La necesidad de un debate social sobre la jubilación

- Josep Puigvert Ibars
- Barcelona. Sábado, 21 de febrero de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Durante décadas, la jubilación se ha concebido como un punto final claro y definido en la trayectoria profesional. Sin embargo, el contexto demográfico, económico y normativo actual está cambiando silenciosamente —pero de forma significativa— las reglas del juego. Nos enfrentamos a un reto muy relevante: con una de las tasas de sustitución más altas de Europa y un sistema de pensiones generoso, debemos hacer posible la sostenibilidad de un sistema en un marco en el que el alargamiento de la esperanza de vida es una realidad bien constatable.
En este escenario, hemos desplegado un conjunto de incentivos para fomentar la prolongación de la vida laboral. Lejos de ser medidas aisladas —que van en la dirección correcta, pero no sé si serán suficientes—, conforman una estrategia que busca retrasar la salida del mercado laboral y ofrecer alternativas flexibles para los profesionales seniors que deseen continuar trabajando.
Debemos empezar a pensar si podemos seguir con medidas de carácter voluntario y establecer la obligatoriedad de acceso a la jubilación. También debería plantearse un sistema “mixto” que facilite una transición más gradual, ventajosa y alineada con los nuevos tiempos y que debería de contemplar, entre otras, fórmulas como las que siguen.
Penalizar de verdad la jubilación anticipada
Hemos de significar que en los últimos 50 años esta ha sido una de las vías más usadas para afrontar los procesos de reestructuración empresarial sin conflictos. La jubilación anticipada ha sido, en paralelo, una opción atractiva para muchas personas, ya sea por desgaste físico o emocional, por deseo personal o por circunstancias laborales. Sin embargo, no se quisieron tomar en consideración los costes económicos que suponía esta medida, aun en el supuesto de que las organizaciones sufragaran parte de las prestaciones que se garantizaban a los trabajadores afectados.
En 2025, la edad legal de jubilación se situó en los 66 años y ocho meses, aunque es posible jubilarse a los 65 años si se han cotizado al menos 38 años y tres meses. Quien lo haga antes de cumplir estos requisitos se enfrentará a reducciones en la pensión, que se aplican de manera indefinida, aunque en muchos casos son compensadas por los acuerdos de resolución contractual.
Incentivos a la continuidad laboral
Si la jubilación anticipada penaliza, la jubilación demorada premia. Esta fórmula no solo incrementa la pensión de forma permanente, sino que permite a los profesionales ajustar su salida del mercado de una forma flexible y planificada.
En los últimos años se ha reforzado de manera considerable esta opción con el objetivo de incentivar la permanencia en el mercado laboral. Por cada año completo que se retrasa la jubilación, se adquiere el derecho a un incremento adicional del 4% en el importe de la prestación. También existe la posibilidad de recibir un pago único o combinar ambas modalidades. Otra fórmula en el contexto de este modelo es la denominada jubilación activa, ya que permite el retorno a la actividad desde una situación de jubilación.
Una opción complementaria es la de la jubilación parcial, aunque hemos de reconocer que en la práctica solo es aplicable en las organizaciones y empresas de mayor dimensión. Permite reducir la jornada laboral mientras se recibe una parte proporcional de la pensión. Si este modelo está vinculado a una nueva contratación (contrato de relevo), consiente anticipar el acceso a la jubilación hasta tres años respecto a la edad ordinaria.
Reflexiones finales
Vivimos una transformación demográfica sin precedentes (vivimos más tiempo y con más calidad). Se trata, sí, de un logro social, pero que tiene consecuencias directas sobre el sistema público de pensiones y sobre la manera en que organizamos nuestro ciclo vital.
La esperanza de vida supera ya los 84 años y muchas personas pasarán más de dos décadas percibiendo prestaciones de jubilación. Este escenario obliga a revisar un modelo diseñado en un tiempo donde las vidas eran más cortas y los trabajos más duros. La mejora en las condiciones de vida y de salud permite —y en muchos casos aconseja— una participación más prolongada y flexible en la vida laboral. La jubilación, tal como la entendíamos, está cambiando. Las nuevas modalidades —demorada, activa, reversible o parcial— dibujan un escenario más flexible y adaptado a trayectorias diversas. No se trata de trabajar más por obligación, sino de tomar decisiones informadas que optimicen ingresos, bienestar y libertad personal.
La clave ya no es el reloj vital, sino gestionar de forma inteligente la transición hacia una nueva etapa vital
Desde una perspectiva colectiva, el reto es evidente. El envejecimiento de la población y la disminución de la población activa presionan la sostenibilidad del sistema de pensiones. Para mantener el equilibrio intergeneracional, es necesario ajustar la edad de acceso a la jubilación y promover fórmulas que permitan trabajar más tiempo de forma voluntaria, progresiva y compatible con el bienestar. En paralelo, la prolongación de la vida en mejores condiciones físicas ofrece oportunidades reales: aprovechar la experiencia del talento sénior, reforzar la productividad y facilitar transiciones vitales más graduales y menos traumáticas.
En un contexto de transformación demográfica y presión sobre el sistema público de pensiones, posponer la edad de acceso a la jubilación puede ser, para muchas personas, una decisión estratégica con efectos positivos a medio y largo plazo. La clave ya no es el reloj vital, sino gestionar de forma inteligente la transición hacia una nueva etapa vital.