vida en el norte de África y se convertirían en un referente social y cultural que revolucionaría las técnicas agrícolas y constructivas de la región. La historia de los tagarinos en particular y de los moriscos en general pone de manifiesto lo que en su momento el cardenal Richelieu, hombre de Iglesia y ministro plenipotenciario de Francia, definió como "la peor barbaridad de la historia del hombre". Los tagarinos fueron las víctimas propiciatorias, el chivo expiatorio, de una gran operación de depuración de la pretendida diferencia orquestada por una monarquía y unas oligarquías hispánicas inmersas en una crisis económica colosal. Y fueron perseguidos como la peor amenaza al orden establecido, lo que significa al poder instituido, y a la cohesión social, lo que significa a las políticas de encuadre y de unificación de la sociedad.

 

Imagen principal: Representación moderna de la expulsión. Gabriel Puig (1894) / Museu de Belles Arts de Castelló

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