La otra carrera de la inteligencia artificial
- Fernando Trias de Bes
- Barcelona. Domingo, 19 de julio de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Durante los últimos meses se han anunciado inversiones multimillonarias en centros de datos en España. Amazon, Microsoft, Google y otros operadores compiten por ampliar su capacidad. Catalunya también ha presentado nuevos proyectos. Se habla de decenas de miles de millones de euros y de multiplicar varias veces la capacidad instalada. La noticia parece tecnológica. En realidad, es noticia de economía.
¿Qué es un centro de datos? Pues así dicho a lo bruto es un edificio repleto de servidores que almacenan información y realizan millones de operaciones por segundo. Es la vivienda de la inteligencia artificial, de la computación en la nube, de las plataformas de vídeo, del comercio electrónico o buena parte de las aplicaciones que utilizamos en nuestros dispositivos móviles. Sin ellos, la economía digital dejaría de existir.
¿Y qué precisan estas instalaciones? Necesitan suelo y enormes inversiones, fibra óptica, sistemas de refrigeración y una red eléctrica extraordinariamente potente. Y, ojo, también requieren estabilidad regulatoria, porque hablamos de inversiones que se amortizan durante décadas. Así que “cuidadín”, porque en inseguridad jurídica somos también casi campeones del mundo (a ver qué pasa esta noche).
Es paradójico. La inteligencia artificial parece vivir en una pantalla, pero descansa sobre hormigón, acero, cobre, kilómetros de cable y una enorme disponibilidad de energía. Siempre imaginamos que la digitalización conduciría a una economía cada vez más desmaterializada. Menos papel, menos oficinas, menos soportes físicos. La realidad está evolucionando en otra dirección. Cuanto más virtual se vuelve la economía, mayor es la infraestructura física que necesita para sostenerse.
La IA parece vivir en una pantalla, pero descansa sobre hormigón, acero, cobre, kilómetros de cable y una enorme disponibilidad de energía
Esta paradoja tiene una enorme trascendencia económica. Cada revolución industrial ha estado acompañada por una gran infraestructura. El siglo XIX construyó ferrocarriles. El siglo XX levantó puertos, aeropuertos, autopistas y redes eléctricas. El siglo XXI está construyendo centros de datos.
Su función económica es muy parecida. No destacan por lo que producen dentro de sus instalaciones, sino por toda la actividad que hacen posible alrededor. Una autopista genera poco valor por sí misma. El valor aparece cuando miles de vehículos la utilizan. Con los centros de datos sucede exactamente lo mismo.
Eso me lleva a poner rumbo a otra pregunta. Mucha gente se interesa por el número de empleos directos que crea un centro de datos. Es una cuestión probablemente secundaria. El verdadero impacto consiste en la actividad económica que puede atraer a su alrededor. Empresas de software, laboratorios de inteligencia artificial, centros de investigación, startups tecnológicas, proveedores especializados o universidades se instalan allí donde existe capacidad de procesamiento.
Es como con un aeropuerto. El aeropuerto emplea a un número limitado de personas. El verdadero valor aparece en hoteles, empresas logísticas, oficinas, comercio y servicios que requiere esa infraestructura. Con un centro de datos sucede algo parecido. Su principal contribución está en el ecosistema empresarial que puede llegar a crear.
La verdadera carrera de la IA consiste en construir la infraestructura capaz de hacerlos funcionar
Durante décadas los gobiernos han luchado por atraer fábricas. Sobre todo, de automóviles. Después buscaron atraer centros logísticos. Hoy comienza otra carrera: atraer capacidad de cálculo. La ventaja competitiva ya no depende únicamente de disponer de trabajadores cualificados o de buenas comunicaciones. Empieza a depender de algo mucho más básico: disponer de energía suficiente.
Y esto conduce a otra cuestión: la inteligencia artificial está modificando el valor económico de la electricidad. Durante décadas, la energía fue un coste de producción. Ahora empieza a convertirse en un factor estratégico de competitividad. Los territorios capaces de generar abundante electricidad a precios razonables dispondrán de una ventaja creciente para atraer las inversiones de la economía digital.
Dentro de unos años es posible que clasifiquemos a los países de una forma distinta. Antes preguntábamos quién tenía petróleo, carbón o minerales. Después, quién tenía mano de obra barata. Hoy empieza a cobrar importancia quién dispone de la energía necesaria para alimentar millones de procesadores funcionando las veinticuatro horas del día.
La gran carrera de la inteligencia artificial quizá nunca haya sido la de desarrollar los mejores algoritmos. La verdadera carrera consiste en construir la infraestructura capaz de hacerlos funcionar.