La misión más importante de un directivo es contagiar energía
- Edgar González
- Barcelona. Sábado, 28 de febrero de 2026. 05:30
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En el debate sobre el liderazgo a menudo hablamos de estrategia, de ejecución, de resultados y de indicadores. Analizamos balances, fijamos objetivos ambiciosos y diseñamos hojas de ruta detalladas. Pero hay una variable que no sale en el Excel y que, sin embargo, condiciona todas las demás: la energía del líder. La misión más importante de un directivo no es solo tomar decisiones correctas, sino contagiar energía a su equipo.
La energía no es euforia superficial ni optimismo ingenuo. Es actitud, presencia y coherencia. Es la capacidad de transmitir convicción en momentos de incertidumbre y serenidad en tiempos de presión. Un directivo con energía no es el que habla más fuerte, sino el que genera confianza. Cuando entra en una sala, no impone; impulsa. No desgasta; activa. Su mirada sobre los retos marca el tono emocional de toda la organización.
Las organizaciones son sistemas emocionales, aunque a menudo quieran presentarse como estructuras puramente racionales. Los equipos no solo ejecutan tareas, sino que interpretan señales constantes. Y la primera señal que observan es la de su líder. Si el directivo vive instalado en el cinismo, la queja o el miedo, el equipo lo absorbe. Si, en cambio, afronta los desafíos con responsabilidad y determinación, también eso se contagia. La energía, como el desánimo, es profundamente viral.
En entornos cambiantes, la función energética del liderazgo se vuelve aún más relevante. Las empresas conviven con transformaciones tecnológicas aceleradas, presiones competitivas globales y exigencias regulatorias crecientes. Ante este escenario, es fácil que se imponga el cansancio organizativo. El directivo que sabe mantener viva la ilusión por el proyecto actúa como un estabilizador emocional. No niega las dificultades, pero recuerda el propósito. Y el propósito es una de las fuentes más potentes de energía colectiva.
La energía es actitud, presencia y coherencia. Es la capacidad de transmitir convicción en momentos de incertidumbre y serenidad en tiempos de presión
Contagiar energía también implica coherencia personal. No se puede exigir compromiso si el líder no lo practica. No se puede reclamar entusiasmo si se comunica con distancia, frialdad o indiferencia. Los equipos detectan rápidamente la incoherencia, porque conviven con el líder en el día a día real, no en el relato corporativo. Por eso, la credibilidad es el canal por el que circula la energía. Sin credibilidad, cualquier discurso motivador suena vacío y contraproducente.
Hay directivos que gestionan recursos; otros, además, gestionan estados de ánimo. Estos últimos entienden que su rol principal es crear contexto: un entorno donde la gente se sienta valorada, escuchada y partícipe de un proyecto con sentido. Cuando esto ocurre, la energía deja de depender exclusivamente del líder y se multiplica dentro del equipo. Se crea una dinámica expansiva que refuerza el rendimiento, la colaboración y la innovación.
Esta energía no es permanente ni automática. También se trabaja. Requiere autoconocimiento, gestión emocional y capacidad de recuperación ante el error o la frustración. Los mejores líderes no son los que nunca caen, sino los que saben levantarse sin transmitir desánimo estructural. La resiliencia del líder acaba siendo la resiliencia de la organización.
En definitiva, liderar no es solo decidir qué se debe hacer, sino generar el impulso para que se haga con convicción. La técnica es imprescindible; la estrategia, también. Pero sin energía, todo queda en papel. El directivo que entiende que su primera responsabilidad es elevar el ánimo colectivo construye organizaciones más resilientes, más valientes y más competitivas. Porque cuando el líder enciende, el equipo avanza. Y cuando la energía fluye, los resultados llegan con más solidez, más velocidad y más sentido.