Catalunya está formando una generación con más titulaciones que nunca, mientras sectores enteros de la economía no saben quién los sustituirá de aquí a diez años, por ser generosos. Cuesta creer que, en un país obsesionado con el talento, el emprendimiento y la innovación, hoy sea casi una quimera encontrar profesionales capaces de mantener una línea industrial, reparar maquinaria, instalar una red eléctrica o asumir determinadas tareas técnicas esenciales. Como si hacer funcionar lo más imprescindible hubiera dejado de tener prestigio.

La contradicción hace demasiado tiempo que nos ha estallado en las manos y, sin embargo, persistimos en mirarla desde una perspectiva equivocada. La cuestión no es si hay demasiados universitarios —sería absurdo plantearlo así—, sino si hemos convertido la universidad en la única promesa respetable de futuro, mientras continuamos relegando los oficios a una especie de cajón de sastre reservado para quien, supuestamente, no servía para estudiar.

Durante décadas, Catalunya —y también España— han construido un relato casi incontestable: estudiar una carrera equivalía a progreso, estabilidad y ascenso social. Para muchas familias, especialmente aquellas que habían conocido de cerca la precariedad, la universidad representaba un seguro implícito ante la incertidumbre. ¿Quién podía oponerse a una promesa así?

Pero mientras insistíamos en repetir a toda una generación que había que estudiar más, especializarse más y acumular títulos para no quedarse atrás, el mercado laboral hace tiempo que nos envía señales que nos empeñamos en ignorar. Según datos de Eurostat recogidos por la Comisión Europea en el Education and Training Monitor 2025, España es uno de los países de la Unión Europea con más sobrecualificación laboral: el 35% de los titulados superiores de entre 20 y 64 años trabajan en ocupaciones que no requieren este nivel formativo, muy por encima de la media europea, situada en el 21,9%. Dicho de otra manera: formamos más titulados que nunca, pero una parte significativa del mercado laboral es incapaz de absorber este talento en posiciones alineadas con su cualificación.

La paradoja es casi grotesca: hemos menospreciado durante años aquellas profesiones que, hoy, son menos sustituibles tecnológicamente

Y mientras una parte de los graduados universitarios encadena trabajos precarios, salarios irrisorios o puestos muy por debajo de las expectativas generadas, patronales industriales y cámaras de comercio alertan de la enorme dificultad para cubrir vacantes técnicas vinculadas a la industria, las instalaciones, la construcción y el mantenimiento, desde electricistas, mecánicos y soldadores hasta carpinteros, fontaneros o especialistas en climatización. La contradicción es incómoda porque expone una verdad que preferimos no mirar de frente: tenemos jóvenes con más formación que nunca ocupando trabajos que no requieren su cualificación, mientras sectores enteros no encuentran profesionales para cubrir necesidades que son estructurales, no coyunturales.

Y no estamos hablando de trabajos residuales ni de ocupaciones condenadas a desaparecer. Estamos hablando, precisamente, de los perfiles que harán posible buena parte de las grandes transformaciones económicas de los próximos años. Porque está muy bien llenar discursos con palabras grandilocuentes como digitalización, sostenibilidad, competitividad o transición energética. Pero hagámonos una pregunta elemental: ¿Quién instalará las placas solares? ¿Quién rehabilitará edificios energéticamente obsoletos? ¿Quién mantendrá las infraestructuras industriales? ¿Quién reparará aquello que inevitablemente dejará de funcionar?

Y con la irrupción de la inteligencia artificial, la alerta aún es más escandalosa. Porque ni Claude, ni ChatGPT, ni Gemini, ni Perplexity —por citar solo algunas— nos montarán el cableado eléctrico de casa, repararán una avería industrial, arreglarán una fuga de agua o cambiarán la cerradura de una puerta un día cualquiera. Pero eso sí: nos redactarán memorias impecables, sintetizarán informes en segundos, prepararán presentaciones brillantes, diseñarán estrategias aparentemente sofisticadas y gestionarán nuestra mensajería de manera autónoma. La paradoja es casi grotesca: hemos menospreciado durante años precisamente aquellas profesiones que, hoy, son menos sustituibles tecnológicamente.

Lo más irónico de todo es que, mientras la tecnología ya transforma —y en algunos casos sustituye— una parte creciente del trabajo cognitivo que durante generaciones situamos en la cima del prestigio profesional, seguimos relegando a un segundo plano un abanico nada despreciable de oficios que la tecnología ni sabe, ni probablemente sabrá hacer nunca, y que el país necesita desesperadamente.

Quizás ha llegado el momento de mirar los oficios con menos condescendencia y mucha más inteligencia económica. De dejar de presentarlos como una alternativa menor y empezar a entenderlos como aquello que realmente son: profesiones esenciales, altamente cualificadas y estratégicas para el futuro del país. Porque un país puede sobrevivir con exceso de másteres. Lo que difícilmente puede sostener es una economía sin quien fabrique, repare, construya o mantenga aquello que hace posible la vida cotidiana.