Josep Maria Ràfols había escuchado del monje cartujano de Montalegre Paul Melis —un antiguo soldado que había desembarcado en Normandía— la confidencia que el obispo de Barcelona en el momento de estallar la Guerra Civil se había refugiado en el monasterio de Farneta. Muchos años después, el periodista e historiador descubrió que era una confusión con el cardenal Francesc d'Asís Vidal i Barraquer, arzobispo de Tarragona. Pero cuando lo supo, la curiosidad por el destino del prelado navarro Manuel Irurita Almandoz se había convertido en una obsesión. Otro monje (y también historiador), Hilari Raguer, fue una pieza clave para escribir La increïble història del bisbe Irurita (Editorial Base), que aporta luz sobre uno de los misterios más persistentes de nuestra historia reciente.

Irurita, nacido el año 1875, fue nombrado obispo de Barcelona en las postrimerías de la dictadura de Primo de Rivera, proveniente de la diócesis de Lleida. Antiguo canónigo de València, aprende catalán y se expresa en esta lengua, pero enseguida manifiesta una notable oposición al catalanismo, que había tenido en la Iglesia uno de los elementos de oposición a la dictadura. Profundamente conservador y desconocedor de la realidad de Barcelona, se rodea de carlistas y recibe con hostilidad el nuevo régimen republicano y, a diferencia de Vidal i Barraquer, mantiene una actitud beligerante contra las nuevas autoridades. En este sentido, el conciliador y catalanista cardenal catalán lo tiene que obligar a enviar curas para cantar los responsos al difunto president de la Generalitat, Francesc Macià. Ràfols, que se ha sumergido durante cuatro años en una extensa bibliografía, archivos, testimonios orales y documentación inédita, no se priva de considerarlo "la persona equivocada para el momento más complicado".

Huyendo de palacio con un guardapolvos y ocultado por la familia Tort

Después del golpe de los militares africanistas que desembocó en la Guerra Civil y la consecuente revolución social de tintes anticlericales que se desarrolló en el territorio que había quedado bajo control republicano, el obispo, que sin estar al corriente del complot se había mostrado favorable a la intervención armada para tumbar la II República, corrió peligro. Confiado en una rápida victoria de los militares, rechazó la ayuda que le ofrecieron para irse al extranjero —como en aquel momento se creía— y, finalmente, tuvo que acabar huyendo del Palacio Episcopal vestido con una guardapolvo y una gorra, justo cuando estaba a punto de ser asaltado.

Escondido por la familia del joyero Antoni Tort junto con su secretario y sobrino Marcos Goñi, el 1 de diciembre el escondite es descubierto durante un registro de las patrullas de control, en el que son detenidos Tort, su hermano, Goñi e Irurita, que sin ser reconocido se identifica como sacerdote vasco. Hasta aquí la historia es plenamente aceptada. Pero mientras la historia oficial establecida por el nacionalcatolicismo es que el obispo fue encerrado en la Checa de Sant Elies y fusilado la noche del 3 al 4 de diciembre de 1936 en la tapia del cementerio de Montada, Ràfols ha podido confirmar y recorrer una peripecia anteriormente apuntada por varios autores de entre el montón de rumores, leyendas e historias no verificadas (como la que apuntaba que había sido salvado y protegido por Durruti).

Intercambios frustrados y un final trágico

En este sentido, el autor de La increïble història del bisbe Irurita documenta como Irurita, bajo la identidad del sacerdote Manuel Luis Pérez (también llamado Manuel de Luis), consiguió salvar la vida a cambio de un cuantioso botín. A partir de aquí, el obispo escondido pasa por varias prisiones, mientras el ministro Manuel de Irujo, católico del PNV, intenta organizar un intercambio de prisioneros con las autoridades franquistas. Hasta cinco intentos frustrados —uno de ellos con el dirigente de UDC Manuel Carrasco i Formiguera— permiten intuir en Ràfols que Franco prefería un Irurita mártir que no un obispo escondido mientras mataban a sus curas y salvado por los "rojos" e intercambiado por una personalidad política en su poder.

Así, aunque durante toda la contienda las autoridades de uno y otro bando y el Vaticano lo tendrán por vivo, al acabar la guerra se establecerá como verdad que Irurita fue fusilado en 1936. Cuando se encuentren tres cuerpos correspondientes a los hermanos Tort y una tercera persona, se decidirá que este era el cuerpo del obispo mártir —a pesar de las objeciones de la prima del prelado sobre la dentadura del cadáver—, al cual por orden de Franco se le rendiría funeral con honores de general y sería sepultado en la capilla del Sant Crist de Lepanto.

El obispo Irurita y su sobrino, Marcos Goñi, durante el tiempo que estuvieron ocultos en casa de la familia Tort / Antoni Pérez Moya

En este sentido, Ràfols ofrece en su libro una primicia descubierta entre la documentación de los servicios de espionaje del marqués de Rebalso, jefe policial barcelonés con una extensa red de informadores infiltrados en el exilio republicano. Según uno de estos informadores, que se habría ganado la confianza de los principales líderes anarquistas, Irurita habría sido asesinado el año 1939 entre la Seu d'Urgell y Andorra, por dos militantes del Sindicato de la Alimentación que conseguirían marcharse a América. Incluso uno de ellos, aprovecharía la estancia en México de un ingeniero pariente lejano de Irurita para confesarle que había matado a su tío. Uno de los cadáveres localizados en el término de Aravell i Bellestar entre el 30 de enero y el 2 de febrero de 1939 sería el del malogrado religioso, a el que según algunos testigos aseguraron haber visto salir de su antiguo palacio el 28 de enero. Testigos a los cuales Irurita habría pedido silencio, por miedo a comprometerlo, mientras muchos todavía esperaban verlo aparecer a la primera misa de campaña celebrada después de la entrada de las tropas franquistas en Barcelona.

Acontecimientos sorprendentes como este, que ahora parecen ligar —aunque falta saber qué pasó en estos dos o cinco días entre trágicos—, han hecho que hasta ahora el proceso de beatificación de Irurita haya quedado atascado. Cuando menos, y a falta de la documentación de Sant Elies, hecha desaparecer misteriosamente por los ocupantes franquistas, el libro de Josep Maria Ràfols parece aportar toda la luz hasta ahora posible al misterio.

 

Foto principal: El cardenal Francesc d'A. Vidal i Barraquer, el president de la Generalitat Francesc Macià y el obispo de Barcelona, Manuel Irurita. Fuente: Biblioteca del Pabellón de la República. Universitat de Barcelona