Si has llegado hasta aquí es porque tú también estás harto de la expresión “en plan”. Si la dices, si la has empezado a escuchar demasiado o si, simplemente, no la soportas, estás en el artículo indicado. Demasiado a menudo, demasiado repetida, demasiado presente en cualquier conversación, sea de quien sea… Hay un momento en el que deja de pasar desapercibida y empieza a hacer ruido. Un ruido extraño, porque no es una palabra nueva ni especialmente expresiva, pero aparece en todas partes, como si sin esta nueva expresión no pudiéramos terminar ninguna frase.

La gracia —o la desgracia— es que no la decimos porque sí. “En plan” nos soluciona muchas cosas a la vez. Nos sirve para ganar tiempo mientras pensamos qué queremos decir, para suavizar un mensaje, para no comprometernos del todo con una afirmación y, sobre todo, para sonar más naturales, más espontáneos, más de conversación informal y mucho más guays. Tiene ese aire de comodidad que engancha. El cerebro encuentra en ella un recurso fácil y eficiente y, una vez lo tiene, lo reutiliza sin cesar. Y así es como pasamos de decirlo puntualmente a colarlo, casi sin darnos cuenta, cada dos frases.

El problema es que esta comodidad tiene un efecto secundario bastante claro: empobrece el discurso. “En plan” muchas veces no aporta ningún significado real. Hace de relleno, de muletilla; es esa palabra que ponemos mientras decidimos qué queremos decir de verdad. Y eso hace que lo que decimos pierda fuerza y precisión. No es lo mismo decir “estaba muy enfadado” que decir “estaba, en plan, muy enfadado”. La segunda opción no matiza nada, no añade ninguna información, simplemente alarga la frase y la hace más difusa.

Además, es una expresión que sirve para todo. Y cuando una palabra sirve para todo, suele querer decir que no sirve para nada en concreto. La podemos utilizar para introducir ejemplos, para describir actitudes, para explicar situaciones o bien para llenar silencios. Es un comodín perfecto, sí, pero también es sintomático: dejamos de lado alternativas mucho más precisas. Porque alternativas la lengua tiene, ¡y muchas! Lo que pasa es que “en plan” nos lo pone tan fácil que dejamos de buscarlas.

Cuando una palabra sirve para todo, suele querer decir que no sirve para nada en concreto

La buena noticia es que desintoxicarnos es posible. El primer paso es darte cuenta de que lo dices, porque la mayor parte de las veces sale de forma automática. Una vez lo detectas, puedes empezar a hacer algo muy simple: intentar quitarlo. Sin sustituirlo por nada. Y verás que, en muchos casos, la frase funciona igual… ¡o mejor! En otras ocasiones, si lo que deseas es ser más preciso, puedes recurrir a alternativas como “como”, “un poco”, “básicamente” o reformular directamente la frase para que diga exactamente lo que quieres decir.

También va bien reconciliarse con el silencio. A menudo decimos “en plan” porque necesitamos unos segundos para pensar. Pues… coge esos segundos y guarda silencio. No pasa nada. Es mucho más efectivo hacer una pausa que llenarla con una palabra vacía. Hablar bien no es hablar sin cesar, sino decir las cosas con intención.

No se trata de demonizar la expresión ni de dejar de usarla por completo (o sí). Supongo que forma parte de la lengua coloquial y, en su contexto, puede tener sentido, pero una cosa es usarla puntualmente y otra es convertirla en una muletilla constante. La diferencia, como casi siempre, está en la conciencia.

Porque quizás no sea necesario ir diciendo “en plan” todo el rato. Porque quizás, en plan, de hecho, en plan, cuando dejas de decirlo, en plan, quizás incluso, en plan, te explicas mucho mejor, en plan, es decir, y como resumen, que se te entiende mucho mejor.