¿Toda inversión crea riqueza?
- Fernando Trias de Bes
- Barcelona. Domingo, 26 de julio de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 2 minutos
Este mes, en que hay tantas juntas de accionistas, aparte de resultados, se anuncian día sí y día también grandes inversiones. Cada vez que una empresa anuncia una gran inversión, la noticia suele interpretarse como una buena señal. Más inversión significa más crecimiento, más empleo y más competitividad. La relación parece evidente. Sin embargo, no toda inversión crea riqueza adicional o crecimiento. Una parte creciente se destina simplemente a conservar la riqueza ya existente.
La cuestión relevante de una inversión, que determina su desenlace económico, es la finalidad de esta en cuanto a negocio actual o futuro se refiere. Esa inversión: ¿permite hacer cosas nuevas o se realiza para poder seguir haciendo las mismas?
Por ejemplo, una empresa puede invertir diez millones de euros en sustituir un sistema informático que ha quedado obsoleto. Y también puede invertir esa misma cantidad en abrir una nueva línea de negocio, entrar en otro mercado o desarrollar un producto inexistente hasta ese momento.
En ambos casos hablamos de inversión. Estratégicamente, la diferencia es enorme. La primera protege el negocio. La segunda amplía el negocio.
No toda inversión crea riqueza adicional o crecimiento. Una parte creciente se destina simplemente a conservar la riqueza ya existente
Hasta aquí la idea parece sencilla. Lo interesante viene ahora. La estrategia de una empresa consiste, en buena medida, en decidir cuánto destina a cada una de ambas opciones: conservar negocio versus crear negocio. Podría parecer que esa decisión apenas existe y que viene obligada. Me explico: si una fábrica necesita renovar sus máquinas para seguir funcionando, no tiene más remedio que hacerlo. Si una empresa debe actualizar sus sistemas informáticos para evitar quedarse atrás, tampoco parece haber alternativa.
Sin embargo, no es así, porque dejar morir negocio puede ser una decisión consciente. Así, hay empresas que aceptan que determinadas actividades pierdan competitividad para concentrar los recursos en otras con mayor potencial. Y abandonan mercados rentables para liberar recursos destinados a proyectos con más futuro.
Y otras, por el contrario, prolongan la vida útil de ciertos activos porque lo consideran más seguro abrir una nueva línea de negocio.
La estrategia consiste precisamente en administrar esa tensión permanente entre conservar y construir.
No somos conscientes de cómo inversiones presentes condicionan presupuestos generales futuros
Lo mismo sucede en un país. Cada euro destinado a una infraestructura nueva deja menos recursos disponibles para mantener las existentes. España apostó durante años por desarrollar una de las mayores redes de alta velocidad del mundo. Fue una decisión estratégica. Al mismo tiempo, el mantenimiento de parte de la red de Rodalies y Cercanías quedó relegado. Hoy ocurre algo parecido con la propia alta velocidad. La expansión de la red de alta velocidad exigió dedicar cada vez más recursos a conservarla. Toda infraestructura nueva incorpora una obligación futura de mantenimiento.
Ese aspecto suele pasar desapercibido. Celebramos la inauguración de una carretera, un hospital, una línea ferroviaria o un centro tecnológico. Mucho menos visible resulta el compromiso presupuestario que acompañará esa decisión durante décadas. Construir es un acto puntual. Mantener es una obligación permanente.
Y eso mismo va a suceder con la transformación digital. Hace unos años, invertir en tecnología permitía obtener ventajas competitivas. Hoy una parte creciente de ese esfuerzo sirve para seguir en el mercado. Las actualizaciones, la ciberseguridad o las nuevas exigencias regulatorias consumen recursos que antes podían destinarse a crecer.
Quizá por eso, cuando analizamos una inversión, conviene formular una segunda pregunta. La primera es cuánto cuesta. La segunda, mucho más relevante, consiste en preguntarse cuánto costará seguir manteniéndola dentro de diez o veinte años.
La estrategia consiste en administrar la tensión permanente entre conservar y construir
Porque la estrategia nunca consiste únicamente en decidir qué construir. También consiste en decidir qué estaremos dispuestos a seguir manteniendo cuando llegue el momento de volver a invertir.
Pienso de veras que, especialmente en política, se dedica muy poca atención a este hecho. Y que no somos conscientes de cómo inversiones presentes condicionan presupuestos generales futuros.
Un país no es una empresa.
Pero en muchos aspectos, se asemejan. En el capítulo de las inversiones, las obligaciones futuras que generan y la decisión de cuánto dedicamos cada año a mantener y cuánto a crear, países y empresas son exactamente lo mismo.