Compartimos paredes, techos y ascensores, pero cada vez menos momentos. En las escaleras de los edificios, la convivencia se mueve entre saludos breves y silencios cómodos —o incómodos—, con conversaciones que raramente van más allá de un “qué frío hace hoy”. La vida en comunidad persiste, pero a menudo se queda en la superficie, como si la proximidad física no acabara de traducirse en relaciones reales.

Esta es una de las conclusiones principales de la Encuesta de Convivencia y Relaciones Vecinales de 2024, elaborada por el Institut Metròpoli con el apoyo del Área Metropolitana de Barcelona. El estudio dibuja un escenario en el que la cordialidad se mantiene, pero los vínculos entre vecinos son cada vez más débiles y esporádicos.

"Hola y adiós"

Según los datos, dos de cada tres residentes se limitan a saludarse, y menos de la mitad mantienen conversaciones breves. Las relaciones cotidianas, pues, existen pero con poca profundidad, hecho que evidencia una transformación en la manera como se vive la proximidad urbana.

Los conflictos tampoco desaparecen. La encuesta indica que un 9,6% de la población del área metropolitana ha tenido alguna desavenencia con sus vecinos en el último año. El ruido es, con diferencia, el principal motivo de disputa, presente en casi la mitad de los casos (46,1%). A continuación aparecen las discusiones (14,7%) y los problemas relacionados con la limpieza o el mantenimiento de los espacios comunes (11,6%).

A pesar de estas tensiones, la mayoría de los conflictos se resuelven sin intervención externa: en tres de cada cuatro casos, son los mismos vecinos quienes gestionan la situación de manera informal. Este hecho apunta a una convivencia funcional, pero no necesariamente a una relación estrecha.

Uno de los factores que explican esta distancia es la dificultad para consolidar raíces en un mismo lugar. Según apunta la responsable del estudio, Marta Murrià, la creciente presencia de pisos turísticos y las dificultades de acceso a la vivienda hacen que muchas personas no se establezcan durante mucho tiempo en un mismo barrio. Esta movilidad constante dificulta la creación de lazos duraderos.

Diferencias entre personas de diferentes edades

Los datos también muestran diferencias claras según el perfil de la población. Las personas mayores de 45 años y con vivienda en propiedad son las que mantienen más relación con sus vecinos. En cambio, los vínculos son mucho más débiles entre otros colectivos: solo un 16% de los residentes se hacen favores entre ellos, y tan solo un 4% se visitan.

En este contexto, la soledad emerge como un elemento preocupante. Un 35% de la población afirma haberse sentido sola o excluida en algún momento, y uno de cada diez lo experimenta a menudo. Contrariamente a lo que se podría pensar, los más afectados no son los mayores, sino los jóvenes de entre 16 y 29 años, así como personas nacidas en el extranjero que han perdido parte de su red social.

La soledad también presenta una dimensión de género: las mujeres declaran sentirse solas en una proporción casi doble que los hombres. Paralelamente, la participación en actividades asociativas es más baja en las grandes ciudades que en municipios pequeños, hecho que contribuye a la debilidad de los vínculos comunitarios.

Aun así, un 21% de los residentes asegura haberse movilizado con otros vecinos para resolver problemas del barrio en los últimos años. Un dato que sugiere que, a pesar de la distancia creciente, todavía persiste un cierto espíritu colectivo latente.