Hay obras que se entienden y obras que se atraviesan. L’autora, de Ella Hickson, pertenece claramente al segundo grupo. La propuesta que ha llegado al Teatre Lliure de Gràcia bajo la dirección de Anna Serrano Gatell no busca acomodar al espectador ni regalarle una lectura amable; al contrario, lo hace entrar en un territorio incómodo, lleno de fricciones, cambios de registro e interrogantes. Cuando se encienden las luces al final, lo que queda no es tanto una conclusión como una sensación física de rumor interior, de desasosiego, de haber pasado por algo que todavía se está intentando ordenar.

Desde el primer momento, la obra impone un estado de desconcierto calculado. El público entra en la sala mientras el escenario parece todavía en proceso de transformación, y esta idea de construcción permanente se mantiene durante toda la función. Hickson plantea un juego metateatral que habla del propio teatro, de los mecanismos de poder que lo atraviesan y, sobre todo, de quién tiene derecho a contar historias y desde qué mirada lo hace.

Mirada masculina y relaciones de poder

La pieza pivota alrededor de una autora joven que choca frontalmente con una industria cultural que percibe paternalista, comercial y profundamente condicionada por la mirada masculina. Pero L'autora no se limita a exponer un discurso feminista más o menos reconocible: lo tensiona, lo fragmenta y lo convierte también en materia escénica. La obra avanza a trompicones, casi como si cada escena cuestionara la forma de la anterior. Esto genera una sensación constante de inestabilidad que puede desorientar, pero que acaba convirtiéndose en una de las grandes virtudes del montaje.

Marta Mas Girones

En este terreno de relaciones tensionadas, hay un momento especialmente incómodo en que la obra desplaza el foco hacia las dinámicas de poder en el ámbito íntimo. Dos escenas sexuales, una heterosexual y otra entre mujeres, funcionan casi como un espejo deformante: lo que en un caso se percibe como abuso, en el otro reaparece bajo otra forma, pero con la misma lógica de dominación. Sin subrayarlo de manera explícita, la pieza deja una idea inquietante: el poder no desaparece por el simple cambio de género o de escenario, y a menudo se reproduce incluso desde el lugar de quien lo ha sufrido.

Anna Serrano entiende perfectamente esta naturaleza cambiante del texto y construye una puesta en escena viva, inquieta y muy consciente de su artificio. Aquí no hay voluntad de esconder los mecanismos teatrales: los cambios escénicos son visibles, los códigos se rompen continuamente y los personajes parecen discutir no solo entre ellos, sino también con la misma obra que habitan.

Encaje y lugar propio

En este ecosistema fragmentado, Nausicaa Bonnín sostiene buena parte del peso emocional de la función con una interpretación magnética y vulnerable a la vez. Es combativa, herida, lúcida y contradictoria. Hay una rabia evidente en el personaje, pero también una profunda sensación de no pertenecer a ningún lugar, de buscar un espacio propio dentro de unas estructuras que lo acaban absorbiendo o reformulando constantemente. Es probablemente aquí donde la obra conecta con más fuerza: en esta incomodidad íntima que trasciende el debate teórico.

Marta Mas Girones

El reparto, completado por Ravina Raventós, Javier Beltrán y David Selvas, acompaña con precisión una dramaturgia que exige saltos continuos de tono y registro. También destacan el espacio escénico de Judit Colomer, la iluminación de Marc Salicrú y el trabajo sonoro, que contribuyen a crear esta atmósfera extraña, casi hipnótica, que atraviesa toda la función.

L'autora no es una obra redonda ni cómoda, y probablemente tampoco pretende serlo. Tiene momentos excesivos, fragmentos deliberadamente caóticos y decisiones que dejan más preguntas que respuestas. Pero es precisamente en este embrollo emocional donde encuentra su fuerza. El montaje no pide ser consumido pasivamente, sino experimentado. Y en un panorama teatral a menudo demasiado pendiente del impacto inmediato o de la corrección formal, esta voluntad de sacudir al espectador ya es, por sí sola, una pequeña victoria.