Tienes 16 años y eres un/a adolescente con cierta tendencia a sentirse atraído por aquello que sale de la norma, aunque los límites de esta norma, por más que no lo sepas, sólo existen dentro de tu cerebro, que hoy por hoy está bastante ajetreado produciendo testosterona o estrógenos. Entonces, tu profesor de literatura te habla de David Foster Wallace –o de DFW, que dicho así todavía mola más–, escritor, novelista, ensayista, personaje depresivo pero divertido, autor de La broma infinita (título más nihilista de la historia y recurso recurrente de periodistas poco originales con ganas de escribir titulares todavía menos originales) y genio incomprendido con tendencias suicidas. Además, te pone el vídeo del discurso de graduación que recitó en la Universidad de Kenyon, This is Water; y, además, te explica que poco después se colgó en su casa, prueba irrefutable que la fenelzina no es la cura de todos los males mentales. Cortocircuito. Ya no hay marcha atrás. Te podría haber pasado con Ian Curtis o con Kurt Cobain, pero el escogido es Foster Wallace: no eres especial, a partir de ahora te obsesionarás con la obra de un romántico punki.

Si en 2008 no hubiera decidido poner fin a su vida, este domingo Foster Wallace hubiera celebrado su 59.º aniversario. El autor californiano ya no está, pero su obra, encabezada por La broma infinita, La escoba del sistema –en catalán, publicada por Periscopi– o El rey pálido y varios ensayos conocidísimos, sigue más viva que nunca. Cínico, irónico, mordaz, divertido, talentoso e imaginativo; DFW se llevó centenares de elogios y ahora, después de releerlo, conviene preguntarse si eran merecidos y, sobre todo, si vale la pena adentrarse en su universo. Para responder esta pregunta, contamos con la opinión de Míriam Cano, escritora e instructora del seminario sobre La broma infinita de la Escola Bloom; Maria Rovira (Oye Sherman), guionista, humorista y alumna del curso; Toni Ferron propietario de la librería Foster & Wallace de Vic; y Joan Ferrús, guionista, escritor y humorista.

Míriam Cano

"En primer lugar, hay que leer DFW porque es un autor muy divertido. En contra de este tipo fama de difícil o rudo que tiene, es un escritor que domina la ironía y el sarcasmo como nadie. Lleva el experimento literario, tanto en la forma como en el fondo de aquello que explica, a unos niveles que habíamos visto muy pocas veces, y que después tampoco hemos visto mucho. También añadiría que tiene una visión del mundo muy particular. Muchas veces se acerca mucho en las cosas para acabar extrayendo verdades universales, hecho que me parece interesantísimo. Pero sobre todo hay que leer a DFW porque, en contra de lo que la leyenda sobre su suicidio pueda haber generado –escritor desencantado y nihilista–, es un humanista de raíz, un humanista que precisamente lo que hace es detectar los peligros de la sociedad posmoderna y llenar sus novelas, cuentos y textos con avisos de incendio. Pero sobre todo, hay que leerlo porque tiene la convicción de que el ser humano es capaz de pensar por él mismo, de controlar la manera como piensa las cosas.

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DFW es alguien que tiene una confianza absoluta en el pensamiento como herramienta de poder personal. Ha advertido en muchas ocasiones a través de su literatura de los peligros de lo que es psicótico y de los psicópatas de la sociedad actual. A través de una pátina él dibujó, antes de que existieran, personajes como Donald Trump. Es un escritor que hay que recuperar, que hay que leer y que habría que traducir más al catalán. Estaría muy bien que aparte de los cuentos, de los artículos de L'aigua és això y de L'escombra del sistema –todos traducidos por Ferran Ràfols– tuviéramos La broma infinita traducida en catalán."

Oye Sherman

"Considero que hay que leer DFW para aprovechar la maravillosa coincidencia que esta persona haya existido, que haya puesto su prodigio al servicio de la creación literaria. Afiladísimo y tierno. Un arquitecto de catedrales con pasión desaforada por los detalles. La ingenuidad como opción consciente del genio".

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Toni Ferron

"DFW se fijaba en muchas cosas y creaba vínculos, hacía trabajar el lector. Si tienes ganas de descubrir cosas nuevas, leerlo es muy emocionante. Trabajaba la cultura popular y a la vez era muy erudito, podía hablar de Fiódor Dostoievski y de Mickey Mouse. Ahora ya estamos acostumbrados, pero hace 10 o 15 años era algo superinnovador".

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Joan Ferrús

"DFW es para mí uno de los escritores cómicos definitivos en el sentido que recoge buena parte de las manifestaciones dispersas de la tradición humorística, y las conjuga para poner de manifiesto que el humor es un lenguaje en sí mismo. Y además un lenguaje lo bastante complejo como para explicar y cuestionar el mundo y la existencia humana. DFW alaba la comicidad austera y trágica de los relatos humorísticos de Kafka porque no hay chistes de pedos y eructos, ni juegos de palabras, ni equívocos sexuales, ni críticas a las instituciones, ni cuestionamiento de las costumbres, ni observaciones agudas del comportamiento humano, ni autohumillación, ni metajuegos literarios posmodernos... Pero la ironía es que todo eso, y mucho más, lo encontramos precisamente en la obra de DFW, que dispone de un conocimiento enciclopédico de los tipos, recursos y géneros de comedia (slapstick, sátira, stand-up, koans zen, sit-coms, epigramas, etc.) Para él todos son esenciales y a todos les profesa un amor incondicional. Porque el humor es transgredir tabúes pero también reafirmar tópicos. El humor es escarnio y es amor, es poder y es un juego, es ingenio, es estúpido y es absurdo. Y es gracias a entenderlo de forma omnicomprensiva, que DFW puede articular el humor como un lenguaje tan rico.

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DFW criticó duramente la ironía, aunque la ironía es, irónicamente, la figura humorística más determinante en su obra. Porque aquello que él rechaza es la ironía entendida como una actitud cínica, elitista y falta de empatía con que ridiculizar a alguien, que él veía en las entrevistas de David Letterman o los reality shows del MTV. Eso lo llevó a concebir la nueva sentimentalidad, una corriente artística y cultural que propugnaba el retorno de la empatía y el emocionalidad. Pero la ironía de DFW no es la del cinismo, sino la de la paradoja. O sea, la figura retórica que sugiere la negación de aquello mismo que está declarando. Que es y que no es a la vez. Que se ríe y, por lo tanto, cuestiona las premisas que ella misma enuncia. Y es por lo tanto la ironía aquello que permite a la escritura de DFW de afirmarse, moralmente y epistemológicamente, en un movimiento de contradicción perpetuo que sobrevuela el nihilismo consustancial a la postmodernidad. Mientras otros autores se enfangan en este vacío, o hacen ver que lo ignoran entreteniéndose con artificios formales puramente estéticos, DFW lo asume plenamente y además se atreve a escribir con pasión de emociones y verdades, interpeladas y ablandadas por la ironía, pero emociones y verdades a fin de cuentas."

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