¿Peor que qué? Dejemos de repetir que 2026 será peor
- Rat Gasol
- Barcelona. Martes, 6 de enero de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Hace semanas que oímos decir que 2026 será peor. Pero… ¿Peor que qué, exactamente?
Cada final de año parece necesario anticipar que el siguiente será más complicado. Es un mecanismo casi automático: cerramos un período con cansancio, acumulamos decepciones colectivas y proyectamos sobre el futuro una sensación de deterioro inevitable. El 2026 ya nace bajo este relato. Antes de empezar, ya lo hemos descalificado. Es una manera cómoda de prepararnos para no hacer nada.
Pero quizás la pregunta que deberíamos hacernos no es si será peor, sino si estamos interpretando correctamente el momento económico que vivimos. Hay una diferencia clara entre dificultad y decadencia, y con demasiada frecuencia las confundimos.
La economía actual no muestra indicios de colapso, pero sí de agotamiento de un modelo que ha funcionado por acumulación de inercias. Durante años hemos crecido gracias a estímulos monetarios, liquidez abundante y una tolerancia excesiva a la baja productividad. Este marco ya no tiene más recorrido. Lo que viene no es necesariamente peor, pero sí es más exigente en términos de criterio, rigor y responsabilidad colectiva.
El relato persistente del pesimismo tiene consecuencias reales. No es tan solo un estado de ánimo: condiciona el consumo, enfría la inversión, paraliza decisiones empresariales y acelera la fuga de talento. Cuando el futuro se explica sistemáticamente como una amenaza, las organizaciones tienden a protegerse en lugar de transformarse. Y esta actitud defensiva, a medio plazo, debilita mucho más el tejido económico que cualquier indicador macroeconómico adverso.
Los datos no avalan una lectura catastrofista del 2026. Las previsiones oficiales apuntan a un crecimiento del PIB en Cataluña en torno al 2–2,4%, por encima de la media europea. La inflación muestra signos de contención, los tipos de interés tienden a estabilizarse y la actividad económica mantiene una base sólida, especialmente en sectores vinculados a los servicios avanzados, la tecnología y la economía del conocimiento. Crecemos, sí. Pero crecer no significa avanzar.
El mercado laboral es un buen ejemplo. No estamos ante un hundimiento del empleo, sino ante una reordenación profunda. Tenemos miles de vacantes sin cubrir, especialmente en perfiles cualificados, enormes dificultades para encontrar talento y una necesidad imperiosa de recualificación. La tasa de paro podría situarse en torno al 8% en 2026, con creación neta de empleo. El problema no es tanto la falta de oportunidades como la dificultad para aprovecharlas con modelos productivos todavía demasiado frágiles.
También arrastramos déficits estructurales que ya no podemos seguir ocultando. La productividad es, probablemente, el más persistente y determinante. Aunque en Cataluña hace años que la actividad económica se mantiene, el valor generado continúa siendo insuficiente. Trabajamos mucho, a menudo bajo una presión elevada, pero esto no se traduce ni en salarios más elevados ni en una mejora sostenida del modelo productivo.
Muchas empresas han crecido sin reforzar equipos, optando por contener costes, externalizar procesos y contratar con condiciones cada vez más débiles. Se pide más a menos personas, con menos margen, más incertidumbre y menos recorrido. Este modelo erosiona la capacidad de innovar, de retener talento y de competir en calidad.
Cataluña no puede aspirar a mejorar su productividad mientras normalice la precarización como fórmula de ajuste. Si queremos una economía capaz de sostener salarios dignos, empleo estable y empresas competitivas, es necesario revisar cómo se distribuye el esfuerzo, cómo se gestiona el talento y qué tipo de crecimiento estamos promoviendo.
Anunciar tiempos difíciles permite rebajar expectativas, aplazar reformas y justificar la falta de ambición. Pero una economía madura no puede vivir instalada indefinidamente en la excusa del contexto. La incertidumbre ya forma parte del sistema. Lo que marca la diferencia es la capacidad de anticipar, decidir y liderar.
2026 no será un año cómodo ni previsible, a buen seguro, pero tampoco es una condena anticipada. Estamos en un punto de inflexión, en un momento en que se acaban muchas coartadas. En Cataluña, especialmente, ya no podemos seguir atribuyéndolo todo al contexto internacional, a Europa o a decisiones ajenas. Hay factores externos, sin duda, pero también hay muchos que dependen directamente de nosotros mismos.
El reto no es crecer por crecer, sino hacerlo con criterio y con visión de futuro. Apostar por empresas más eficientes, por ocupación con valor añadido, por una gestión del talento menos improvisada y por una administración que, en lugar de ahogar, impulse la actividad económica del territorio. Mantener vivo el relato del “todo va a peor” solo contribuye a normalizar la mediocridad y a rebajar la ambición colectiva.
Quizás el 2026 no será recordado como un año fácil. Pero puede ser el año en que Cataluña decida dejar de sobrevivir y empiece a construir con más exigencia, más responsabilidad y menos autoengaño. El problema no es que el 2026 sea exigente. El problema sería volver a desaprovecharlo.