"¿Habéis pensado alguna vez en la muerte?" La pregunta hace saltar todas las alarmas, también la propia. Como si la voz cuestionadora fuera ajena y hubiera irrumpido de profundidades desconocidas. De un día para otro, Barbie ve aparecer rendijas en su vida perfecta: ya sea en forma de reflexiones existenciales, ya sea en forma de pies planos y celulitis en los muslos, ya sea en forma de leche caducada y agua de la ducha matinal bien fría. "¿Habéis pensado alguna vez en la muerte?", suelta la protagonista, rompiendo la paz social en Barbieland, el mundo colorista, concretamente de color rosa, donde viven todas las versiones de la muñeca (más allá de cuerpos y color de piel, la diversidad incluye a la Barbie embarazada o la que va en silla de ruedas), y todos los Kens, y que le ha valido 8 nominaciones a los Premios Oscar. Un soleado paraíso de fantasía donde ellas cortan el bacalao, gobiernan, ganan Premios Nobel y ocupan las doce sillas del Tribunal Supremo, mientras ellos son simples accesorios que a duras penas recuerdan su nombre sin sufrir un ictus.

 

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Pronto sabremos que la aparente desconexión de Barbie tiene que ver con la niña desencantada que, en el mundo real, ha perdido la fe en la muñeca. Y nuestra heroína tendrá que viajar hasta California para solucionar su funcionamiento defectuoso. Lo hará acompañada (sin querer) de su Ken, tan alelado como inseguro, tan burro como ingenuo. La pareja aterriza en Santa Mónica como Paco Martínez Soria y José Luis López Vázquez llegaban a la Costa del Sol en El turismo es un gran invento. Peces fuera del agua, en un mundo, el real, el nuestro, en el que, oh sorpresa, es el patriarcado el que marca las normas.

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Barbie y Ken no entienden absolutamente nada. Sin embargo, si él se encuentra reconfortado con lo que se encuentra, a ella le explota la cabeza: y más cuando, convencida de que es una figura inspiradora, se da cuenta de que algunas adolescentes del siglo XXI la odian e, incluso, la califican de fascista. Conviene no explicar mucho más de un argumento ingenioso y sorprendente, mordaz y delirante, que juega a buscar el equilibrio entre su potente discurso político y feminista y su parte más superficial y cómica (y rosa). También, y desde el primer minuto, se empeña en poner el foco en las contradicciones que el icónico juguete ha soportado desde su aparición en el mercado.

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En cada ola histórica del feminismo, la muñeca de Mattel ha pasado, alternativamente, de buen ejemplo de empoderamiento (el claim del producto decía a las niñas que podían ser lo que quisieran ser, rompiendo las convenciones de las muñecas de la época, bebés que alimentaban las fantasías infantiles hacia la maternidad) a ser estigmatizada por su hipersexualización, la loa al consumismo que representa y las consecuencias de establecer estándares de belleza nada realistas que podían afectar a las niñas que jugaban con ella. La misma presión, todo sea dicho, de la que participan las siempre perfectas estrellas de Hollywood.

Conviene no explicar mucho más de un argumento ingenioso y sorprendente, mordaz y delirante, que juega a buscar el equilibrio entre su potente discurso político y feminista y su parte más superficial y cómica

Dos de ellas, Margot Robbie y Ryan Gosling, se convierten en revolución y colleja, participando con su carisma y su infinito talento de la befa que propone el inteligentísimo guion parido por la también directora Greta Gerwig y Noah Baumbach. Toda una sacudida a aquello que se resiste a ser desempolvado, todo un alegato que invita a la deconstrucción de los cuentos de hadas, también del mismo Hollywood (¿qué es, la Meca del Cine, si no?) y a la extinción de los comportamientos y de las masculinidades tóxicas.

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A la hora de repartir estopa, la película también se ríe de quien paga la fiesta: la peripecia de la protagonista la lleva hasta las entrañas de la compañía Mattel, con un consejo de administración formado por señoros y/o cuñados, encabezado por el siempre genial Will Ferrell, obcecado en encerrar a Barbie dentro de una caja para evitar que la plácida normalidad peligre. La comicidad de la sátira corporativa es tan divertida como el prólogo que remite a 2001: Una odisea del espacio, como la alusión a la Liga de la Justicia de Zack Snyder, como los ejemplos de mansplaining de los Kens (sensacional el momento Godfather) o como la nota de la directora que escuchamos explicándonos que Margot Robbie no es, probablemente, la mejor elección de una actriz que interprete a un personaje que afirma sentirse fea. Son solo algunos ejemplos de la colección de chistes y gags afortunadísimos, que elevan la comicidad del filme de forma sorprendente.

Con la gracia de La LEGO película, el encanto de Toy Story y el espíritu de El Mago de Oz o de Los paraguas de Cherburg (por aquello de sus coloristas números musicales), y visualmente abrumadora, Barbie apuesta por la subversión, para reivindicar que la perfección femenina es un absurdo, y por la bofetada al patriarcado y a la misoginia. Y nos invita a una deliciosa y delirante fiesta pop. ¡Come on, Barbie, let's go party!