Que tu paso como CEO deje más que cifras: deje sentido
- Edgar González
- Barcelona. Sábado, 3 de enero de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 2 minutos
Hay un momento en la trayectoria de todo CEO en que las cifras dejan de ser suficientes. Puedes haber cumplido objetivos, superado expectativas y cerrado trimestres históricos… pero, cuando el ruido se apaga y estás a solas contigo mismo, siempre aparece una pregunta que pesa más que cualquier balance: ¿para qué lo estás haciendo.
El propósito no es un eslogan. No es una frase inspiradora en la web corporativa ni un claim de marketing. El propósito es aquel hilo interno que te tira cuando ya no te quedan fuerzas, la brújula que apunta hacia el norte, incluso cuando la tormenta lo confunde todo. El propósito es la voz que te recuerda quién eres cuando el cargo te ha hecho olvidarlo.
En la altura simbólica del despacho del CEO, el aire es fino y a menudo solitario. Las decisiones no solo son decisiones: son renuncias, son aperturas, son riesgos emocionales. Y es entonces cuando las cifras —por muy contundentes que sean— no abrazan, no consuelan, no guían. La rentabilidad no cura el cansancio de alma. El propósito, sí.
Muchos CEO confiesan en privado una misma sensación: haber conseguido lo que querían… y descubrir que eso no les llena. Es el vértigo de la cima: la sensación de que en lo más alto también hace frío. Cuando la motivación inicial se ha disuelto y ya no basta con crecer, innovar o competir, emerge una verdad incómoda: el liderazgo sin propósito es un edificio sólido por fuera, pero vacío por dentro.
El propósito es la voz que te recuerda quién eres cuando el cargo te ha hecho olvidarlo. La brújula que apunta hacia el norte cuando la tormenta lo confunde todo
Liderar con propósito no es convertirse en gurú ni en referente espiritual. Es algo más simple y más difícil: alinear resultados con sentido, estrategia con valores, impacto económico con impacto humano. Es atreverse a hacerse la pregunta que muchos evitan: ¿Qué huella quiero dejar en esta organización y en las personas que la forman?
El propósito de un CEO no se delega. Se vive. No se puede pedir a la organización que crea en una causa si el primero que no cree en ella es quien la dirige. Las cifras son consecuencia; el propósito, origen. Cuando el propósito es claro, la cultura respira, la innovación se atreve y el talento permanece. Cuando no lo es, todo se tambalea con la primera sacudida.
A la larga, nadie recuerda solo tu cargo. Recuerdan cómo les hiciste sentir, qué defendiste cuando era difícil, qué batallas libraste, aunque no salieran en los informes trimestrales. Recuerdan si hiciste más que liderar: si inspiraste.
Quizás el reto no es conseguir más crecimiento, sino conseguir que este crecimiento tenga sentido. Quizás la responsabilidad real del CEO no es solo aumentar el valor para el accionista, sino honrar el valor de su propia historia. Y quizás el legado más profundo no es una línea en un currículum, sino una huella invisible en las personas que caminaron a tu lado
Porque las cifras pasan, pero el sentido queda.
Porque al final, cuando las cifras se borran y los cargos cambian, lo único que de verdad queda es la respuesta íntima a una pregunta que nunca caduca: ¿y tú, por qué lideraste?