Cuando se habla de thrillers de los 90 se suele ser demasiado genérico y, también, demasiado reduccionista. Está el thriller tópico de los 90, lleno de psicópatas que se confundían entre ellos que protagonizaban películas de títulos intercambiables. Después estaba el buen thriller de los 90, que es aquel que sabía adentrarse en los miedos domésticos, reflexionar sobre el horror y mostrar aquellos elementos que distorsionan nuestra percepción de la realidad. A este último apartado pertenece Innato, la nueva serie española estrenada en Netflix. Se mira al espejo, efectivamente, en aquellas intrigas basadas en la disrupción de las zonas de confort, pero lo mejor que tiene es que lo hace con rigor, con atmósfera y con una excelente construcción de personajes. Sus creadores, Fran Carballal y Enrique Lojo, podrían haberse limitado a reproducir el patrón tradicional del género uniendo sus estrellas en un mismo juego de efectismos y giros narrativos, y nadie se lo habría reprochado. Pero no: los ocho episodios de la serie son un modélico crescendo de suspense que explora con persistencia la psicología de los personajes y dosifica sus sorpresas con inteligencia. Sin revelar de más, un buen ejemplo es su final, en el que la revelación que pone luz a la oscuridad resulta tan lógica como imprevisible
Innato, pues, parte de un esquema que apela a aquellos thrillers de los 90 que nos metían el miedo en el cuerpo con la idea de que el pasado siempre acaba resurgiendo y que nuestra vida perfecta siempre es una conjunción de fragilidades. Es lo que le pasa a Sara, una psicóloga con un matrimonio aparentemente perfecto y un hijo adolescente. Todo cambia cuando su padre, un asesino en serie conocido en su día como el asesino del gasoil, sale de la cárcel tras cumplir una condena de 25 años. Ella no quiere verle, ni quiere que tenga nada que ver con su familia, pero los traumas reviven cuando comienzan a producirse una sucesión de crímenes que replican los de su padre.

Virtudes de la serie
Entre las virtudes de la serie Innato está que esta tensión padre-hija se trabaja en dos planos narrativos diferentes. Lo que decíamos: sería muy fácil hacerlos colisionar en el segundo episodio para captar la atención del espectador poco exigente, pero la serie se empeña en profundizar en sus personalidades con una obstinación loable. Eso hace que la inmersión en las fracturas emocionales sea particularmente efectiva, gracias a un guion que nunca da nada por sobreentendido y a dos intérpretes, Elena Anaya e Imanol Arias, que sacan petróleo de sus personajes. Luego está la radiografía, cuidada y turbia, de algunos de los grandes temas del género, como el cierre de las heridas familiares, el impacto de un crimen en una comunidad o la posibilidad de que el Mal sea de transmisión genética. Todo ello convierte Innato en una grata sorpresa en un momento en que los thrillers, como pasó en los 90, se parecen demasiado los unos a los otros.