El Mundial y la economía invisible

- Fernando Trias de Bes
- Barcelona. Domingo, 14 de junio de 2026. 05:30
- Tiempo de lectura: 3 minutos
Ahora que ya hemos inaugurado el Mundial (esperemos que gane España), el impresionante despliegue mediático nos recuerda que el fútbol se ha convertido en una de las mayores industrias de entretenimiento del mundo.
Se estima que mueve en torno a 80.000 millones de dólares anuales. Una cifra comparable al PIB de países medianos. Pas mal.
Lo interesante es que, desde hace dos décadas, la composición de las fuentes de ingresos no ha cambiado demasiado. A pesar de todos los cambios tecnológicos, sociales y de consumo de medios digitales, la principal fuente de ingresos sigue siendo los derechos de televisión. La televisión en directo y las plataformas pagan cantidades astronómicas por la atención de millones de espectadores. Después llega el patrocinio y el marketing, las marcas, los eventos, los logotipos para productos de toda índole... Las entradas representan una parte pequeña.
La evolución económica del fútbol no ha cambiado como se auguró. Durante décadas se anunció que los fichajes habían entrado en una burbuja y que los precios acabarían corrigiéndose. Sin embargo, la inflación futbolística ha continuado. La razón se parece mucho a lo que los economistas llamamos modelo de carrera armamentística. Cuando un rival incorpora mejores jugadores, los demás se ven obligados a responder. No porque quieran gastar más, sino porque el coste de quedarse atrás resulta todavía mayor. Lo mismo sucede entre países cuando aumentan sus presupuestos de defensa. Ninguno desea iniciar la escalada, pero ninguno quiere quedar en inferioridad.
Desde hace dos décadas, la composición de las fuentes de ingresos no ha cambiado demasiado
El propio Mundial refleja esa dimensión económica. La FIFA espera ingresar cerca de 10.000 millones de dólares en el ciclo vinculado a este campeonato. Una cifra gigantesca que, además, resulta llamativamente rentable. Se estiman unos beneficios de alrededor del 60-70% de los ingresos.
La FIFA, organización a priori sin ánimo de lucro, redistribuye posteriormente gran parte de esos recursos entre federaciones nacionales y programas de desarrollo del deporte rey. En cierto modo, un solo Mundial llega a representar alrededor de una octava parte de todo el negocio anual del fútbol mundial.
Sin embargo, donde la teoría económica arroja mucha luz es en los países anfitriones. Los estudios muestran que organizar unos Juegos Olímpicos o un Mundial rara vez resulta rentable si se analizan únicamente los ingresos directos. Las infraestructuras son costosas. La seguridad también. Los presupuestos suelen quedarse cortos. Las cuentas pocas veces salen, por no decir ninguna. Todos los mundiales cuestan dinero al país que los organiza.
Entonces, ¿por qué tantos estados compiten por organizar estos acontecimientos?
La inflación futbolística se parece mucho a lo que los economistas llamamos modelo de carrera armamentística
Porque el negocio está en otro lado.
España ofrece un ejemplo interesante. El Mundial de 1982 coincidió con la apertura internacional definitiva del país. Millones de espectadores vieron ciudades, paisajes, infraestructuras y una imagen moderna de una España que muchos europeos apenas conocían. Aquel escaparate contribuyó a reforzar el turismo posterior. En Italia, por ejemplo, se produjo un crecimiento notable de visitantes durante los años siguientes, pues recordemos que Italia ganó el mundial de España 82. Los italianos descubrieron un destino completo que hasta entonces ocupaba un lugar mucho menor en su imaginario y que, además, era muy similar al suyo, por lo que iban antes a sus costas y poblaciones estivales que a las nuestras. A partir del mundial, eso cambió: Italia se convirtió en un país de origen importantísimo para el turismo español.
Algo parecido ocurre en muchas estaciones de esquí. El negocio directo de los remontes suele ofrecer rentabilidades modestas. El verdadero valor aparece en todo lo que rodea a la nieve: hoteles, restaurantes, viviendas, comercios y actividad económica asociada. El deporte actúa como tractor de otros negocios.
Los economistas hablamos con frecuencia de externalidades para referirnos a los costes que una actividad genera y que no aparecen reflejados en su precio. La contaminación es el ejemplo clásico. Pero existen también externalidades positivas. Beneficios que aparecen lejos del lugar donde se genera el ingreso inicial.
A veces, los ingresos más importantes de un acontecimiento deportivo son precisamente los que nada tienen que ver con el deporte en cuestión
El fútbol constituye probablemente uno de los mejores ejemplos. Los derechos de televisión, los patrocinios y las entradas explican una parte del negocio. La otra se encuentra en aquello que no figura en las cuentas de explotación directas: la proyección internacional, la reputación, la atracción de turistas, las inversiones futuras o el fortalecimiento de una marca-país.
A veces, los ingresos más importantes de un acontecimiento deportivo son precisamente los que nada tienen que ver con el deporte en cuestión.
El Mundial que esta semana hemos estrenado pertenece a este grupo de business cases.