El Museo de las Tierras del Ebro rememora con una exposición monográfica el papel de los voluntarios venidos de todo el mundo para combatir el fascismo. 'L'Ebre. Darrer escenari de les brigades internacionals', que se inaugura este viernes por la noche, es la primera muestra monográfica que profundiza en este episodio, justo cuando se celebran los 80 años de la retirada de los voluntarios.

La exposición se organiza en ocho ámbitos diferentes con textos y fotografías. "Nos hemos centrado, en dar una visión amplia porque no todo el mundo tiene conocimiento del tema", subraya David Tormo, coordinador técnico de la exposición. Destacan también objetos inéditos de la guerra civil y un gran mural con todos los nombres de los brigadistas internacionales que tomaron parte de la batalla.

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Las Tierras del Ebro fue el último gran escenario bélico en la cual participaron las brigadas internacionales justo antes de que el gobierno de la República decidiera disolverlas en su intento, infructuoso, de desactivar el apoyo activo de la Alemania nazi y la Italia fascista al ejército de Franco. Se unieron más de 35.000 hombres, de 53 nacionalidades, principalmente franceses, pero también polacos, italianos, ingleses o norteamericanos.

La batalla del Ebro acabó convirtiéndose en el escenario final para miles de combatientes que, de forma voluntaria, llegaron de todo el mundo para sumarse y dar la vida en la lucha contra el fascismo a lo largo de la guerra civil. La exposición explica qué movía a los brigadistas para venir a luchar en un conflicto que, aparentemente, les era ajeno. El contexto de la Europa de entreguerras y la crisis económica de los años treinta explica, en parte, el fenómeno. "Estaba la sensación que el mundo tenía que cambiar, que tienen que pasar cosas, mucha gente joven con conciencia social y que entiende que podían jugar un papel por provocar el cambio", argumenta Tormo.

El último combate

En el Ebro, a partir del 25 de julio de 1938, los brigadistas tcombatieron en un auténtico combate de desgaste contra las tropas fascistas, que prolongaron la contraofensiva con el objetivo de aniquilar a los combatientes republicanos. Los 115 días de combates, que la convirtieron en la batalla más larga y sangrando del conflicto, acabó suponiendo la pérdida del mejor ejército de la República y la mayoría del armamento más moderno, según recuerdan los historiadores.

Brigadistas internacionales participaron en las dos operaciones de distracción, al norte y al sur, destinadas a fijar sobre el terreno las divisiones franquistas que defendían aquellas zonas, mientras que el grueso de la ofensiva se concentraba en el centro. El ataque principal se llevó a término entre Faió y Benifallet, con tres ejes de penetración entre Riba-roja d'Ebre y Flix, entre Flix y Móra d'Ebre, y entre Móra d'Ebre y Miravet. La operación, inicialmente, fue un éxito y las tropas republicanas avanzaron rápidamente.

Tomaron parte las brigadas XIII, la XIV y la XV, aunque también participaron, con menor incidencia, la XI y la XII. La bibliografía cifra entre 3.000 y 3.500 a los voluntarios que lucharon en el Ebro, entre los cuales muchos extranjeros, pero también catalanes y españoles. El intento fracasado de Juan Negrín de forzar la retirada de los apoyos alemán e italiano del éxito franquista con la disolución de las brigadas culminó el 23 de septiembre de 1938.

A partir de esta fecha, la mayoría se concentraron en el Bajo Priorat, concretamente en las poblaciones de Marçà, Falset, Pradell, Gratallops, Capçanes o la Torre de Fontaubella. Entre el 16 y el 17 de octubre, cerca de la estación de tren de Pradell, a la Torre de Fontaubella, tuvo lugar un desfile de los brigadistas. En este acto, el mismo presidente del gobierno de la República prometió la nacionalidad española a todos los brigadistas que habían participado a la guerra, promesa que no se cumplió hasta más de 50 años más tarde.

Un desfile militar en Barcelona el 28 de octubre, a la cual acudieron más de 300.000 personas para agradecerles su compromiso, se convirtió en el acto final de despido de los voluntarios que habían venido a luchar contra el fascismo. En febrero de 1939, derrotados cruzaron la frontera para acabar en los campos de concentración franceses, como el resto de refugiados republicanos. La lucha continuó en casa, en los campos de concentración o en los frentes de la segunda guerra mundial.

La exposición destapa historias olvidadas

Sólo los brigadistas originarios de países democráticos pudieron ser repatriados inmediatamente al acabar la guerra. En cambio más de 5.000 alemanes, polacos y yugoslavos, entre otros, estuvieron retenidos en la frontera. Muchos de ellos, decidieron retornar al frente y seguir luchando por la República hasta el final de la guerra encuadrados en el ejército regular. Este es uno de los puntos más poco conocidos de su historia. A pesar de existir "mucha obra escrita e investigación" sobre su papel bélico, Tormo recuerda que todavía hay que profundizar en el epílogo, la parte más compleja, que supusieron la odisea final de muchos de estos luchadores antifascistas que dieron la vida por una causa en un territorio extranjero en el momento de volver a su país.

"Hay historias humanas muy diversas y vinculadas a la situación política en su país de origen. Tenemos aquellos que devolvieron a las democracias consolidadas, como los Estados Unidos, pero venían marcados por el estigma de luchar en defensa del comunismo. Los que volvieron a la Unión Soviética traían el estigma de estar contaminados por ideologías ajenas al comunismo estalinista y sufrieron purgas", subraya. "En medio tenemos este abanico, incluyendo los que no pudieron volver a casa: en la Alemania nazi y la Italia fascista", concluye Tormo.

 

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