La semana pasada, Uber anunció que sumará una pestaña de hoteles dentro de su aplicación y la operadora del servicio integrado será Expedia. Los 50 millones de suscriptores de Uber One recibirán descuentos y créditos de viaje sobre cada reserva. Cabe aclarar que el director ejecutivo de Uber, Dara Khosrowshahi, dirigió Expedia hace una década y permanece en su consejo. Entre tanto, en 2024 estudió comprarla y luego desistió de la operación. Ahora la integra como socia preferente dentro de su propia aplicación. El comunicado llama a este movimiento superaplicación; sin embargo, conviene mirar otro mecanismo más antiguo.

Las dos empresas viven del mismo negocio básico porque cobran peaje entre un usuario y un proveedor de servicio. Uber se interpone entre el pasajero y el conductor y Expedia se interpone entre el viajero y el hotel. Esa función intermediaria sostuvo dos décadas de capitalización bursátil. Hoy, entrega rendimientos cada vez más débiles al tiempo que los agentes de inteligencia artificial hablan directamente con las flotas autónomas de vehículos y también conversan directamente con las bases de datos de los hoteles. Saltan la capa intermedia sin pedir permiso a nadie, al tiempo que este espacio constituye el negocio de ambas compañías. Las dos saben perfectamente lo que se acerca, porque el propio Uber firmó acuerdos con Anthropic y con OpenAI, colocando a Uber dentro de los asistentes que algún día lo reemplazarán.

En ese contexto se entiende la jugada con dos intermediarios atados juntos para ganar tiempo. Khosrowshahi reconoció que la mayor parte del ingreso del acuerdo volverá al cliente en promociones. Y esa frase tiene consecuencias que el comunicado prefiere no desarrollar. Eso no constituye un negocio en ningún sentido razonable, sino que es un subsidio defensivo pagado con la caja propia de la compañía. El balance lo registrará como margen comprimido bajo el nombre amable de fidelización.

El propio Uber firmó acuerdos con Anthropic y con OpenAI, colocando a Uber dentro de los asistentes que algún día lo reemplazarán

Aquí aparece el motor secreto detrás de todo el mecanismo. La decisión no se evalúa con el ojo del accionista paciente, sino desde el punto de vista del administrador profesional contratado. El ejecutivo cobra su bono por anunciar el acuerdo de la semana y las opciones de compra de acciones maduran en pocos años. Su próximo cargo se negocia con la lista de operaciones visibles de su biografía. Por lo tanto, una alianza con un nombre reconocido le compra dieciocho meses de relato favorable. En ese tiempo ejerce sus opciones y planea su salida. Cuando el plomo finalmente se hunda con todos adentro, lo administrará otro.

El accionista de Uber queda con una compañía que quema caja para que 50 millones de suscriptores crean que la aplicación les conviene. El accionista de Expedia posee un canal alquilado a un competidor cuya IA ya distribuye a la competencia. Ninguno de los dos escuchará esta historia en el comunicado oficial.

El nadador se ata un chaleco pesado de hierro al cuerpo y luego un segundo lastre. Declara entonces que ahora flota mejor porque tiene dos chalecos. No se equivoca por simple torpeza individual, sino por propósito calculado y consciente. Mientras explica el invento ante las cámaras, alguien le paga por la explicación. El naufragio sucede mucho después del comunicado y no lo mira el mismo ojo que firmó el acuerdo.

Las cosas como son.