Washington, 18 de agosto de 1812. Hace 214 años. El gobierno de Estados Unidos, presidido por James Madison (del Partido Republicano, entonces formado, básicamente, por los veteranos de la Guerra de la Independencia), declaraba la guerra a Gran Bretaña, la antigua metrópoli colonial de los norteamericanos. Europa estaba inmersa en las llamadas guerras napoleónicas (1804-1814/15) y Gran Bretaña había concentrado todos sus esfuerzos en los campos de batalla del Viejo Continente, por ese motivo el gabinete del presidente James Madison y del vicepresidente George Clinton —ambos padres de la patria— habría considerado que era el momento oportuno para conquistar y anexionar las colonias que los británicos conservaban en Norteamérica: el Alto Canadá y el Quebec.
La guerra angloamericana
Aquel conflicto fue llamado guerra angloamericana (1812-1815) y, aunque se saldó con un empate (ni el gobierno de Washington conseguiría ensanchar sus fronteras hacia el norte, ni el de Londres lograría detener la vocación expansiva —la amenaza expansiva, podríamos decir— de sus antiguos colonos), tendría un gran impacto y un enorme significado para la sociedad norteamericana de la época. Aquella guerra era el primer conflicto armado de carácter internacional que libraba Estados Unidos desde su Guerra de la Independencia (1775-1783), y el conjunto de su clase política (tanto los republicanos como los demócratas) lo presentarían como el nacimiento del espíritu de unidad nacional.
¿Por qué nacimiento del espíritu de unidad nacional?
Durante la Guerra de la Independencia (1775-1783), los padres de la patria y el conjunto de la sociedad de las Trece Colonias habían estado inmersos en un debate entre los dos modelos de arquitectura política que se proponían: el confederal (los futuros estados de la Unión se reconocían la categoría de sujeto político y, libre y unilateralmente, podían decidir la incorporación o el abandono del proyecto) y el federal (el compromiso perpetuo al proyecto que se escenificaba con la cesión de una parte de la soberanía de cada uno de los futuros estados a un poder central, que coordinaría y gobernaría la Unión). Este debate se prolongaría hasta la promulgación de la Constitución (1787), considerada el hito que marca el verdadero nacimiento de Estados Unidos.
Una guerra para cohesionar la sociedad norteamericana
Pero, pasado un cuarto de siglo largo (inicios del siglo XIX), el sentimiento identitario de aquellas sociedades no se había unificado. Los habitantes de Nueva York, o de Massachusetts o de Virginia, por citar tres ejemplos, no se identificaban con la Unión (con la República de Estados Unidos), sino con su estado, que lo contemplaban como su verdadera patria: la evolución histórica (política, económica, jurídica, cultural, confesional y territorial) de la antigua colonia. Y los dirigentes de la Unión —sobre todo los llamados padres de la patria—, lejos de contemplarlo como una fortaleza, lo verían como una amenaza que delataba una hipotética debilidad de la República y, sobre todo, que limitaba su proyección territorial.
El primer paso para convertir Estados Unidos en una potencia
La fabricación de guerras —la fabricación de un enemigo externo que amenaza la supervivencia de la nación y la libertad de su comunidad nacional— ha sido un instrumento que los poderes han utilizado, de forma recurrente y en el transcurso de la historia, para cohesionar las sociedades. En tiempos de crisis, cuando una sociedad pone en cuestión el poder establecido o el modelo de arquitectura del Estado, o en tiempos de esperanza, en el proceso de construcción de un nuevo Estado. El Destino Manifiesto, que explica que los norteamericanos son la nación escogida por Dios para expandir la civilización y la libertad por todo el continente, aún no había sido formulado (1844). Por lo tanto, la guerra angloamericana sería un primer paso en el camino para convertir a Estados Unidos en una potencia: la cohesión de su sociedad.
¿Por qué el personaje Uncle Sam?
El Congreso declaró la guerra esquivando la disposición de la Constitución que prohibía reclutar a milicias para combatir fuera de las fronteras de Estados Unidos. Y esto, más allá de la estrategia, obligaba al gobierno a buscar, promover y divulgar complicidades; es decir, iniciativas particulares surgidas de la sociedad civil que se alinearan con su política. En este contexto, aparece el personaje Uncle Sam, que representaría la reunión del gobierno y de la sociedad alrededor de una misma idea. Más adelante —durante la I Guerra Mundial (1917)—, el publicista James Montgomery crearía su imagen y la representaría como un hombre con pelo y barba blancos, que revelan la experiencia de la madurez, y con un gesto enérgico que proyecta una gran determinación.
Pero ¿cuál es el origen del personaje Uncle Sam?
Según la tradición, el personaje —no la imagen, creada posteriormente— se corresponde con un particular, llamado Samuel Wilson —de Troy (estado de Nueva York)—, que fue proveedor del ejército de Estados Unidos en la guerra angloamericana (1812-1815). Según la misma tradición, Wilson estibó un cargamento en dirección al frente de guerra, formado por paquetes (según la tradición, raciones de carne), que etiquetó con las iniciales U.S., acrónimo de United States. Pero la tradición hace aparecer en aquel escenario un soldado de la mítica Milicia de Nueva York —la que, reveladoramente, tenía un sentimiento de identidad propia más marcado— que diría que aquellas iniciales, en realidad, significaban Uncle Sam (de Samuel Wilson). Se había fabricado un mito.
